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El
Albatros
A menudo, por divertirse, los hombres de la tripulación
cogen albatros, grandes pájaros de los mares,
que siguen, como indolentes compañeros de viaje,
al navío que se desliza por los abismos amargos.
Apenas
les han colocado en las planchas de cubierta,
estos reyes del cielo torpes y vergonzosos,
dejan lastimosamente sus grandes alas blancas
colgando como remos en sus costados.
¡Que
torpe y débil es este alado viajero!
Hace poco tan bello, ¡que cómico y que feo!
Uno le provoca dándole con una pipa en el pico,
otro imita, cojeando, al abatido que volaba.
El
poeta es semejante al príncipe de las nubes
que frecuenta la tempestad y se ríe del arquero;
desterrado en el suelo en medio de los abucheos,
sus alas de gigante le impiden caminar.
Charla
Eres
un ciclo de otoño, rosa y claro;
pero en mí la tristeza asciende como el mar
y deja al refluir, en mis labios huraños
el recuerdo punzante, amargo, de un limón.
Tu
mano acaricia vanamente mi seno;
amiga, lo que busca es un lugar marcado
por el garfio y el diente feroz de las mujeres.
No tengo corazón; lo comieron las bestias.
¡Es
mi pecho un palacio manchado por la chusma;
la gente en él se mata, se embriaga, se agrede !
-¡Qué perfume hay en tomo de tu seno desnudo!
¡Tú
lo quieres Belleza, azote de las almas!
¡En tus ojos de fuego que brillan como fiestas
calcina estos despojos que olvidaron las fieras!
La
Belleza
Hermosa
soy, mortales, como un sueño de piedra,
y mi seno en que todos, por turno, se han herido,
creóse con el fin de inspirar al poeta
un amor mudo, eterno, igual que la materia.
Yo reino en el azul, esfinge incomprendida.
A un corazón de nieve uno el blancor del cisne;
detesto el movimiento que desplaza las líneas,
y no lloro jamás, y nunca jamás río.
Los
poetas al ver mis nobles actitudes
que semejan la copia de airosos monumentos,
consumirán sus días en austeros estudios,
pues para fascinar tan dóciles amantes
tengo, puros espejos que todo lo hermosean,
mis ojos, ¡grandes ojos de eternas claridades!
XXV
¡Meterías al universo entero en tu callejuela, mujer impura!
El tedio hace tu alma cruel. Para ejercitar tus dientes en este juego
singular te hace falta a diario un ánimo de armero. Tus ojos iluminados
al igual que las tiendas y que las luminarias resplandecientes de las
fiestas públicas, usan con insolencia un poder ficticio, sin conocer
nunca la ley de su belleza.
¡Máquina
ciega y sorda, en crueldades fecunda!, provechoso instrumento, bebedor
de la sangre del mundo, ¿cómo no te avergüenzas y cómo
no has visto palidecer tus atractivos delante de todos los espejos? La
grandeza de este mal en el que te crees sabia ¿no te ha hecho nunca
retroceder de espanto, cuando la naturaleza, grande en sus designios ocultos,
se sirve de ti, oh mujer, oh reina de los pecados, -de ti, vil animal-,
para modelar un genio?
¡Oh,
enlodada grandeza!, ¡oh, sublime ignominia!
El Poseso
El
sol está de luto. ¡Oh Luna de mi vida
a semejanza suya, arrópate entre sombras;
duerme o arde a tu antojo, sé muda, sé sombría,
húndete por completo del tedio en el abismo!
¡Te amo así! Sin embargo, si acaso hoy deseas,
como un astro en eclipse que deja la penumbra,
recorrer los lugares que invade la Locura,
¡abandona tu vaina, oh encantador puñal!
Enciende tus pupilas en la luz de las lámparas.
Del rufián en los ojos, enciende los deseos;
irnorbidez, petulancia, todo en ti me deleita!
Sé a gusto, negra noche, Incandescente aroma;
mi cuerpo tembloroso no tiene ya una fibra
que no grite, ¡te adoro, oh amado Belcebú!
Las
Dos Buenas Hermanas
La
Lujuria y la Muerte son dos buenas muchachas
pródigas en besos Y de salud pletóricas
cuya virgen cadera de guiñapos vestida
no ha parido jamás con penosos trabajos.
Al poeta siniestro que las familias odian,
querido en el infierno, cortesano sin rentas,
lupanares y tumbas le brindan en su olmeda
un tálamo que eluden los remordimientos.
El ataúd, la alcoba, fecundos en blasfemias,
a su vez nos ofrecen como tiernas hermanas
horrorosas dulzuras y terribles placeres;
¿cuándo vas a enterrarme, Libertinaje inmundo,
cuándo vendrás, oh Muerte, rival de sus encantos
sobre mirtos infectos, a tus negros cipreses?
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