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Poemas de Arthur Rimbaud III

 Flores/ Marina / Fiesta invernal/ Guerra/ Una temporada en el infierno (frag.)

 

FLORES

 

                  Desde una gradería de oro -entre los cordones de seda, las gasas grises, los terciopelos verdes y los discos de cristal que se oscurecen como el bronce bajo el sol-, veo abrirse la digital sobre un tapiz de filigranas de plata, de ojos y cabelleras.

                  Monedas de oro amarillo sembradas sobre el ágata, pilares de caoba que soportan una cúpula de esmeraldas, manojos de rasos blancos y finas varas de rubí rodean la rosa de agua.

                  Semejantes a un dios con enormes ojos azules y con formas de nieve, el mar y el cielo atraen a las terrazas de mármol la multitud de jóvenes y fuertes rosas.

 

MARINA

Los carros de plata y cobre -

Las proas de acero y de plata -

Hieren la espuma -,

Agitan los tallos de las zarzas.

Las corrientes del páramo,

Y las huellas inmensas del reflujo,

Corren circularmente hacia el este,

Hacia los pilares del bosque,

Hacia los postes del muelle,

Cuyo ángulo castigan torbellinos de luz.

 

 

FIESTA INVERNAL

   La cascada resuena detrás de las cabañas de ópera cómica. Las girándulas se extienden, en los jardines vecinos al meandro -los verdes y los rojos del crepúsculo. Ninfas de Horacio con peinados del Primer Imperio. -Rondas siberianas, mujeres chinas de Boucher.

 

GUERRA

 

   Cuando niño, ciertos cielos afinaron mi óptica: todos los caracteres matizaron mi fisonomía. Los fenómenos se alteraron. Ahora, la inflexión eterna de los momentos y el infinito de las matemáticas me persiguen a través de ese mundo donde padezco todos los éxitos civiles, restado por la niñez extraña y los afectos enormes. Sueño con una guerra,de derecho o de fuerza, de lógica muy imprevista.

   Tan simple como una frase musical.

 

 

UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO

(Fragmento)

   Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde todos los corazones se abrían, donde corrían todos los vinos. Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. –Y La encontré amarga.- Y la injurié. Tomé las armas contra la justicia. Huí. ¡Oh brujas, oh miserias, oh rencor a vosotros fue confiado mi tesoro!

    Logré que se desvaneciera de mi espíritu toda esperanza humana. Salté sobre toda alegría, para estrangularla, con el silencioso salto de la bestia feroz. Llamé a los verdugos para morder, al morir, la culata de sus fusiles. Llamé a las plagas para ahogarme con arena, con sangre. La desgracia fue mi dios. Me revolqué en el fango. Me sequé con el aire del crimen. Y jugué unas cuantas veces a la demencia. Y la primavera me trajo la horrible risa del idiota.

   Pero, hallándome recientemente a punto de lanzar el último gallo, se me ocurrió buscar la llave del antiguo festín, donde quizá recuperara el apetito. La caridad es esa llave. -¡Esta inspiración demuestra que he soñado! "Seguirás siendo hiena, etc....", exclama el demonio que me coronó con tan amables amapola. "Gana la muerte con todos tus apetitos, y tu egoismo, y todos los pecados capitales."

Ah, demasiado harto estoy de eso: -Pero, querido Satán, te conjuro: ¡una pupila menos irritada! Y, en espera de algunas pequeñas infamias que se demoran, para ti que prefieres en el escritor la ausencia de facultades descriptivas o instructivas, desprendo estas horrendas hojas de mi cuaderno de condenado.

 

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