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Poemas de Arthur Rimbaud II

La estrella lloró rosa/ El durmiente del valle / El Mal/ Oración de la tarde/ Mística/ Aurora

 

LA ESTRELLA LLORÓ ROSA

La estrella lloró rosa al corazón de tus orejas,
el infinito rodó blanco de tu nuca a tu espalda,
el mar adornó con perlas rojas tus senos bermejos
y el hombre sangró negro en tu flanco soberano.

 

EL DURMIENTE DEL VALLE

Es una hondonada de verdor donde canta un río
prendiendo locamente en la hierba jirones
de plata; donde el sol, de la montaña orgulloso,
brilla: es un pequeño valle que riela de luz.

Un soldado joven, boquiabierto, la cabeza desnuda,
y la nuca bañada por el fresco berro azul,
duerme; está tendido sobre la hierba, bajo el cielo,
pálido sobre su lecho verde donde llueve la luz.

Los pies en los gladiolos, duerme. Sonriente
como sonreiría un niño enfermo, está soñando:
Naturaleza, acunalo con calor, tiene frío.

Los perfumes no hacen vibrar sus orificios nasales.
Duerme bajo el sol, la mano sobre su pecho,
tranquilo. Hay dos agujeros rojos en su costado derecho.

(Octubre 1870)

 

EL MAL


Mientras los escupitajos rojos de la metralla
silban todo el día en el infinito del cielo azul;
mientras escarlatas o verdes, junto al rey burlón
se desploman en masa los batallones bajo el fuego;

mientras una espantosa locura machaca
y hace de cien millares de hombres una pila humeante
- ¡Pobres Muertos!, en el verano, en la yerba, en tu alegría,
¡Oh, Naturaleza!, tú que hiciste a estos hombres santamente-,

Hay un Dios que se ríe de las telas adamascadas
de los altares, del incienso, de los grandes cálices de oro;
un Dios que con el balanceo de los hossanas se duerme

y sólo se despierta cuando algunas madres, recogidas
en su angustia y llorando bajo su vieja toca negra,
le dan una perra gorda liada en su pañuelo.

 

ORACIÓN DE LA TARDE

 Como un ángel en manos del barbero, sentado

Vivo. Y empuño un chop de acentuadas estrías.

Una pipa en los dientes y el epigastrio inflado,

En el aire que surcan inciertas travesías.

 

   Como las heces cálidas de un palomar vetusto,

Mil sueños en mí dejan una dulzura ardiente:

Y así mi corazón es como un triste arbusto

Que tiñen rojas gotas de un oro incandescente.

 

   Y una vez que a mis sueños me los volví a beber,

Cauto, después de treinta o cuarenta festejos,

A calmar me retiro el acre menester.

 

   Dulce como el Señor del cedro y los hisopos,

Meo hacia el cielo ardo, muy arriba y muy lejos,

Con la equiescencia de los grandes heliotropos.

 

 

MÍSTICA

               En la pendiente del terraplén, los ángeles cambian sus túnicas de lana en los pastos de acero y de esmeralda.

               Prados de llamas saltan hasta la cima del Mamelón. A la izquierda, la tierra del borde está pisoteada por todos los homicidios y todas las batallas, y todos los ruidos desastrosos siguen su curva. Detrás del borde de la derecha, la línea de los orientes, de los progresos.

               Y, mientras, la franja superior del tablero está formada por el rumor giratorio y saltante de las caracolas marinas y de las noches humanas.

               La dulzura florida de las estrellas y del cielo y de todo lo demás desciende ante el terraplén, como una cesta -contra nuestro rostro-, y forma el abismo fragante y azul allá abajo.

 

 

AURORA

 

               Abracé a la aurora del verano.

               Nada se movía aún en la faz de los palacios. El agua estaba muerta. Los campos de sombras no abandonaban el camino del bosque. Anduve, y despertaron los hálitos vivientes y tibios, y las piedras preciosas miraron, y las alas se alzaron sin ruido.

               La primera aventura fue, en el sendero ya henchido de frescos y pálidos destellos, una flor que me dijo su nombre.

               Reí al salto de agua rubio que se desgreñó a través de los abetos: en la cima plateada reconocí a la diosa.

                  entonces retiré uno a uno los velos. En el camino, agitando los brazos. A través de la llanura, donde la denuncié al gallo. En la gran ciudad, ella huía entre los campanarios. Y las cúpulas, y yo la perseguí corriendo como un mendigo sobre los muelles de mármol.

               En lo alto del camino, cerca de un bosque de laureles, la rodeé con sus velos amontonados y sentí algo de su inmenso cuerpo. L aurora y el niño cayeron al pie del bosque.

            Al despertar era mediodía.

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