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Alegoría
¡Es
una mujer bella y de altiva garganta
que deja en el vino arrastrar sus cabellos!
Del antro los venenos, del amor la pezuña
resbalan y se liman en su cuerpo marmóreo.
Se ríe de la Muerte y del Libertinaje,
monstruos cuya mano que desgarra y destruye,
respeta sin embargo en sus terribles juegos
la ruda majestad de ese cuerpo tan firme.
Cual sultana descansa, camina como diosa;
en el placer profesa una fe mahometana.
Y a sus brazos abiertos que sus dos senos colman
atrae con su mirar a los seres humanos.
Cree, y sin duda sabe la virgen infecunda
pero tan necesaria a la marcha del mundo,
que la hermosura del cuerpo es don sublime
que logra por sí solo el perdón de la infamia.
Ignora el Infierno igual que el Purgatorio
y al llegarle la hora de entregarse a la Noche
contemplará serena el rostro de la Muerte,
como un recién nacido -¡sin pesar y sin odio!
La
Cabellera
¡Oh, melena, que cae ensortijada sobre la espalda!
¡Oh, bucles! ¡Oh, perfume cargado de descuido!
¡Éxtasis! Para poblar esta tarde la oscura alcoba
con los recuerdos que duermen en esta cabellera,
¡yo la quiero agitar en el aire como un pañuelo!
La
languideciente Asia y la ardiente África,
todo un mundo lejano, ausente, casi muerto,
vive en tus profundidades, ¡selva aromática!,
como otros espíritus bogan por la música,
el mío, ¡Oh, mi amor!, nada por tu perfume.
Iré
allí donde el árbol y el hombre, llenos de savia,
desfallecen mucho tiempo bajo el ardor de los climas;
fuertes trenzas, ¡sed el oleaje que me arrastre!
Continentes, mar de ébano, un sueño deslumbrante
de velas, de remeros, de gallardetes y de mástiles:
Un
puerto resonante donde mi alma puede beber
a grandes raudales el perfume, el sonido y el color;
donde los navíos, que se deslizan en el oro y el moaré,
abren sus vastos brazos para abrazar la gloria
de un cielo puro donde vibra el eterno calor.
Hundiré
mi cabeza amiga de embriagarse
en este negro océano donde está encerrado el otro;
y mi espíritu sutil que el balanceo acaricia
sabrá volver a encontrar, oh fecunda pereza,
¡los infinitos vaivenes del ocio embalsamado!
Cabellos
azules, pabellón de tinieblas extendidas,
me devolvéis el azul del cielo inmenso y redondo;
en los bordes suaves de vuestros mechones retorcidos
me embriago ardientemente con los olores confundidos
del aceite de coco, del almizcle y la brea.
¡Mucho
tiempo!, ¡siempre!, mi mano en tu grande y espesa cabellera
sembrará el rubí, la perla y el zafiro,
¡para que a mi deseo no seas nunca sorda!
¿No eres el oasis donde sueño, y la calabaza
donde sorbo a grandes tragos el vino del recuerdo?
Conservación
¡Eres un bello cielo de otoño, claro y rosado!
Pero la tristeza sube en mí como el mar,
Y deja, al refluir, en mis labios melancólicos
el recuerdo punzante de su amargo limo.
Tu
mano se desliza en vano por mi pecho que desfallece;
lo que ella busca, amiga, es un lugar destrozado
por la garra y el diente feroz de la mujer
No busques más mi corazón; se lo han comido las bestias.
Mi
corazón es un palacio devastado por las turbas;
¡en el que se emborrachan, matan, se agarran de los cabellos!;
¡Flota un perfume en torno a tu pecho desnudo!...
¡Oh
belleza, duro látigo de las almas, tú lo quieres!
Con tus ojos de fuego brillantes como fiestas,
¡calcina estos despojos que han dejado las bestias!
El Aparecido
Cual
los ángeles de ojos flavos
yo volveré hasta tu alcoba,
deslizándome sin ruido
en las sombras de la noche;
y
te daré, oh morena,
como la luna, besos fríos,
y caricias de serpiente
reptando en torno de una fosa.
Cuando
llegue el alba lívida,
verás mi lugar vacío,
y helado ya, hasta la tarde.
Como
otros por la ternura,
quiero reinar por el espanto
sobre tu juventud y tu vida.
El
Vampiro
Tú
que como una cuchillada
entraste en mi triste pecho,
tú que, fuerte cual un rebaño
de demonios, viniste, loca,
a
hacer tu lecho y tu dominio
en mi espíritu humillado.
--Infame a quien estoy unido
como a su cadena el galeote,
corno
al juego el jugador,
como a la botella el borracho
como al gusano la carroña,
--¡maldita seas, maldita!
Rogué
al rápido puñal
que mi libertad conquistara
dile al pérfido veneno
que socorriese mi cobardía.
Mas
¡ay! puñal y veneno
despreciándome, me han dicho:
"No mereces que te arranquen
de esa maldita esclavitud,
¡imbécil!
--si de su imperio
nuestro esfuerzo te librara,
tus besos resucitarían de tu vampiro ¡el cadáver!"
La
Mala Suerte
Para
levantar una carga tan pesada,
Sísifo, haría falta tu coraje.
Por más que ponga el corazón en el trabajo,
el Arte es largo y el Tiempo demasiado corto.
Huyendo de sepulcros celebrados,
hacia el más aislado cementerio,
mi corazón, como un tambor velado,
va resonando marchas fúnebres.
Más
de un diamante duerme sepultado
en las tinieblas y el olvido,
lejos de picos y de sondas;
más de una flor exhala a su pesar
su perfume, dulce cual un secreto,
en las soledades más profundas.
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