|
La
pagoda es de color gris veteada con manchas de lama negra y saqueada por
la lluvia. Una negra cruz de hierro roída por el orín duerme
en la torre principal. Vuelvo al domo. Desde mi perspectiva, apuntan al
cielo una sucesión de cruces similares a antenas de televisión,
no como una perversa alusión a un cementerio sino a su significado
verdadero: un aparato de tortura ideado por la tecnología elemental,
que originó una idolatraría. Por celebrar una muerte, erigimos
en icono una cruz. No sé si con el tiempo, escasos de héroes,
celebraremos la guillotina, o santificaremos el winchester. Lo que digo
podría ser herejía.
Sí, su origen primitivo era el suplicio donde fijaban con cuerdas
o clavos al condenado, o a lo mejor lo empalaban. Este suplicio, porque
es un suplicio, lo originaron los persas, luego los cartagineses hasta
que lo perfeccionaron los romanos al azotar al condenado. Los griegos
un poco más susceptibles la utilizaron lejos de su patria. Entonces
al condenado lo paseaban por las calles más concurridas, para su
verguenza y escarmiento público, desnudo y atado al patíbulo.
Un palo vertical lo esperaba en el sitio de las ejecuciones. Llegado al
lugar era subido al palo vertical mediante cuerdas y se le ataban los
pies o clavaban dos clavos. Referiré los horrores: la eterna sed
de días enteros de suplicio, la perdida de sangre, la deshidratación
y el exceso de sudor así como la desnudez y los insultos ya fuera
por ser esclavos, desertores, ladrones o quien había perdido su
personalidad; la locura, es cierto, nunca ha sido entendida. Este suplicio,
el más duradero y que indirectamente celebran algunos nos hablan
de una muerte. A quien hubieran crucificado lo custodiaban soldados y
no eran sepultados por lo cual terminaban como alimento de las fieras
o de las aves del cielo. Unas veces se aceleraba su muerte al romper las
piernas, otras ahogándolos en humo. La causa de su muerte, que
el condenado colgaba en su cuello, era fijada en lo alto de la cruz con
su nombre. Sí, los cristianos la perfeccionaron al quitar el cuerno
donde se sentaba al condenado, era indecoroso el saliente entre las piernas.
Entre más alta la cruz más podría verse la humillación
y el escarmiento.
En el domo parece que existiera esa huella de la historia narrada desde
las diversas cruces. Al fondo la cruz ansada, llave de Egipto, señal
de vida que la diosa Knu intenta meter en las narices del hombre que acaba
de formar. También en uno de los pequeños domos yace la
decusata, o cruz de San Andrés con las aspas de la x, acreditada
en el siglo décimo. En otro lugar, la griega con trazos iguales;
la latina que es la de más uso con dos travesaños que la
divide en partes desiguales; la svástica de los hindúes
de uso astronómico que dio origen a un falso profeta con voz terrenal
en la radio; la patriarcal o de Caravaca con dos travesaños paralelos;
la del tau cosida en su manto por san Antonio Abad. En otro lugar a la
izquierda sigue la papal con tres travesaños desiguales entre sí;
detrás de esta, la cruz ancorada aquella que termina en dos puntas
curvas a manera de ancora; la de Malta cuyos brazos iguales terminan en
triángulos; la potenzada de brazos iguales que terminan en travesaños;
la trebolada cuyos brazos iguales terminan en tréboles; la cruz
flordelisada cuyos brazos terminan en flor de lis muy abiertas y trabas
al pie; la cruz de Montesa con brazos iguales y de color rojo; la cruz
de Calatrava con brazos iguales de color rojo terminadas en flores de
lis muy abiertas y dos trabas al pie del trazo del trazo vertical; la
cruz de Alcántara que se diferencia de la anterior por tener el
escudete del crucero, un peral verde y carecer de trabas. Mas acá
la cruz con un circulo detrás ya que los primeros celtas mezclaron
motivos paganos de Bran, el Bendito, con la cruz católica dando
origen a la cruz celta adornada con simbolismos netamente célticos
como trisqueles, dragones, venados, caballos, las imágenes de la
diosa Epona y del dios Kernunos. La leyenda cuenta que cuando los invasores
nórdicos, y germánicos entraron a la Celtia, Bran los expulsó
en una pavorosa batalla donde murió. Antes de morir le pidió
a sus soldados que le cortasen la cabeza y la enviaran a un lugar donde
él podría ver si llegaban los enemigos, y luchar contra
ellos. Posteriormente, esta leyenda dio origen a las calabazas en forma
de cabeza del Hallowen inglés. Cierto, cada pueblo erige sus creencias
que luego serán sus cadenas.
Al lateral, una ventana con vitrales de colores. La única puerta,
un portón que siempre he visto cerrado. A no ser cuando los oficios
religiosos engullen a los miembros de la secta. La arquitectura no es
de rebordes concluidos, más bien cada muro parece derramarse como
lava petrificada. A veces da la impresión de que estuviera inacabada,
otras a punto de caer. Nadie de los alrededores me ha dado una versión
diferente: siempre se refieren despectivos a la iglesia vetusta en que
nadie repara. Del edificio olvidado que nadie sabe quién construyó,
tampoco encuentro en los archivos de la biblioteca, ni en la oficina del
agrimensor, sus planos. Es como si lo hubieran colocado así de
repente y la hubieran aceptado sin ninguna discusión. Los vecinos
nunca pisan su acera al otro lado de la calzada, o el pequeño terraplén,
a manera de escalas también inconclusas donde los escasos vagos
se sientan a mirar los escasos crepúsculos. Tampoco se da el lujo
de que en las paredes laterales, de atrás o enfrente coloquen carteles
de reproche, anuncios comerciales o alguna mano nocturna escriba injurias
que son casi todas las consignas. El gran domo siempre permanece intacto.
No es miedo o recelo o el vasto respeto que profesan los transeúntes
o los vecinos que cada mañana la observan como si fuera un zigurat
difícil de escalar o que más simple, la ignoren.
La única puerta permanece limpia de polvo y ahora sé que
es de marco y jambas bronceadas. La puerta obra como el papel atrapamoscas,
un señuelo, pero un señuelo que nadie destaca. La puerta
señuelo, no se sabe quien la brilla, está forjada y hornada
en el noble y duro bronce y dividida a manera de la célebre Puerta
del Paraíso de Lorenzo Ghiberti. Pero con escenas diversas: en
una huye Confucio con una horda de hombres que lo querían erigir
como divinidad pero que él rechazó; en otra un hombre de
barba joven y bello es seguido por otra horda que lo crucificó.
En la parte de abajo, alrededor de una piedra negra, una multitud en cuclillas
la adora; en otra un ídolo de muchos brazos, ríe. La sigue
una escena donde se quema a un hombre por no tener fe, y en otra una pira
de libros advierte sobre la necesidad de creer en algo. Más abajo
una secta que se suicidó, yace al lado de su director espiritual;
luego, en otra escena, una camarilla de ufólogos vestida con pantalón
y camisa negra y sobre sus rostros un velo morado espera la llegada de
una nave espacial. Cierto, se han suicidado. Abajo continúan algunos
esbozos con una horda de televidentes frente al gran ojo cuadrado. Los
demás paisajes del alma colectiva, lo supe después, se irán
labrando con el paso del tiempo. Desde el atrio no se distinguen los relieves,
apenas la luz que golpea el bronce, achata y opaca sus duras formas. Sé
que el bronce se cárdena con lama verde; prueba de que alguien
limpia el portón.
Indagué con los vecinos de la fachada principal, dos ancianos que
presumo todo lo saben, porque los ancianos corren la suerte de no dormir
en la noche, ni a ninguna hora, parece que los arredra el azar de la muerte.
No me dieron noticia a pesar de cierta amabilidad. Existía una
causa, el edificio parecía una gran mancha de tinta sumada a la
gran noche. Me marché con una sonrisa inmisericorde, prometiéndoles
regresar.
En efecto solicité alquilar la buhardilla para mirar desde la ventana
por si alguien husmeaba o lo que más me interesa, golpeara o abriera
el portón para seguirlo. No obtuve ni el más ínfimo
detalle de alguien que se acercara a merodear.
Es más, fotografié el templo palmo a palmo desde los ángulos
posibles y bajo diferente luz. Llegué a la conclusión que
era único en su género. Con el cambio de luz daba la impresión
de ser una mezquita, una catedral, una pagoda o un templo asirio. Parecía
tener una edad indeterminada donde algunos hombres lo reconstruían.
A veces era como algo gótico, como algo del renacimiento, como
algo moderno tal vez habitada por la secta de los hombres secretos.
Por su aspecto espero que el archimandrita o el deán, fuera un
anciano de barbas blancas, tocado a la manera de un patricio de la iglesia
ortodoxa de Chipre. Digo patricio aunque sospecho que el edificio se encuentre
abandonado. El domo no tiene campanas, ni altavoces. El recuerdo es vago,
cada vez que regreso, la veo diferente. Creo que el asombro y la perplejidad
me contradicen. Ahora que me aproximo noto que el vitral no es de colores
ni ideado por el vitralista Chagas, tampoco deja filtrar una luz malva
tocando los ídolos particulares con su halo. No, el vitral es de
color crema y sus vidrios están sucios de polvo y su marco malamente
pintado. Con sorpresa observo que la puerta principal adolece de aldabón.
Valiente me afirmo y la golpeo; es dura como el hierro y mis puños
son apenas una caricia.
Una noche, tenía que ser una noche, encontré en el atrio
una armadura. Era reluciente con su cota de malla, la visera bajada. Sin
saludar me senté a su lado. Alguien tenía que habitar esa
cota de malla, pensé, con escarpines de hierro. Sí, alguien
debía habitar esa armadura bruñida. De inmediato la relacioné
con la puerta hablé en voz baja acerca de la noche y de las mañanas
grises; de la cota no salió ni una palabra. Golpee la testa adornada
con plumajes de los juegos de gesta, y una cruz de san Antonio inscrita
sobre el facsímil cerrado de la cara. Golpeé en la frente
por si el piloto de la armadura dormitaba; nadie respondió. Supuse
una broma y dispuse a marcharme. Escuché, no sin asombro, como
alguien llamaba por mi nombre: Arthur Blessitt
Era un hombre joven y pálido con rasgos finos bajo el dintel del
portón de bronce que apurado vino a mi lado. Vestía elegante
un saco de marca. De un cordón atado a su cintura pendía
una gran llave. Bajo el brazo izquierdo un gran libro encuadernado en
cuero negro con escaldaduras.
Sé de su insistencia para conocer nuestros arcanos, lo he espiado
desde la torreta; ahora mereces nuestra redención. Soy el último
integrante de la secta, pero ya seremos dos. Sé que ha deambulado
como un verdadero peregrino, las noticias refieren que lleva visitados
trescientos países, arrastrando una cruz sobre sus hombros, que
ha caminado unos setenta mil kilómetros y ha sido objeto de recepción
de parte de presidentes y reyes, que ha ayunado en el desierto y en los
glaciares, que sobre montañas negras y hoteles baratos ha sido
tentado por fajos de dinero, bellas mujeres y cúmulos de droga;
hasta el mismo Mesías lo hubiera envidiado.
Me entregó un báculo cargado en su espalda, el libro y la
llave. Ahora serás miembro de número y tu propio deán,
dijo. En el libro está nuestra historia y los nombres de muchos
dioses, debes leerlos en voz alta y tener fe, que es la creencia de los
indignos. No le respondí.
El tipo cargó en sus brazos la armadura como si se tratará
de un lisiado y la llevó adentro. Regresó, sin ningún
preámbulo, se despidió dándome una palmada en el
hombro. Adelante muchacho, dijo y remató con tono pontifical, el
cielo y el infierno es vuestro, así como el futuro y se marchó.
Miré el futuro: una calle sucia y, adentro del edificio, una concavidad
negra.
Entré a lo que podría ser mezquita, templo pagano, iglesia
o pagoda. Comprobé como la armadura y la llave eran de un mismo
material. Me encaminé por la nave central. No hice genuflexiones,
no sabía qué ritos propugnaban. Me dirigí a lo que
considero un altar. Del domo principal, en mitad del salón, caía
una raya de luz. Sólo había un túmulo de piedra sin
rastros de sangre, ni huellas de sacrificio y un dado de nueve caras.
Era un salón enorme sin columnas ni bancas donde se sentarían
los creyentes, donde reposaban los frágiles maderos y astillas
que supuestamente pertenecían a la cruz original, suficientes para
llenar varios barcos. Tampoco exhibían imágenes de ninguna
clase. Pensé que se trataba de alguna religión oriental
o de un exotismo tropical. Regresé a la puerta y comprobé
como la llave no entraba a la cerradura. Eché sobre mis hombros
la armadura, subí y bajé por pasillos de escalas inscritos
y adscritos a las paredes como si se tratara de un dibujo de Escher. Volví
sobre el túmulo de piedra y comencé a correr las paginas
del libro. Eran sólo paginas blancas donde no aparecía escritura
de ninguna clase con una larga sucesión de nombres, mandamientos
o plegarias.
.......
Víctor
Bustamante nació en Barbosa (Colombia) en 1954. Economista de la
Universidad de Medellín. Ha sido colaborador de El Imaginario del
periódico El Mundo de Medellín, de La Nación de Buenos
Aires, de las revistas Interregno, Susurros, Universidad de Antioquia,
Universidad Nacional, Kinetoscopio y Oxigen de España. Director
de la revista Babel y de El Pájaro Picón. Autor de una Crónica
para el Cronista (1994); Noticias de Pedro II, El papa de Barbosa (1995),
Amábamos tanto la Revolución (1999).
|