|
El
Viaje del Nigromante
|
|
Chechu
Orellana
|
|
Había sido en verdad un largo viaje, desde las tierras en que una vez fue joven hasta la Ciudad Perdida. Incluso el asombroso dragón de hueso en cuyas alas cruzó las leguas interminables del desierto agotó el hechizo que lo mantenía -si bien no vivo, al menos funcionando- y se terminó por desmoronar sobre las áridas y rocosas colinas. Las cúpulas doradas brillaban ya, lejanas, en el horizonte. Arduamente caminó el Nigromante durante días, semanas... (el tiempo no tenía sentido, pues en aquel lugar el Sol estaba siempre alto, ojo de fuego implacable)... hacia la Ciudad, imperceptiblemente más cercana a cada jornada. La largo tiempo olvidada Ciudad Perdida que daba, según la leyenda, la vida eterna a quien alcanzaba sus puertas broncíneas. Ante ellas se encontró por fin el Nigromante; tras de sí la larga avenida flanqueada por irregulares monolitos, tal vez estatuas de antiguos reyes cuyo recuerdo, como sus rasgos en piedra, hubiera sido borrado por el tiempo. Sobre el silencioso polvo de la calzada, una sola hilera de profundas huellas, profanando siglos tal vez de quietud.
Inmóviles se hallaban las puertas.
Imperturbables al trueno y la furia, ya apática, del ínfimo ser que había llamado, golpeado, maldecido y agotado ya todas sus invocaciones y conjuros (en vano ante las puertas que fueron hechas para resistir el envite de los ejércitos de épocas nunca soñadas) y que ahora se deshacía en lágrimas como un copo de nieve frente a la montaña.
Exhaustas sus fuerzas y, por vez primera, su determinación, el Nigromante se abandonó por fin a la sed y al inclemente sol y, con la con la calma de la verdadera desesperación, cerró los ojos para no volver a abrirlos.
El frió le despertó, al cabo de nadie sabe cuanto tiempo. La Noche había caído y las estrellas eran extrañas en el cielo del desierto. Desconcertado, apartó la vista de las infranqueables murallas y alzó sus ojos a los cuatro horizontes, por doquier, el desierto le ofrecía idéntico paisaje. El viento, ahora frió y cortante pero igualmente seco, levantaba del suelo hordas de aguijones. A lo lejos, tal vez el aullido de las hienas; puede que la risa demente de los otros inmortales que a lo largo de los eones, erraron su camino hasta la Ciudad Perdida.
Lentamente, el Nigromante reanudó su marcha sin saber hacia donde, a su espalda, la Ciudad de la Promesa Cierta.
|
|
Cuentos/Colaborar/Libros/Antología/Poesía/Autores/Links/Home |