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XXV Pequeños Poemas en Prosa
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Charles Baudelaire |
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- I - El extranjero -¿A
quién quieres más, hombre enigmático, dime, a tu padre, a tu madre, a
tu hermana o a tu hermano? -Ni
padre, ni madre, ni hermana, ni hermano tengo. -¿A
tus amigos? -Empleáis
una palabra cuyo sentido, hasta hoy, no he llegado a conocer. -¿A
tu patria? -Ignoro
en qué latitud está situada. -¿A
la belleza? -Bien
la querría, ya que es diosa e inmortal. -¿Al
oro? -Lo
aborrezco lo mismo que aborrecéis vosotros a Dios. -Pues
¿a quién quieres, extraordinario extranjero? -Quiero
a las nubes..., a las nubes que pasan... por allá.... ¡a las nubes maravillosas! - II - La desesperación de la vieja La
viejecilla arrugada sentíase llena de regocijo al ver a la linda criatura
festejada por todos, a quien todos querían agradar; aquel lindo ser tan
frágil como ella, viejecita, y como ella también sin dientes ni cabellos. Y
se le acercó para hacerle fiestas y gestos agradables. Pero
el niño, espantado, forcejeaba al acariciarlo la pobre mujer decrépita,
llenando la casa con sus aullidos. Entonces
la viejecilla se retiró a su soledad eterna, y lloraba en un rincón, diciendo:
«¡Ay! Ya pasó para nosotras, hembras viejas, desventuradas, el tiempo
de agradar aun a los inocentes; ¡y hasta causamos horror a los niños pequeños
cuando vamos a darles cariño!» - III - El «yo pecador» del artista ¡Cuán
penetrante es el final del día en otoño! ¡Ay! ¡Penetrante hasta el dolor!
Pues hay en él ciertas sensaciones deliciosas, no por vagas menos intensas;
y no hay punta más acerada que la de lo infinito. ¡Delicia
grande la de ahogar la mirada en lo inmenso del cielo y del mar! ¡Soledad,
silencio, castidad incomparable de lo cerúleo! Una vela chica, temblorosa
en el horizonte, imitadora, en su pequeñez y aislamiento, de mi existencia
irremediable, melodía monótona de la marejada, todo eso que piensa por
mí, o yo por ello -ya que en la grandeza de la divagación el yo presto
se pierde-; piensa, digo, pero musical y pintorescamente, sin argucias,
sin silogismos, sin deducciones. Tales
pensamientos, no obstante, ya salgan de mí, ya surjan de las cosas, presto
cobran demasiada intensidad. La energía en el placer crea malestar y sufrimiento
positivo. Mis nervios, harto tirantes, no dan más que vibraciones chillonas,
dolorosas. Y
ahora la profundidad del cielo me consterna; me exaspera su limpidez.
La insensibilidad del mar, lo inmutable del espectáculo me subleva...
¡Ay! ¿Es fuerza eternamente sufrir, o huir de lo bello eternamente? ¡Naturaleza
encantadora, despiadada, rival siempre victoriosa, déjame! ¡No tientes
más a mis deseos y a mi orgullo! El estudio de la belleza es un duelo
en que el artista da gritos de terror antes de caer vencido. - IV - Un gracioso Era
la explosión del año nuevo: caos de barro y nieve, atravesado por mil
carruajes, centelleante de juguetes y de bombones, hormigueante de codicia
y desesperación; delirio oficial de una ciudad grande, hecho para perturbar
el cerebro del solitario más fuerte. Entre
todo aquel barullo y estruendo trotaba un asno vivamente, arreado por
un tipejo que empuñaba el látigo. Cuando
el burro iba a volver la esquina de una acera, un señorito enguantado,
charolado, cruelmente acorbatado y aprisionado en un traje nuevo, se inclinó,
ceremonioso, ante el humilde animal, y le dijo, quitándose el sombrero:
«¡Se lo deseo bueno y feliz!» Volviose después con aire fatuo no sé a
qué camaradas suyos, como para rogarles que añadieran aprobación a su
contento. El
asno, sin ver al gracioso, siguió corriendo con celo hacia donde le llamaba
el deber. A
mí me acometió súbitamente una rabia inconmensurable contra aquel magnífico
imbécil, que me pareció concentrar en sí todo el ingenio de Francia. - V - La estancia doble Una
estancia parecida a una divagación, una estancia verdaderamente espiritual,
de atmósfera quieta y teñida levemente de rosa y azul. Toma
en ella el alma un baño de pereza aromado de pesar y de deseo. Es algo
crepuscular, azulado, róseo; un ensueño de placer durante un eclipse. Tienen
los muebles formas alargadas, postradas, languidecentes. Tienen los muebles
aire de soñar; creeríaselos dotados de vida sonambulesca, como vegetales
y minerales. Hablan las telas una lengua muda, como las flores, como los
cielos, como las puestas de Sol. Ninguna
abominación artística en las paredes. En relación con el sueño puro, con
la impresión no analizada, el arte definido, el arte positivo, es blasfemia.
Aquí todo tiene la suficiente claridad, la deliciosa obscuridad de la
armonía. Un
olor infinitesimal, exquisitamente elegido, al que se mezcla una levísima
humedad, nada en la atmósfera, donde mecen al espíritu adormilado sensaciones
de invernadero. Llueve
abundante muselina delante de las ventanas y delante del lecho; derramase
en cascadas nivosas. En el lecho está acostado el Ídolo, la soberana de
los ensueños. Pero ¿cómo está aquí? ¿Quién la trajo? ¿Qué virtud mágica
la instaló en este trono de ensueño y de placer? ¿Qué importa? ¡Ahí está!
La reconozco. Esos
son los ojos cuya llama atraviesa el crepúsculo, miras sutiles
y tremendas que reconozco en su malicia espantosa. Atraen, subyugan, devoran
las miradas del imprudente que las contempla. A menudo estudió esas estrellas
negras que imponen curiosidad y admiración. ¿A
qué demonio benévolo debo hallarme así, rodeado de misterio, de silencio,
de paz y de perfumes? ¡Oh beatitud! Lo que solemos llamar vida, aun en
su más dichosa expansión, nada tiene de común con la vida suprema, que
ahora conozco y saboreo de minuto en minuto, de segundo en segundo. ¡No!
¡Ya no hay minutos, ya no hay segundos! Desapareció el tiempo; reina la
Eternidad, una eternidad de delicias. Pero
un golpe terrible, pesado, resonó en la puerta, y, como en sueños infernales,
me ha parecido recibir un golpe de azadón en el estómago. Luego
ha entrado un espectro. Es un alguacil que viene a torturarme en nombre
de la ley, una infame concubina que viene a dar gritos de miseria y a
echar las liviandades de su existencia sobre los dolores de la mía, o
el ordenanza de un director de periódico que viene a pedir más original. La
estancia paradisíaca, el ídolo, la soberana de los ensueños, la Sílfide,
como decía Renato el grande, toda aquella magia desapareció al golpe brutal
del espectro. ¡Horror!
¡Ya recuerdo!, ¡ya recuerdo! ¡Sí! Este desván, esta morada del Eterno
hastío, es la mía. ¡Estos son los muebles necios, polvorientos, descantillados;
la chimenea sin llama y sin ascua, mancillada por los escupitajos; las
tristes ventanas llenas de polvo en que trazó surcos la lluvia; los manuscritos
llenos de tachones, sin concluir; el calendario en que el lápiz marcó
las fechas siniestras! Y
este perfume de otro mundo, del que me embriagué con sensibilidad perfeccionada,
¡ay!, reemplazado está por un fétido olor a tabaco, mezclado con no sé
que nauseabundo moho. Aquí se respira ahora lo rancio de la desolación. En
este mundo estrecho, pero tan henchido de repugnancia, sólo un objeto
conocido me sonríe: la ampolla de láudano, vieja y terrible amiga, como
todas las amigas; ¡ay!, fecunda en caricias y traiciones. ¡Ah,
sí! El tiempo reapareció; el tiempo reina ya como soberano; y con el horrible
viejo volvió todo su acompañamiento de recuerdos, pesares, espasmos, miedos,
angustias, pesadillas, cóleras y neurosis. Os
aseguro que ahora los segundos están acentuados fuerte y solemnemente;
que cada uno al saltar del reloj dice: «¡Soy la Vida, la insoportable,
la implacable Vida!» No
hay más que un segundo en la vida humana que tenga por misión el anuncio
de una buena nueva, la buena nueva que a todos los causa inexplicable
miedo. ¡Sí!,
el Tiempo reina; ha recobrado la dictadura brutal. Me azuza como a un
buey, con su doble aguijón: «¡Arre, borrico! ¡Suda, esclavo! ¡Vive condenado!» - VI - Cada cual, con su quimera Bajo
un amplio cielo gris, en una vasta llanura polvorienta, sin sendas, ni
césped, sin un cardo, sin una ortiga, tropecé con muchos hombres que caminaban
encorvados. Llevaba
cada cual, a cuestas, una quimera enorme, tan pesada como un saco de harina
o de carbón, o la mochila de un soldado de infantería romana. Pero
el monstruoso animal no era un peso inerte; envolvía y oprimía, por el
contrario, al hombre, con sus músculos elásticos y poderosos; prendíase
con sus dos vastas garras al pecho de su montura, y su cabeza fabulosa
dominaba la frente del hombre, como uno de aquellos cascos horribles con
que los guerreros antiguos pretendían aumentar el terror de sus enemigos. Interrogué
a uno de aquellos hombres preguntándole adónde iban de aquel modo. Me
contestó que ni él ni los demás lo sabían; pero que, sin duda, iban a
alguna parte, ya que les impulsaba una necesidad invencible de andar. Observación
curiosa: ninguno de aquellos viajeros parecía irritado contra el furioso
animal, colgado de su cuello y pegado a su espalda; hubiérase dicho que
lo consideraban como parte de sí mismos. Tantos rostros fatigados y serios,
ninguna desesperación mostraban; bajo la capa esplenética del cielo, hundidos
los pies en el polvo de un suelo tan desolado como el cielo mismo, caminaban
con la faz resignada de los condenados a esperar siempre. Y
el cortejo pasó junto a mí, y se hundió en la atmósfera del horizonte,
por el lugar donde la superficie redondeada del planeta se esquiva a la
curiosidad del mirar humano. Me
obstiné unos instantes en querer penetrar el misterio; mas pronto la irresistible
indiferencia se dejó caer sobre mí, y me quedó más profundamente agobiado
que los otros con sus abrumadoras quimeras. VII El loco y la Venus ¡Qué
admirable día! El vasto parque desmaya ante la mirada abrasadora del Sol,
como la juventud bajo el dominio del Amor. El
éxtasis universal de las cosas no se expresa por ruido ninguno; las mismas
aguas están como dormidas. Harto diferente de las fiestas humanas, ésta
es una orgía silenciosa. Diríase
que una luz siempre en aumento da a las cosas un centelleo cada vez mayor;
que las flores excitadas arden en deseos de rivalizar con el azul del
cielo por la energía de sus colores, y que el calor, haciendo visibles
los perfumes, los levanta hacia el astro como humaredas. Pero
entre el goce universal he visto un ser afligido. A
los pies de una Venus colosal, uno de esos locos artificiales, uno de
esos bufones voluntarios que se encargan de hacer reír a los reyes cuando
el remordimiento o el hastío los obsesiona, emperejilado con un traje
brillante y ridículo, con tocado de cuernos y cascabeles, acurrucado junto
al pedestal, levanta los ojos arrasados en lágrimas hacia la inmortal
diosa. Y
dicen sus ojos: Soy el último, el más solitario de los seres humanos,
privado de amor y de amistad; soy inferior en mucho al animal más imperfecto.
Hecho estoy, sin embargo, yo también, para comprender y sentir la inmortal
belleza. ¡Ay! ¡Diosa! ¡Tened piedad de mi tristeza y de mi delirio!» Pero
la Venus implacable mira a lo lejos no sé qué con sus ojos de mármol. VIII El perro y el frasco -Lindo
perro mío, buen perro, chucho querido, acércate y ven a respirar un excelente
perfume, comprado en la mejor perfumería de la ciudad. Y
el perro, meneando la cola, signo, según creo, que en esos mezquinos seres
corresponde a la risa y a la sonrisa, se acerca y pone curioso la húmeda
nariz en el frasco destapado; luego, echándose atrás con súbito temor,
me ladra, como si me reconviniera. -¡Ah
miserable can! Si te hubiera
ofrecido un montón de excrementos los hubieras husmeado con delicia, devorándolos
tal vez. Así tú, indigno compañero de mi triste vida, te pareces al público,
a quien nunca se ha de ofrecer perfumes delicados que le exasperen, sino
basura cuidadosamente elegida. IX El mal vidriero Hay
naturalezas puramente contemplativas, impropias totalmente para la acción,
que, sin embargo, merced a un impulso misterioso y desconocido, actúan
en ocasiones con rapidez de que se hubieran creído incapaces. El
que, temeroso de que el portero le dé una noticia triste, se pasa una
hora rondando su puerta sin atreverse a volver a casa; el que conserva
quince días una carta sin abrirla o no se resigna hasta pasados seis meses
a dar un paso necesario desde un año antes, llegan a sentirse alguna vez
precipitados bruscamente a la acción por una fuerza irresistible, como
la flecha de un arco. El moralista y el médico, que pretenden saberlo
todo, no pueden explicarse de dónde les viene a las almas perezosas y
voluptuosas tan súbita y loca energía, y cómo, incapaces de llevar a término
lo más sencillo y necesario, hallan en determinado momento un valor de
lujo para ejecutar los actos más absurdos y aun los más peligrosos. Un
amigo mío, el más inofensivo soñador que haya existido jamás, prendió
una vez fuego a un bosque, para ver, según decía, si el fuego se propagaba
con tanta facilidad como suele afirmarse. Diez veces seguidas fracasó
el experimento; pero a la undécima hubo de salir demasiado bien. Otro
encenderá un cigarro junto a un barril de pólvora, para ver, para
saber, para tentar al destino, para forzarse a una prueba de energía,
para dárselas de jugador, para conocer los placeres de la ansiedad, por
nada, por capricho, por falta de quehacer. Es
una especie de energía que mana del aburrimiento y de la divagación; y
aquellos en quien tan francamente se manifiesta suelen ser, como dije,
las criaturas más indolentes, las más soñadoras. Otro,
tímido hasta el punto de bajar los ojos aun ante la mirada de los hombres,
hasta el punto de tener que echar mano de toda su pobre voluntad para
entrar en un café o pasar por la taquilla de un teatro, en que los taquilleros
le parecen investidos de una majestad de Minos, Eaco y Radamanto, echará
bruscamente los brazos al cuello a un anciano que pase junto a él, y le
besará con entusiasmo delante del gentío asombrado... ¿Por
qué? ¿Por qué..., porque aquella fisonomía le fue irresistiblemente simpática?
Quizá; pero es más legítimo suponer que ni él mismo sabe por qué. Más
de una vez he sido yo víctima de ataques e impulsos semejantes, que nos
autorizan a creer que unos demonios maliciosos se nos meten dentro y nos
mandan hacer, sin que nos demos cuenta, sus más absurdas voluntades. Una
mañana me levanté desapacible, triste, cansado de ocio y movido, según
me parecía, a llevar a cabo algo grande, una acción de brillo. Abrí la
ventana. ¡Ay de mí! (Observad,
os lo ruego, que el espíritu de mixtificación, que en ciertas personas
no es resultante de trabajo o combinación alguna, sino de inspiración
fortuita, participa en mucho, aunque sólo sea por el ardor del deseo,
del humor, histérico al decir de los médicos, satánico según los que piensan
un poco mejor que los médicos, que nos mueve sin resistencia a multitud
de acciones peligrosas e inconvenientes.) La
primera persona que vi en la calle fue un vidriero, cuyo pregón, penetrante,
discordante, subió hacia mí a través de la densa y sucia atmósfera parisiense.
Imposible me sería, por lo demás, decir por qué me acometió, para con
aquel pobre hombre, un odio tan súbito como despótico. «¡Eh,
eh!» -le grité que subiese-. Entretanto reflexionaba, no sin cierta alegría,
que, como el cuarto estaba en el sexto piso y la escalera era harto estrecha,
el hombre haría su ascensión no sin trabajo y darían más de un tropezón
las puntas de su frágil mercancía. Presentose
al cabo: examiné curiosamente todos sus vidrios y le dije: «¿Cómo? ¿No
tiene cristales de colores? ¿Cristales rosa, rojos, azules; cristales
mágicos, cristales de paraíso? ¿Habrá imprudencia? ¿Y se atreve a pasear
por los barrios pobres sin tener siquiera cristales que hagan ver la vida
bella? Y le empujé vivamente a la escalera, donde, gruñendo, dio un traspiés. Me
llegué al balcón y me apoderé de una maceta chica, y cuando él salió del
portal dejé caer perpendicularmente mi máquina de guerra encima del borde
posterior de sus ganchos, y, derribado por el choque, se le acabó de romper
bajo las espaldas toda su mezquina mercancía ambulante, con el estallido
de un palacio de cristal partido por el rayo. Y
embriagado por mi locura, le grité furioso: «¡La vida bella, la vida bella!» Tales
chanzas nerviosas no dejan de tener peligro y suelen pagarse caras. Pero
¡qué le importa la condenación eterna a quien halló en un segundo lo infinito
del goce! - X - A la una de la mañana ¡Solo
por fin! Ya no se oye más que el rodar de algunos coches rezagados y derrengados.
Por unas horas hemos de poseer el silencio, si no el reposo. ¡Por fin
desapareció la tiranía del rostro humano, y ya sólo por mí sufriré! ¡Por
fin! Ya se me consiente descansar en un baño de tinieblas. Lo primero,
doble vuelta al cerrojo. Me parece que esta vuelta de llave ha de aumentar
mi soledad y fortalecer las barricadas que me separan actualmente del
mundo. ¡Vida
horrible! ¡Ciudad horrible! Recapitulemos el día: ver a varios hombres
de letras, uno de los cuales me preguntó si se puede ir a Rusia por vía
de tierra -sin duda tomaba por isla a Rusia-; disputar generosamente con
el director de una revista, que, a cada objeción, contestaba: «Este es
el partido de los hombres honrados»; lo cual implica que los demás periódicos
están redactados por bribones; saludar a unas veinte personas, quince
de ellas desconocidas; repartir apretones de manos, en igual proporción,
sin haber tomado la precaución de comprar unos guantes; subir, para matar
el tiempo, durante un chaparrón, a casa de cierta corsetera, que me rogó
que le dibujara un traje de Venustre; hacer la rosca al director
de un teatro, para que, al despedirme, me diga: «Quizá lo acierte dirigiéndose
a Z...; es, de todos mis autores, el más pesado, el más tonto y el más
célebre; con él podría usted conseguir algo. Háblele, y allá veremos»;
alabarme -¿por qué?- de varias acciones feas que jamás cometí y negar
cobardemente algunas otras fechorías que llevó a cabo con gozo, delito
de fanfarronería, crimen de respetos humanos; negar a un amigo cierto
favor fácil y dar una recomendación por escrito a un tunante cabal. ¡Uf!
¿Se acabó? Descontento
de todos, descontento de mí, quisiera rescatarme y cobrar un poco de orgullo
en el silencio y en la soledad de la noche. Almas de los que amé, almas
de los que canté, fortalecedme, sostenedme, alejad de mí la mentira y
los vahos corruptores del mundo; y vos, Señor, Dios mío, concededme la
gracia de producir algunos versos buenos, que a mí mismo me prueben que
no soy el último de los hombres, que no soy inferior a los que desprecio. - XI - La «mujer salvaje» y la queridita «En
verdad, querida, me molestáis sin tasa y compasión; diríase, al oíros
suspirar, que padecéis más que las espigadoras sexagenarias y las viejas
pordioseras que van recogiendo mendrugos de pan a las puertas de las tabernas. Si
vuestros suspiros expresaran siquiera remordimiento, algún honor os harían;
pero no traducen sino la saciedad del bienestar y el agobio del descanso.
Y, además, no cesáis de verteros en palabras inútiles: ¡Quiéreme! ¡Lo
necesito «tanto»! ¡Consuélame por aquí, acaríciame por «allá»! Mirad:
voy a intentar curaros; quizá por dos sueldos encontremos el modo, en
mitad de una fiesta y sin alejarnos mucho. «Contemplemos
bien, os lo ruego, esta sólida jaula de hierro tras de la cual se agita,
aullando como un condenado, sacudiendo los barrotes como un orangután
exasperado por el destierro, imitando a la perfección ya los brincos circulares
del tigre, ya los estúpidos balanceos del oso blanco, ese monstruo hirsuto
cuya forma imita asaz vagamente la vuestra. «Ese
monstruo es un animal de aquellos a quienes se suelen llamar «¡ángel mío!»,
es decir, una mujer. El monstruo aquél, el que grita a voz en cuello,
con un garrote en la mano, es su marido. Ha encadenado a su mujer legítima
como a un animal, y la va enseñando por las barriadas, los días de feria,
con licencia de los magistrados; no faltaba más. ¡Fijaos
bien! Veis con qué veracidad -¡acaso no simulada!- destroza conejos vivos
y volátiles chillones, que su cornac le arroja. «Vaya -dice éste-,
no hay que comérselo todo en un día»; y tras las prudentes palabras le
arranca cruelmente la presa, dejando un instante prendida la madeja de
los desperdicios a los dientes de la bestia feroz, quiero decir de la
mujer. ¡Ea!,
un palo para calmarla; porque está flechando con ojos terribles de codicia
el alimento arrebatado. ¡Dios eterno! El garrote no es garrote de comedia.
¿Oísteis sonar la carne, a pesar de la pelambrera postiza? Por eso ahora
se le saltan los ojos de la cabeza y aúlla muy naturalmente. En su rabia,
centellea toda, como hierro en el yunque. ¡Tales
son las costumbres conyugales de estos dos descendientes de Eva y de Adán,
obras de vuestras manos, Dios mío! Incontestablemente, desdichada es esta
mujer, aunque, en último término, quizá los goces titilantes de la gloria
no lo sean desconocidos. Desdichas más irremediables hay que no tienen
compensación. Pero en el mundo adonde la arrojaron, nunca pudo ella pensar
que una mujer mereciera otro destino. ¡Hablemos
ahora vos y yo, preciosa querida! A la vista de los infiernos que pueblan
el mundo, ¿qué he de pensar yo de vuestro lindo infierno, si vos no descansáis
más que sobre telas tan suaves como vuestra piel, y sólo coméis carnes
cocidas, cuyos pedazos se cuida de trinchar un doméstico hábil? ¿Y
qué pueden significar para mí todos esos suspirillos que os hinchan el
pecho perfumado, robusta coqueta? ¿Y todas esas afectaciones aprendidas
en los libros, y esa infatigable melancolía, hecha para inspirar a los
espectadores un sentimiento en todo distinto de la compasión? A la verdad,
me entran ganas algunas veces de enseñaros lo que es la verdadera desdicha. Viéndoos
así, hermosa delicada mía, con los pies en el fango, vueltos vaporosamente
los ojos al cielo, como para pedirle rey, se os tomara con verosimilitud
por una rana joven invocando al ideal. Si despreciáis la viga -lo que
yo soy ahora, como sabéis-, cuidado con la grúa que ha de mascaros,
tragaros y mataros a su gusto. Por
poeta que sea, no soy tan cándido como quisierais creer, y si harto a
menudo me cansáis con vuestros primorosos lloriqueos, he de trataros
como a mujer salvaje, o arrojaros por la ventana como botella
vacía.» - XII - Las muchedumbres No
a todos les es dado tomar un baño de multitud; gozar de la muchedumbre
es un arte; y sólo puede darse a expensas del género humano un atracón
de vitalidad aquel a quien un hada insufló en la cuna el gusto del disfraz
y la careta, el odio del domicilio y la pasión del viaje. Multitud,
soledad: términos iguales y convertibles para el poeta activo y fecundo.
El que no sabe poblar su soledad, tampoco sabe estar solo en una muchedumbre
atareada. Goza
el poeta del incomparable privilegio de poder a su guisa ser él y ser
otros. Como las almas errantes en busca de cuerpo, entra cuando quiere
en la persona de cada cual. Sólo para él está todo vacante; y si ciertos
lugares parecen cerrársele, será que a sus ojos no valen la pena de una
visita. El
paseante solitario y pensativo saca una embriaguez singular de esta universal
comunión. El que fácilmente se desposa con la muchedumbre, conoce placeres
febriles, de que estarán eternamente privados el egoísta, cerrado como
un cofre, y el perezoso, interno como un molusco. Adopta por suyas todas
las profesiones, todas las alegrías y todas las miserias que las circunstancias
le ofrecen. Lo
que llaman amor los hombres es sobrado pequeño, sobrado restringido y
débil, comparado con esta inefable orgía, con esta santa prostitución
del alma, que se da toda ella, poesía y caridad, a lo imprevisto que se
revela, a lo desconocido que pasa. Bueno
es decir alguna vez a los venturosos de este mundo, aunque sólo sea para
humillar un instante su orgullo necio, que hay venturas superiores a la
suya, más vastas y más refinadas. Los fundadores de colonias, los pastores
de pueblos, los sacerdotes misioneros, desterrados en la externidad del
mundo, conocen, sin duda, algo de estas misteriosas embriagueces; y en
el seno de la vasta familia que su genio se formó, alguna vez han de reírse
de los que les compadecen por su fortuna, tan agitada, y por su vida,
tan casta. - XIII - Las viudas Dice
Vauvenargues que en los jardines públicos hay paseos frecuentados principalmente
por la ambición venida a menos, por los inventores desgraciados, por las
glorias abortadas, por los corazones rotos, por todas esas almas temblorosas
y cerradas en que rugen todavía los últimos suspiros de una tempestad,
que se alejan de la insolente mirada de los satisfechos y de los ociosos.
En estos refugios umbríos se dan cita los lisiados por la vida. A
esos lugares, sobre todo, gustan el poeta y el filósofo de dirigir sus
ávidas conjeturas. Pasto cierto hay en ellos. Porque si algún paraje desdeñan
visitar, es, sobre todo, como insinué hace un momento, la alegría de los
ricos. Tal turbulencia en el vacío nada tiene que les atraiga. Por el
contrario, siéntense irresistiblemente arrastrados hacia todo lo débil,
lo arruinado, lo contristado, lo huérfano. Una
mirada experta nunca se engaña. En esas facciones rígidas o abatidas,
en esos ojos hundidos y empañados o brillantes con los últimos fulgores
de la lucha, en esas arrugas hondas y múltiples, en ese andar tan lento
o tan brusco, al instante descifra las innumerables leyendas del amor
engañado, de la abnegación incomprendida, de los esfuerzos sin recompensa,
del hambre y del frío soportados humilde y silenciosamente. ¿Visteis
alguna vez en esos bancos solitarios viudas pobres? Enlutadas o no, fácil
es conocerlas. Además, siempre hay en el luto del pobre algo a faltar,
una ausencia de armonía que le infunde mayor desconsuelo. Se ve obligado
a escatimar en su dolor. El rico lleva el suyo de bote en bote. ¿Qué
viuda es más triste y entristecedora, la que tira de la mano de un niño,
con el que no puede compartir su divagación, o la que está sola del todo?
No sé... Una vez llegué a seguir durante largas horas a una vieja afligida
de tal especie; tiesa, erguida, con un corto chal gastado, llevaba en
todo su ser una altanería de estoica. Estaba
evidentemente condenada por una soledad absoluta a los hábitos de un solterón,
y el carácter masculino de sus costumbres ponía una sazón misteriosa en
su austeridad. No sé en qué café miserable ni de qué manera almorzó. La
seguí al gabinete de lectura y la espié mucho tiempo, mientras que buscaba
en las gacetas con ojos activos, quemados tiempo atrás por las lágrimas,
noticias de interés poderoso y personal. Al
cabo, por la tarde, bajo un cielo de otoño encantador, uno de esos cielos
de que bajan en muchedumbre pesares y recuerdos, sentose aparte en un
jardín, para escuchar, lejos del gentío, un concierto de esos con que
la música de los regimientos regala al pueblo parisiense. Aquel
era, sin duda, el exceso de la vieja inocente -o de la vieja purificada-,
el bien ganado consuelo de uno de esos pesados días sin amigo, sin charla,
sin alegría, sin confidente, que Dios dejaba caer sobre ella, quizá desde
muchos años antes, trescientas sesenta y cinco veces al año. Otra
más: Nunca
pude contener una mirada, si no de universal simpatía, por lo menos curiosa,
a la muchedumbre de parias que se apretujan en torno al recinto de un
concierto público. Lanza la orquesta, a través de la noche, cantos de
fiesta, de triunfo o de placer. Los vestidos de las mujeres arrastran
rebrillando; crúzanse las miradas; los ociosos, cansados de no hacer nada,
se balancean, fingen saborear, indolentes, la música. Aquí nada que no
sea rico, venturoso; nada que no respire e inspire despreocupación y gozo
de dejarse vivir; nada, salvo el aspecto de aquella turba que se apoya
allá, en la valla exterior, cogiendo gratis, a merced del viento, un jirón
de música y mirando la centelleante hornaza interior. Siempre
ha sido interesante el reflejo de la alegría del rico en el fondo de los
ojos del pobre. Pero aquel día, a través del pueblo vestido de blusa y
de indiana, vi un ser cuya nobleza formaba llamativo contraste con toda
la trivialidad del contorno. Era
una mujer alta, majestuosa y de nobleza tal en todo su porte, que no guardo
recuerdo de semejante suya en las colecciones de las aristocráticas bellezas
del pasado. Un perfume de altanera virtud emanaba de toda su persona.
Su faz, triste y enflaquecida, casaba perfectamente con el luto riguroso
de que iba vestida. También, como la plebe con que se había mezclado sin
verla, miraba al mundo luminoso con ojos profundos, y, gacha suavemente
la cabeza, escuchaba. ¡Visión
singular! «De seguro -me dije-, esa pobreza, si hay tal pobreza, no ha
de admitir la economía sórdida; una tan noble faz me lo fía. ¿Por qué,
pues, permanece voluntariamente en un medio en el que es mancha tan llamativa?» Pero,
al pasar curioso junto a ella, creí adivinar la razón. La viuda alta llevaba
de la mano un niño, vestido, como ella, de negro; por módico que fuese
el precio de la entrada, bastaba acaso aquel precio para pagar un día
las necesidades de la criatura, o, mejor tal vez, una superfluidad, un
juguete. Y
se habrá vuelto a su casa a pie, meditando y soñando, sola, porque el
niño es travieso, egoísta, no tiene dulzura ni paciencia, y ni siquiera
puede, como el puro animal, como el gato y el perro, servir de confidente
a los dolores solitarios. - XIV - El viejo saltimbanqui Por
doquiera se ostentaba, se derramaba, se solazaba el pueblo en holgorio.
Era una solemnidad de esas que, con mucha antelación, son esperanza de
los saltimbanquis, de los prestidigitadores, de los domadores de bichos
y de los vendedores ambulantes, para compensar los malos tiempos del año. En
días así, el pueblo me parece que se olvida de todo, del dolor y del trabajo;
se vuelve como los niños. Para los chiquillos es día de asueto, es el
horror de la escuela aplazado por veinticuatro horas. Para los mayores
es un armisticio concertado con las potencias maléficas de la vida, un
alto en la contienda y la lucha universal. Hasta
el hombre de mundo y el hombre dado a trabajos espirituales escapan difícilmente
a la influencia del júbilo popular. Absorben sin querer su parte de esa
atmósfera de despreocupación. Por lo que a mí toca, no dejo nunca, como
buen parisiense, de pasar revista a todas las barracas que se pavonean
en esas épocas solemnes. Hacíanse,
en verdad, competencia formidable: chillaban, mugían, aullaban. Era una
mezcolanza de gritos, detonaciones de cobre y explosiones de cohetes.
Titiriteros y payasos ponían convulsiones en los rasgos de sus rostros
atezados y curtidos por el viento, la lluvia y el sol; soltaban, con aplomo
de comediantes seguros del efecto, chistes y chuscadas, de una comicidad
sólida y densa como la de Molière... Los Hércules, orgullosos de la enormidad
de sus miembros, sin frente y sin cráneo, como orangutanes, se hinchaban
majestuosamente bajo las mallas lavadas la víspera para la solemnidad.
Las bailarinas, hermosas como hadas o princesas, saltaban y hacían cabriolas
al fulgor de las linternas, que les llenaba de chispas el faldellín. No
había más que luz, polvo, gritos, gozo, tumulto; gastaban unos, ganaban
otros, alegres unos y otros por igual. Colgábanse los niños de la falda
de sus madres para conseguir una barra de caramelo, o se subían en hombros
de sus padres para ver bien a un escamoteador relumbrante como una divinidad.
Y por todas partes circulaba, dominando todos los perfumes, un olor a
frito, que era como el incienso de la fiesta. Al
extremo, al último extremo de la fila de barracas, como si, vergonzoso,
se hubiera él mismo desterrado de todos aquellos esplendores, vi a un
pobre saltimbanqui, encorvado, caduco, decrépito, a la ruina de un hombre,
recostado en un poste de su choza; choza más miserable que la del salvaje
embrutecido, harto bien iluminada todavía en su desolación por dos cabos
de vela corridos y humeantes. Por
dondequiera, gozo, lucro, liviandad; por dondequiera, certidumbre del
pan de mañana; por dondequiera, explosión frenética de la vitalidad. Aquí,
miseria absoluta, miseria embozada, para colmo de horror, en harapos cómicos,
en contraste traído, más que por el arte, por la necesidad. ¡No se reía
aquel desgraciado! No lloraba, no bailaba, no gesticulaba, no gritaba,
no cantaba ninguna canción, alegre ni lamentable, ni imploraba tampoco.
Estaba mudo, inmóvil; había renunciado, abdicado... Su destino estaba
cumplido. Pero,
¡qué mirada profunda, inolvidable, paseaba por el gentío y las luces,
cuyas olas movedizas iban a pararse a pocos pasos de su repulsiva miseria!
Sentí que la mano terrible de la histeria me oprimía la garganta, y me
pareció que me ofuscaban los ojos lágrimas rebeldes, de las que se niegan
a caer. ¿Qué
haría yo? ¿Para qué preguntar al infortunado qué curiosidad, qué maravilla
podría enseñar en aquellas tinieblas malolientes, detrás de la cortina
desgarrada? No me atrevía, a la verdad; y aunque la razón de mi timidez
haya de moveros a risa, confesaré que temí humillarle. Acababa por fin
de resolverme a dejar al paso algún dinero en una tabla de aquéllas, esperando
que adivinara mi intento, cuando un gran reflujo de gente, causado no
sé por qué perturbación, hubo do arrastrarme lejos de allí. Y
al marcharme, obsesionado por aquella visión, traté de analizar mi dolor
súbito, y me dije: ¡Acabo de ver la imagen del literato viejo, superviviente
de la generación de que fue entretenimiento brillante; del poeta viejo
sin amigos, sin familia, sin hijos, degradado por la miseria y por la
ingratitud pública, en la barraca donde no quiere entrar ya la gente olvidadiza! - XV - El pastel Viajaba.
El paisaje en medio del cual me había colocado tenía grandeza y nobleza
irresistibles. Algo de ellas se comunicó sin duda en aquel momento a mi
alma. Revoloteaban mis pensamientos con ligereza igual a la de la atmósfera;
las pasiones vulgares, como el odio y el amor profano, aparecíanseme ya
tan alejadas como las nubes que desfilaban por el fondo de los abismos,
a mis pies; mi alma parecíame tan vasta y pura como la cúpula del cielo
que me envolvía; el recuerdo de las cosas terrenales no llegaba a mi corazón
sino debilitado y disminuido, como el son de la esquila de los rebaños
imperceptibles que pasan lejos, muy lejos, por la vertiente de otra montaña.
Sobre el lago pequeño, inmóvil, negro por su inmensa profundidad, pasaba
de vez en cuando la sombra de una nube, como el reflejo de la capa de
un gigante aéreo que volara cruzando el cielo. Y recuerdo que aquella
sensación solemne y rara, causada por un gran movimiento perfectamente
silencioso, me llenaba de una alegría mezclada con miedo. En suma, que
me sentía, gracias a la embriagadora belleza que me rodeaba, en paz perfecta
conmigo mismo y con el universo; y aun sospecho que en mi perfecta beatitud
y en mi total olvido de todo el mal terrestre, había llegado a no encontrar
tan ridículos a los periódicos que pretenden que el hombre nació bueno,
cuando, renovadas las exigencias de la materia implacable, pensé en reparar
la fatiga y en aliviar el apetito despierto por tan larga ascensión. Saqué
del bolsillo un buen pedazo de pan, una taza de cuero y un frasco de cierto
elixir que los farmacéuticos de aquellos tiempos solían vender a los turistas,
para mezclarlo, llegada la ocasión, con agua de nieve. Partía
tranquilamente el pan, cuando un ruido muy leve me hizo levantar los ojos.
Ante mí estaba una criaturilla desharrapada, negra, desgreñada, cuyos
ojos hundidos, fríos y suplicantes, devoraban el pedazo de pan. Y le oí
suspirar en voz baja y ronca la palabra ¡pastel! No pude contener
la risa al oír el apelativo con que se dignaba honrar a mi pan casi blanco.
Cortó una buena rebanada y se la ofrecí. Acercose lentamente, sin quitar
los ojos del objeto de su codicia; luego, echando mano al pedazo, retrocedió
vivamente, como si hubiese temido que mi oferta no fuese sincera, o que
me fuese a volver atrás. Pero
en el mismo instante le derribó otro chiquillo salvaje, que no sé de dónde
salía, tan perfectamente semejante al primero, que se le hubiera podido
tomar por hermano gemelo suyo. Juntos rodaron por el suelo, disputándose
la preciada presa, sin que ninguno de ellos quisiera, indudablemente,
sacrificar la mitad a su hermano. Exasperado el primero, agarró del pelo
al segundo; cogiole éste una oreja entro los dientes, y escupió un pedacito
ensangrentado, con un soberbio reniego dialectal. El propietario legítimo
del pastel trató de hundir las menudas garras en los ojos del usurpador;
éste, a su vez, aplicó todas sus fuerzas a estrangular al adversario con
una mano, mientras que con la otra intentaba meterse en el bolsillo el
galardón del combate. Pero, reanimado por la desesperación, levantose
el vencido y echó a rodar por el suelo al vencedor de un cabezazo en el
estómago. ¿Para qué describir una lucha horrorosa, que duró, en verdad,
más tiempo del que parecían prometer las fuerzas infantiles? Viajaba el
pastel de mano en mano y cambiaba a cada momento de bolsillo; pero, ¡ay!,
iba cambiando también de volumen; y cuando, por fin, extenuados, jadeantes,
ensangrentados, paráronse, en la imposibilidad de seguir, no quedaba,
a decir verdad, motivo ninguno de batalla; el pedazo de pan había desaparecido
y estaba desparramado en migajas, semejantes a los granos de arena con
que se mezclaban. Tal
espectáculo había llenado de bruma el paisaje, y el gozo tranquilo en
que se solazaba mi alma, antes de haber visto a los hombrecillos, había
desaparecido por entero; me quedé mucho tiempo triste, repitiéndome sin
cesar: ¡Conque hay un país soberbio en que al pan le llaman 'pastel',
golosina tan rara que basta para engendrar una guerra perfectamente fratricida!» - XVI - El reloj Los
chinos ven la hora en los ojos de los gatos. Cierto día, un misionero
que se paseaba por un arrabal de Nankin advirtió que se le había olvidado
el reloj, y le preguntó a un chiquillo qué hora era. El
chicuelo del Celeste Imperio vaciló al pronto; luego, volviendo sobre
sí, contestó: «Voy a decírselo.» Pocos instantes después presentose de
nuevo, trayendo un gatazo, y mirándole, como suele decirse, a lo blanco
de los ojos, afirmó, sin titubear: «Todavía no son las doce en punto.»
Y así era en verdad. Yo,
si me inclino hacia la hermosa felina, la bien nombrada, que es a un tiempo
mismo honor de su sexo, orgullo de mi corazón y perfume de mi espíritu,
ya sea de noche, ya de día, en luz o en sombra opaca, en el fondo de sus
ojos adorables veo siempre con claridad la hora, siempre la misma, una
hora vasta, solemne, grande como el espacio, sin división de minutos ni
segundos, una hora inmóvil que no está marcada en los relojes, y es, sin
embargo, leve como un suspiro, rápida como una ojeada. Si
algún importuno viniera a molestarme mientras la mirada mía reposa en
tan deliciosa esfera; si algún genio malo e intolerante, si algún Demonio
del contratiempo viniese a decirme: «¿Qué miras con tal cuidado? ¿Qué
buscas en los ojos de esa criatura? ¿Ves en ellos la hora, mortal pródigo
y holgazán?» Yo, sin vacilar, contestaría: «Sí; veo en ellos la hora.
¡Es la Eternidad!» ¿Verdad,
señora, que éste es un madrigal ciertamente meritorio y tan enfático como
vos misma? Por de contado, tanto placer tuve en bordar esta galantería
presuntuosa, que nada, en cambio, he de pediros. - XVII - Un hemisferio en una cabellera Déjame
respirar mucho tiempo, mucho tiempo, el olor de tus cabellos; sumergir
en ellos el rostro, como hombre sediento en agua de manantial, y agitarlos
con mi mano, como pañuelo odorífero, para sacudir recuerdos al aire. ¡Si
pudieras saber todo lo que veo! ¡Todo lo que siento! ¡Todo lo que oigo
en tus cabellos! Mi alma viaja en el perfume como el alma de los demás
hombres en la música. Tus
cabellos contienen todo un ensueño, lleno de velámenes y de mástiles;
contienen vastos mares, cuyos monzones me llevan a climas de encanto,
en que el espacio es más azul y más profundo, en que la atmósfera está
perfumada por los frutos, por las hojas y por la piel humana. En
el océano de tu cabellera entreveo un puerto en que pululan cantares melancólicos,
hombres vigorosos de toda nación y navíos de toda forma, que recortan
sus arquitecturas finas y complicadas en un cielo inmenso en que se repantiga
el eterno calor. En
las caricias de tu cabellera vuelvo a encontrar las languideces de las
largas horas pasadas en un diván, en la cámara de un hermoso navío, mecidas
por el balanceo imperceptible del puerto, entre macetas y jarros refrescantes. En
el ardiente hogar de tu cabellera respiro el olor del tabaco mezclado
con opio y azúcar; en la noche de tu cabellera veo resplandecer lo infinito
del azul tropical; en las orillas vellosas de tu cabellera me emborracho
con los olores combinados del algodón, del almizcle y del aceite de coco. Déjame
morder mucho tiempo tus trenzas, pesadas y negras. Cuando mordisqueo tus
cabellos elásticos y rebeldes, me parece que como recuerdos. - XVIII - La invitación al viaje Hay
un país soberbio, un país de Jauja -dicen-, que sueño visitar con una
antigua amiga. País singular, anegado en las brumas de nuestro Norte,
y al que se pudiera llamar el Oriente de Occidente, la China de Europa:
tanta carrera ha tomado en él la cálida y caprichosa fantasía; tanto la
ilustró paciente y tenazmente con sus sabrosas y delicadas vegetaciones. Un
verdadero país de Jauja, en el que todo es bello, rico, tranquilo, honrado;
en que el lujo se refleja a placer en el orden; en que la vida es crasa
y suave de respirar; de donde están excluídos el desorden, la turbulencia
y lo improvisto; en que la felicidad se desposó con el silencio; en que
hasta la cocina es poética, pingüe y excitante; en que todo se te parece,
ángel mío. ¿Conoces
la enfermedad febril que se adueña de nosotros en las frías miserias,
la ignorada nostalgia de la tierra, la angustia de la curiosidad? Un país
hay que se te parece, en que todo es bello, rico, tranquilo y honrado,
en que la fantasía edificó y decoró una China occidental, en que la vida
es suave de respirar, en que la felicidad se desposó con el silencio.
¡Allí hay que irse a vivir, allí es donde hay que morir! Sí,
allí hay que irse a respirar, a soñar, a alargar las horas en lo infinito
de las sensaciones. Un músico ha escrito la Invitación al vals; ¿quién
será el que componga la invitación al viaje que pueda ofrecerse
a la mujer amada, a la hermana de elección? Sí,
en aquella atmósfera daría gusto vivir; allá, donde las horas más lentas
contienen más pensamientos, donde los relojes hacen sonar la dicha con
más profunda y más significativa solemnidad. En
tableros relucientes o en cueros dorados con riqueza sombría, viven discretamente
unas pinturas beatas, tranquilas y profundas, como las almas de los artistas
que las crearon. Las puestas del Sol, que tan ricamente colorean el comedor
o la sala, tamizadas están por bellas estofas o por esos altos ventanales
labrados que el plomo divide en numerosos compartimientos. Vastos, curiosos,
raros son los muebles, armados de cerraduras y de secretos, como almas
refinadas. Espejos, metales, telas, orfebrería, loza, conciertan allí
para los ojos una sinfonía muda y misteriosa; y de todo, de cada rincón,
de las rajas de los cajones y de los pliegues de las telas se escapa un
singular perfume, un vuélvete de Sumatra, que es como el alma
de la vivienda. Un
verdadero país de Jauja, te digo, donde todo es rico, limpio y reluciente
como una buena conciencia, como una magnífica batería de cocina, como
una orfebrería espléndida, como una joyería policromada. Allí afluyen
los tesoros del mundo, como a la casa de un hombre laborioso que mereció
bien del mundo entero. País singular, superior a los otros, como lo es
el Arte a la Naturaleza, en que ésta se reforma por el ensueño, en que
está corregida, hermoseada, refundida. ¡Busquen,
sigan buscando, alejen sin cesar los límites de su felicidad esos alquimistas
de la horticultura! ¡Propongan premios de sesenta y de cien mil florines
para quien resolviere sus ambiciosos problemas! ¡Yo ya encontró mi tulipán
negro y mi dalia azul! Flor
incomparable, tulipán hallado de nuevo, alegórica dalia, allí, a aquel
hermoso país tan tranquilo, tan soñador, es adonde habría que irse a vivir
y a florecer, ¿no es verdad? ¿No te encontrarías allí con tu analogía
por marco y no podrías mirarte, para hablar, como los místicos, en tu
propia correspondencia? ¡Sueños!
¡Siempre sueños!, y cuanto más ambiciosa y delicada es el alma tanto más
la alejan de lo posible los sueños. Cada hombre lleva en sí su dosis de
opio natural, incesantemente segregada y renovada, y, del nacer al morir,
¿cuántas horas contamos llenas del goce positivo, de la acción bien lograda
y decidida? ¿Viviremos jamás, estaremos jamás en ese cuadro que te pintó
mi espíritu, en ese cuadro que se te parece? Estos
tesoros, estos muebles, este lujo, este orden, estos perfumes, estas flores
milagrosas son tú. Son tú también estos grandes ríos, estos canales tranquilos.
Los enormes navíos que arrastran, cargados todos de riquezas, de los que
salen los cantos monótonos de la maniobra, son mis pensamientos, que duermen
o ruedan sobre tu seno. Tú los guías dulcemente hacia el mar, que es lo
infinito, mientras reflejas las profundidades del cielo en la limpidez
de tu alma hermosa; y cuando, rendidos por la marejada y hastiados de
los productos de Oriente, vuelven al puerto natal, son también mis pensamientos,
que tornan, enriquecidos de lo infinito, hacia ti. - XIX - El juguete del pobre Quiero
dar idea de una diversión inocente. ¡Hay tan pocos entretenimientos que
no sean culpables! Cuando
salgáis por la mañana con decidida intención de vagar por la carretera,
llenaos los bolsillos de esos menudos inventos de a dos cuartos, tales
como el polichinela sin relieve, movido por un hilo no más; los herreros
que martillan sobre el yunque; el jinete de un caballo, que tiene un silbato
por cola; y por delante de las tabernas, al pie de los árboles, regaládselos
a los chicuelos desconocidos y pobres que encontréis. Veréis cómo se les
agrandan desmesuradamente los ojos. Al principio no se atreverán a tomarlos,
dudosos de su ventura. Luego, sus manos agarrarán vivamente el regalo,
y echarán a correr como los gatos que van a comerse lejos la tajada que
les disteis, porque han aprendido a desconfiar del hombre. En
una carretera, detrás de la verja de un vasto jardín, al extremo del cual
aparecía la blancura de un lindo castillo herido por el sol, estaba en
pie un niño, guapo y fresco, vestido con uno de esos trajes de campo,
tan llenos de coquetería. El
lujo, la despreocupación, el espectáculo habitual de la riqueza, hacen
tan guapos a esos chicos, que se les creyera formados de otra pasta que
los hijos de la mediocridad o de la pobreza. A
su lado, yacía en la hierba un juguete espléndido, tan nuevo como su amo,
brillante, dorado, vestido con traje de púrpura y cubierto de penachos
y cuentas de vidrio. Pero el niño no se ocupaba de su juguete predilecto,
y ved lo que estaba mirando: Del
lado de allá de la verja, en la carretera, entre cardos y ortigas, había
otro chico, sucio, desmedrado, fuliginoso, uno de esos chiquillos parias,
cuya hermosura descubrirían ojos imparciales, si, como los ojos de un
aficionado adivinan una pintura ideal bajo un barniz de coche, lo limpiaran
de la repugnante pátina de la miseria. A
través de los barrotes simbólicos que separaban dos mundos, la carretera
y el castillo, el niño pobre enseñaba al niño rico su propio juguete,
y éste lo examinaba con avidez, como objeto raro y desconocido. Y aquel
juguete que el desharrapado hostigaba, agitaba y sacudía en una jaula,
era un ratón vivo. Los padres, por economía, sin duda, habían sacado el
juguete de la vida misma. Y
los dos niños se reían de uno a otro, fraternalmente, con dientes de igual
blancura. - XX - Los dones de las hadas Había
gran asamblea de hadas para proceder al reparto de dones entre todos los
recién nacidos llegados a la vida en las últimas veinticuatro horas. Todas
aquellas antiguas y caprichosas hermanas del Destino; todas aquellas madres
raras del gozo y del dolor, eran muy diferentes: tenían unas aspecto sombrío
y ceñudo; otras, aspecto alocado y malicioso; unas, jóvenes que habían
sido siempre jóvenes; otras, viejas que habían sido siempre viejas. Todos
los padres que tienen fe en las hadas habían acudido, llevando cada cual
a su recién nacido en brazos. Los
dones, las facultades, los buenos azares, las circunstancias invencibles
habíanse acumulado junto al tribunal, como los premios en el estrado para
su reparto. Lo que en ello había de particular era que los dones no servían
de recompensa a un esfuerzo, sino, por el contrario, eran una gracia concedida
al que no había vivido aún, gracia capaz de determinar su destino y convertirse
lo mismo en fuente de su desgracia que de su felicidad. Las
pobres hadas estaban ocupadísimas, porque la multitud de solicitantes
era grande, y la gente intermediaria puesta entre el hombre y Dios está
sometida, como nosotros, a la terrible ley del tiempo y de su infinita
posteridad, los días, las horas, los minutos y los segundos. En
verdad, estaban tan azoradas como ministros en día de audiencia o como
empleados del Monte de Piedad cuando una fiesta nacional autoriza los
desempeños gratuitos. Hasta creo que miraban de tiempo en tiempo la manecilla
del reloj con tanta impaciencia como jueces humanos que, en sesión desde
por la mañana, no pueden por menos de soñar con la hora de comer, con
la familia y con sus zapatillas adoradas. Si en la justicia sobrenatural
hay algo de precipitación y de azar, no nos asombremos de que ocurra lo
mismo alguna vez en la justicia humana. Seríamos nosotros, en tal caso,
jueces injustos. También
se cometieron aquel día ciertas ligerezas que podrían llamarse raras si
la prudencia, más que el capricho, fuese carácter distintivo y eterno
de las hadas. Así,
el poder de atraer mágicamente a la fortuna se adjudicó al único heredero
de una familia riquísima, que, por no estar dotada de ningún sentido de
caridad y tampoco de codicia ninguna por los bienes más visibles de la
vida, habían de verse más adelante prodigiosamente enredados entre sus
millones. Así,
se dio el amor a la Belleza y a la Fuerza poética al hijo de un sombrío
pobretón, cantero de oficio, que de ninguna manera pedía favorecer las
disposiciones ni aliviar las necesidades de su deplorable progenitura. Se
me olvidaba deciros que el reparto, en casos tan solemnes, es sin apelación,
y que no hay don que pueda rehusarse. Levantábanse
todas las hadas, creyendo cumplida su faena, porque ya no quedaba regalo
ninguno, largueza ninguna que echar a toda aquella morralla humana, cuando
un buen hombre, un pobre comerciantillo, según creo, se levantó, y cogiendo
del vestido de vapores multicolores al hada que más cerca tenía, exclamó: «¡Eh!
¡Señora! ¡Que nos olvida! Todavía falta mi chico. No quiero haber venido
en balde.» El
hada podía verse en un aprieto, porque nada quedaba ya. Acordose
a tiempo, sin embargo, de una ley muy conocida, aunque rara vez aplicada,
en el mundo sobrenatural habitado por aquellas deidades impalpables amigas
del hombre y obligadas con frecuencia a doblegarse a sus pasiones, tales
como las hadas, gnomos, las salamandras, las sílfides, los silfos, las
nixas, los ondinos y las ondinas -quiero decir de la ley que concede a
las hadas, en casos semejantes, o sea en el caso de haberse agotado los
lotes, la facultad de conceder otro, suplementario y excepcional, siempre
que tenga imaginación bastante para crearlo de repente. Así,
pues, la buena hada contestó, con aplomo digno de su rango: «¡Doy a tu
hijo..., le doy... el don de agradar!» «Pero,
¿agradar cómo? ¿Agradar?... ¿Agradar por qué?» -preguntó tenazmente el
tenderillo, que sin duda sería uno de esos razonadores tan abundantes,
incapaz de levantarse hasta la lógica de lo absurdo. «¡Porque
sí! ¡Porque sí!» -replicó el hada colérica, volviéndole la espalda; y
al incorporarse al cortejo de sus compañeras, les iba diciendo-: «¿Qué
os parece ese francesito vanidoso, que quiere entenderlo todo, y que,
encima de lograr para su hijo el don mejor, aun se atreve a preguntar
y a discutir lo indiscutible?» - XXI - Las tentaciones, o Eros, Pluto y la Gloria Dos
satanes y una diablesa, no menos extraordinaria, subieron la pasada noche
por la escalera misteriosa con que el infierno asalta la flaqueza del
hombre dormido y se comunica en secreto con él. Y vinieron a colocarse
gloriosamente delante de mí, en pie, como sobre un estrado. Un esplendor
sulfúreo emanaba de los tres personajes, que resaltaban así en el fondo
opaco de la noche. Tenían aspecto tan altivo y dominante, que al pronto
los tomé a los tres por verdaderos dioses. La
cara del primer Satán era de sexo ambiguo, y había también, en las líneas
de su cuerpo, la malicia de los antiguos Bacos. Sus bellos ojos lánguidos,
de color tenebroso e indeciso, parecían violetas cargadas aún de las densas
lágrimas de la tempestad, y sus labios, entreabiertos, pebeteros cálidos,
de los que se exhalaba un bienoliente perfume; y cada vez que suspiraba,
insectos almizclados iluminábanse en revoloteo al ardor de su hálito. Arrollábase
a su túnica de púrpura, a manera de cinturón, una serpiente de tonos cambiantes
que, levantando la cabeza, volvía languideciente hacia él los ojos de
brasa. De ese vivo cinturón colgaban, alternados con ampollas colmadas
de licores siniestros, cuchillos brillantes o instrumentos de cirugía.
Tenía en la mano derecha otra ampolla, cuyo contenido era de un rojo luminoso,
con estas raras palabras por etiqueta: «Bebed; esta es mi sangre, cordial
perfecto»; en la izquierda, un violín, que le servía, sin duda, para cantar
sus placeres y sus dolores y para extender el contagio de su locura en
noches de aquelarre. Arrastraban
de sus tobillos delicados varios eslabones de una cadena de oro rota,
y cuando la molestia que le producía le obligaba a bajar los ojos al suelo,
contemplaba vanidoso las uñas de sus pies, brillantes y pulidas como bien
labradas piedras. Me
miró con ojos de inconsolable desconsuelo, que vertían embriaguez insidiosa,
y me dijo con voz de encanto: «Si quieres, si quieres, te haré señor de
las almas, y serás dueño de la materia viva, más que el escultor pueda
serlo del barro, y conocerás el placer, sin cesar renaciente, de salir
de ti mismo para olvidarte en los otros y de atraer las almas hasta confundirlas
con la tuya.» Y
yo le contesté: «¡Mucho te lo agradezco! De nada me sirve esa pacotilla
de seres que no valen sin duda más que mi pobre yo. Aunque algo me avergüence
el recuerdo, nada puedo olvidar; y si no te hubiese conocido, viejo monstruo,
tus cuchillos misteriosos, tus ampollas equívocas, las cadenas que te
traban los pies, son símbolos que explican con claridad bastante los inconvenientes
de tu amistad. Guárdate tus regalos.» El
segundo Satán no tenía el aspecto a la vez trágico y sonriente, ni las
buenas maneras insinuantes, ni la belleza delicada y perfumada del otro.
Era un hombre basto, de rostro grueso y sin ojos, cuya pesada panza se
desplomaba sobre sus muslos, cuya piel estaba toda dorada e ilustrada,
como por un tatuaje, con multitud de figurillas movedizas, que representaban
las formas múltiples de la miseria universal Había hombrecillos macilentos
que se colgaban voluntariamente de un clavo; había gnomos chicos y deformes,
flacos, que pedían limosna más con los ojos suplicantes que con las manos
trémulas, y también madres viejas con abortos agarrados a las tetas extenuadas,
y otros muchos más había. El
gordo Satán se golpeaba con el puño la inmensa panza, de donde salía entonces
un largo y resonante tintineo de metal, que terminaba en un vago gemido
hecho de numerosas voces humanas. Y se reía, mostrando impúdico los dientes
estropeados, con enorme risa imbécil, como ciertos hombres de todos los
países cuando han comido demasiado bien. Y
éste me dijo: «Puedo darte lo que todo lo consigue, lo que vale por todo,
lo que a todo reemplaza!» Y se golpeó el vientre monstruo, cuyo eco sonante
sirvió de comentario a las palabras groseras. Me
volví con repugnancia y contesté: «No necesito, para mi goce, la miseria
de nadie; y no quiero riqueza entristecida, como papel de habitaciones,
por todas las desdichas representadas en tu piel.» Por
lo que toca a la diablesa, mentiría yo si no confesara que a primera vista
hallé raro encanto en ella. Para definir tal encanto no lo podría comparar
a nada mejor que al de las bellísimas mujeres maduras, que, sin embargo,
ya no envejecen, y cuya hermosura conserva la magia penetrante de las
ruinas. Tenía a la vez aspecto imperioso y desmadejado, y sus ojos, a
pesar del cansancio, conservaban fuerza fascinadora. Lo que más me llamó
la atención fue el misterio de su voz, en la que encontraba el recuerdo
de las contraltos más deliciosas y un poco también de la ronquera de las
gargantas lavadas sin cesar por el aguardiente. «¿Quieres
conocer mi poderío? -dijo la falsa diosa con su voz encantadora y paradójica-.
Escucha.» Y
se llevó a los labios una trompeta gigantesca y llena de cintas como un
mirlitón, con los títulos de todos los periódicos del universo, y a través
de la trompeta gritó mi nombre, que rodó así por el espacio con el ruido
de cien mil truenos, y volvió a mí repercutido por el eco más lejano del
planeta. «¡Diablo
-salté, casi subyugado-, eso es bonito!» Pero al examinar más atentamente
al marimacho seductor me pareció reconocerla vagamente, por haberla visto
brincar con algunos pilletes conocidos míos; y el ronco sonar del cobre
me trajo a los oídos no sé qué recuerdo de trompeta prostituida. Por
eso respondí, con todo mi desdén: «¡Vete! ¡No estoy guisado para casarme
con la querida de algunos que no quiero nombrar!» Tenía
yo derecho, ciertamente, a estar orgulloso de tan valerosa abnegación.
Mas, por desgracia, me despertó y todas mis fuerzas me abandonaron. «En
verdad -me dije-, muy aletargado tenía que estar para mostrar tales escrúpulos.
¡Ay! ¡Si pudiesen volver cuando estoy despierto, no me las daría de tan
delicado!» Y
los invoqué en alta voz, suplicándoles que me perdonaran, ofreciéndoles
que me deshonraría lo más a menudo que fuese necesario para merecer sus
favores; pero les había ofendido gravemente, sin duda, porque no han vuelto
jamás. - XXII - El crepúsculo de la noche Va
cayendo el día. Una gran paz llena las pobres mentes, cansadas del trabajo
diario, y sus pensamientos toman ya los colores tiernos o indecisos del
crepúsculo. Sin
embargo, desde la cima de la montaña llega hasta mi balcón, a través de
las nubes transparentes del atardecer, un gran aullido, compuesto de una
multitud de gritos discordes que el espacio transforma en lúgubre armonía,
como de marea ascendente o de tempestad que empieza. ¿Quiénes
son los infortunados a quien la tarde no calma, y toman, como los búhos,
la llegada de la noche por señal de aquelarre? Este siniestro ulular nos
llega del negro hospital encaramado en la montaña, y al atardecer, fumando
y contemplando el reposo del valle inmenso erizado de casas en que cada
ventana nos dice: «¡Aquí está la paz ahora; aquí está la alegría de la
familia!», puedo, cuando el viento sopla de arriba, mecer mi pensamiento,
asombrado en esa imitación de las armonías infernales. El
crepúsculo excita a los locos. Recuerdo que tuve dos amigos a quien el
crepúsculo ponía malos. Uno, desconociendo entonces toda relación de amistad
y cortesía, maltrataba como un salvaje al primero que llegaba. Le he visto
tirar a la cabeza de un camarero un pollo excelente, porque se imaginó
ver en él no sé que jeroglífico insultante. El atardecer, premisor de
los goces profundos, le echaba a perder lo más suculento. El
otro, ambicioso herido, se iba volviendo, conforme bajaba la luz, más
agrio, más sombrío, más reacio. Indulgente y sociable durante el día,
era despiadado de noche; y no sólo con los demás, sino consigo mismo esgrimía
rabiosamente su manía crepuscular. El
primero murió loco, incapaz de reconocer a su mujer y a su hijo; el segundo
lleva en sí la inquietud de un malestar perpetuo, y aunque le gratificaran
con todos los honores que pueden conferir repúblicas y príncipes, creo
que el crepúsculo encendería en él aun el ansia abrasadora de distinciones
imaginarias. La noche, que ponía tinieblas en su mente, trae luz a la
mía; y, aunque no sea raro ver a la misma causa engendrar dos efectos
contrarios, ello me tiene siempre lleno de intriga y de alarma. ¡Oh
noche! ¡Oh refrescantes tinieblas! ¡Sois para mí señal de fiesta interior,
sois liberación de una angustia! ¡En la soledad de las llanuras, en los
laberintos pedregosos de una capital, centelleo de estrellas, explosión
de linternas, sois el fuego de artificio de la diosa Libertad! ¡Crepúsculo,
cuán dulce y tierno eres! Los resplandores sonrosados que se arrastran
aún por el horizonte, como agonizar del día bajo la opresión victoriosa
de su noche, las almas de los candelabros que ponen manchas de un rojo
opaco en las últimas glorias del Poniente, los pesados cortinajes que
corro una mano invisible de las profundidades del Oriente, inician todos
los sentimientos complicados que luchan dentro del corazón del hombre
en las horas solemnes de la vida. Tomaríasele
también por uno de esos raros trajes de bailarina en que la gasa transparente
y sombría deja entrever los esplendores amortiguados de una falda brillante,
como bajo el negro presente se trasluce el delicioso pasado, y las estrellas
vacilantes de oro y de plata que la salpican representan esas luces de
la fantasía que no se encienden bien sino en el luto profundo de la Noche. - XXIII - La soledad Un
gacetillero filántropo me dice que la soledad es mala para el hombre;
y en apoyo de su tesis cita, como todos los incrédulos, palabras de los
padres de la Iglesia. Sé
que el Demonio frecuenta gustoso los lugares áridos, y que el espíritu
del asesinato y de la lubricidad se inflama maravillosamente en las soledades.
Pero sería posible que esta soledad sólo fuese peligrosa para el alma
ociosa y divagadora, que la puebla con sus pasiones y con sus quimeras. Cierto
que un charlatán, cuyo placer supremo consiste en hablar desde lo alto
de una cátedra o de una tribuna, correría fuerte peligro al volverse loco
furioso en la isla de Robinsón. No exigiré a mi gacetillero las animosas
virtudes de Crusoe; pero le pido que no entable acusación contra los enamorados
de la soledad y del misterio. Hay
en nuestras razas parlanchinas individuos que aceptarían con menor repugnancia
el suplicio supremo si se les permitiera lanzar desde lo alto del patíbulo
una copiosa arenga, sin miedo de que los tambores de Santerre les cortasen
intempestivamente la palabra. No
los compadezco, porque adivino que sus efusiones oratorias les procuran
placeres iguales a los que otros sacan del silencio y del recogimiento;
pero los desprecio. Deseo,
ante todo, que mi gacetillero maldito me dejo divertirme a mi gusto. «Pero
¿no siente usted nunca -me dice, en tono nasal archiapostólico- necesidad
de compartir sus goces?» ¡Miren el sutil envidioso! ¡Sabe que desdeño
los suyos y viene a insinuarse en los míos, el horrible aguafiestas! «¡La
desgracia grande de no poder estar solo!...» -dice en algún lado La Bruyère,
como para avergonzar a todos los que corren a olvidarse entre la muchedumbre,
temerosos, sin duda, de no poder soportarse a sí mismos. «Casi
todas nuestras desgracias provienen de no haber sabido quedarnos en nuestra
habitación» -dice otro sabio, creo que Pascal, llamando así a la celda
del recogimiento a todos los alocados que buscan la dicha en el movimiento
y en una prostitución que llamaría yo fraternitaria, si quisiera
hablar la hermosa lengua de mi siglo. - XXIV - Los Proyectos Decíase
él, paseando por un vasto parque solitario: «¡Cuán bella estaría con un
traje de corto, complicado y fastuoso, bajando, a través de la atmósfera
de una bella tarde, los escalones de mármol de un palacio, frente a extensas
praderas de césped y de estanques! ¡Porque tiene naturalmente aspecto
de princesa!» Al
pasar más tarde por una callo detúvose ante una tienda de grabados, y
como hallara en una carpeta una estampa, representación de un paisaje
tropical, se dijo: «¡No! No es en un palacio donde yo quisiera poseer
su amada existencia. No estaríamos en casa. Además, las paredes,
acribilladas de oro, no dejarían sitio para colgar su imagen; en las solemnes
galerías no hay un rincón para la intimidad. Decididamente, ahí
es donde habría que irse para cultivar el ensueño de mi vida.» Y
mientras analizaba con los ojos los detalles del grabado, proseguía naturalmente.
«A la orilla del mar, una hermosa cabaña de madera, envuelta por todos
estos árboles raros y relucientes, cuyos nombres olvidé...; en la atmósfera,
un aroma embriagador, indefinible...; en la cabaña, un poderoso perfume
de rosas y de almizcle...; más lejos, detrás de nuestro breve dominio,
puntas de mástiles mecidos por la marea...; en derredor, más allá de la
estancia, iluminada por una luz rosa, tamizada por las cortinillas, decorada
con esterillas frescas y flores mareantes y con raros asientos de un rococó
portugués, de madera pesada y tenebrosa -en donde ella descansaría, tan
quieta, tan bien abanicada, fumando tabaco levemente opiáceo-; más allá
de la varenga, el bullicio de los pájaros, ebrios de luz, y el parloteo
de las negritas... Y por la noche, para hacer compañía a mis sueños, el
cantar quejumbroso de los árboles de música, de los filaos melancólicos.
Sí; ahí tengo, en verdad, el fondo que buscaba. ¿Para qué quiero
un palacio?» Y más allá, caminando por una gran avenida, vio una posada limpita, con una ventana avivada por unas cortinas de indiana multicolor, a la que asomaban dos cabezas risueñas. Y en seguida: «Muy vagabundo tiene que ser mi pensamiento -se dijo- para ir a buscar tan lejos lo que tan cerca está de mí. Pla |