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La secta de los hombres secretos
 
Víctor Bustamante

 

La pagoda es de color gris veteada con manchas de lama negra y saqueada por la lluvia. Una negra cruz de hierro roída por el orín duerme en la torre principal. Vuelvo al domo. Desde mi perspectiva, apuntan al cielo una sucesión de cruces similares a antenas de televisión, no como una perversa alusión a un cementerio sino a su significado verdadero: un aparato de tortura ideado por la tecnología elemental, que originó una idolatraría. Por celebrar una muerte, erigimos en icono una cruz. No sé si con el tiempo, escasos de héroes, celebraremos la guillotina, o santificaremos el winchester. Lo que digo podría ser herejía.
Sí, su origen primitivo era el suplicio donde fijaban con cuerdas o clavos al condenado, o a lo mejor lo empalaban. Este suplicio, porque es un suplicio, lo originaron los persas, luego los cartagineses hasta que lo perfeccionaron los romanos al azotar al condenado. Los griegos un poco más susceptibles la utilizaron lejos de su patria. Entonces al condenado lo paseaban por las calles más concurridas, para su verguenza y escarmiento público, desnudo y atado al patíbulo. Un palo vertical lo esperaba en el sitio de las ejecuciones. Llegado al lugar era subido al palo vertical mediante cuerdas y se le ataban los pies o clavaban dos clavos. Referiré los horrores: la eterna sed de días enteros de suplicio, la perdida de sangre, la deshidratación y el exceso de sudor así como la desnudez y los insultos ya fuera por ser esclavos, desertores, ladrones o quien había perdido su personalidad; la locura, es cierto, nunca ha sido entendida. Este suplicio, el más duradero y que indirectamente celebran algunos nos hablan de una muerte. A quien hubieran crucificado lo custodiaban soldados y no eran sepultados por lo cual terminaban como alimento de las fieras o de las aves del cielo. Unas veces se aceleraba su muerte al romper las piernas, otras ahogándolos en humo. La causa de su muerte, que el condenado colgaba en su cuello, era fijada en lo alto de la cruz con su nombre. Sí, los cristianos la perfeccionaron al quitar el cuerno donde se sentaba al condenado, era indecoroso el saliente entre las piernas. Entre más alta la cruz más podría verse la humillación y el escarmiento.
En el domo parece que existiera esa huella de la historia narrada desde las diversas cruces. Al fondo la cruz ansada, llave de Egipto, señal de vida que la diosa Knu intenta meter en las narices del hombre que acaba de formar. También en uno de los pequeños domos yace la decusata, o cruz de San Andrés con las aspas de la x, acreditada en el siglo décimo. En otro lugar, la griega con trazos iguales; la latina que es la de más uso con dos travesaños que la divide en partes desiguales; la svástica de los hindúes de uso astronómico que dio origen a un falso profeta con voz terrenal en la radio; la patriarcal o de Caravaca con dos travesaños paralelos; la del tau cosida en su manto por san Antonio Abad. En otro lugar a la izquierda sigue la papal con tres travesaños desiguales entre sí; detrás de esta, la cruz ancorada aquella que termina en dos puntas curvas a manera de ancora; la de Malta cuyos brazos iguales terminan en triángulos; la potenzada de brazos iguales que terminan en travesaños; la trebolada cuyos brazos iguales terminan en tréboles; la cruz flordelisada cuyos brazos terminan en flor de lis muy abiertas y trabas al pie; la cruz de Montesa con brazos iguales y de color rojo; la cruz de Calatrava con brazos iguales de color rojo terminadas en flores de lis muy abiertas y dos trabas al pie del trazo del trazo vertical; la cruz de Alcántara que se diferencia de la anterior por tener el escudete del crucero, un peral verde y carecer de trabas. Mas acá la cruz con un circulo detrás ya que los primeros celtas mezclaron motivos paganos de Bran, el Bendito, con la cruz católica dando origen a la cruz celta adornada con simbolismos netamente célticos como trisqueles, dragones, venados, caballos, las imágenes de la diosa Epona y del dios Kernunos. La leyenda cuenta que cuando los invasores nórdicos, y germánicos entraron a la Celtia, Bran los expulsó en una pavorosa batalla donde murió. Antes de morir le pidió a sus soldados que le cortasen la cabeza y la enviaran a un lugar donde él podría ver si llegaban los enemigos, y luchar contra ellos. Posteriormente, esta leyenda dio origen a las calabazas en forma de cabeza del Hallowen inglés. Cierto, cada pueblo erige sus creencias que luego serán sus cadenas.
Al lateral, una ventana con vitrales de colores. La única puerta, un portón que siempre he visto cerrado. A no ser cuando los oficios religiosos engullen a los miembros de la secta. La arquitectura no es de rebordes concluidos, más bien cada muro parece derramarse como lava petrificada. A veces da la impresión de que estuviera inacabada, otras a punto de caer. Nadie de los alrededores me ha dado una versión diferente: siempre se refieren despectivos a la iglesia vetusta en que nadie repara. Del edificio olvidado que nadie sabe quién construyó, tampoco encuentro en los archivos de la biblioteca, ni en la oficina del agrimensor, sus planos. Es como si lo hubieran colocado así de repente y la hubieran aceptado sin ninguna discusión. Los vecinos nunca pisan su acera al otro lado de la calzada, o el pequeño terraplén, a manera de escalas también inconclusas donde los escasos vagos se sientan a mirar los escasos crepúsculos. Tampoco se da el lujo de que en las paredes laterales, de atrás o enfrente coloquen carteles de reproche, anuncios comerciales o alguna mano nocturna escriba injurias que son casi todas las consignas. El gran domo siempre permanece intacto. No es miedo o recelo o el vasto respeto que profesan los transeúntes o los vecinos que cada mañana la observan como si fuera un zigurat difícil de escalar o que más simple, la ignoren.
La única puerta permanece limpia de polvo y ahora sé que es de marco y jambas bronceadas. La puerta obra como el papel atrapamoscas, un señuelo, pero un señuelo que nadie destaca. La puerta señuelo, no se sabe quien la brilla, está forjada y hornada en el noble y duro bronce y dividida a manera de la célebre Puerta del Paraíso de Lorenzo Ghiberti. Pero con escenas diversas: en una huye Confucio con una horda de hombres que lo querían erigir como divinidad pero que él rechazó; en otra un hombre de barba joven y bello es seguido por otra horda que lo crucificó. En la parte de abajo, alrededor de una piedra negra, una multitud en cuclillas la adora; en otra un ídolo de muchos brazos, ríe. La sigue una escena donde se quema a un hombre por no tener fe, y en otra una pira de libros advierte sobre la necesidad de creer en algo. Más abajo una secta que se suicidó, yace al lado de su director espiritual; luego, en otra escena, una camarilla de ufólogos vestida con pantalón y camisa negra y sobre sus rostros un velo morado espera la llegada de una nave espacial. Cierto, se han suicidado. Abajo continúan algunos esbozos con una horda de televidentes frente al gran ojo cuadrado. Los demás paisajes del alma colectiva, lo supe después, se irán labrando con el paso del tiempo. Desde el atrio no se distinguen los relieves, apenas la luz que golpea el bronce, achata y opaca sus duras formas. Sé que el bronce se cárdena con lama verde; prueba de que alguien limpia el portón.
Indagué con los vecinos de la fachada principal, dos ancianos que presumo todo lo saben, porque los ancianos corren la suerte de no dormir en la noche, ni a ninguna hora, parece que los arredra el azar de la muerte. No me dieron noticia a pesar de cierta amabilidad. Existía una causa, el edificio parecía una gran mancha de tinta sumada a la gran noche. Me marché con una sonrisa inmisericorde, prometiéndoles regresar.
En efecto solicité alquilar la buhardilla para mirar desde la ventana por si alguien husmeaba o lo que más me interesa, golpeara o abriera el portón para seguirlo. No obtuve ni el más ínfimo detalle de alguien que se acercara a merodear.
Es más, fotografié el templo palmo a palmo desde los ángulos posibles y bajo diferente luz. Llegué a la conclusión que era único en su género. Con el cambio de luz daba la impresión de ser una mezquita, una catedral, una pagoda o un templo asirio. Parecía tener una edad indeterminada donde algunos hombres lo reconstruían. A veces era como algo gótico, como algo del renacimiento, como algo moderno tal vez habitada por la secta de los hombres secretos.
Por su aspecto espero que el archimandrita o el deán, fuera un anciano de barbas blancas, tocado a la manera de un patricio de la iglesia ortodoxa de Chipre. Digo patricio aunque sospecho que el edificio se encuentre abandonado. El domo no tiene campanas, ni altavoces. El recuerdo es vago, cada vez que regreso, la veo diferente. Creo que el asombro y la perplejidad me contradicen. Ahora que me aproximo noto que el vitral no es de colores ni ideado por el vitralista Chagas, tampoco deja filtrar una luz malva tocando los ídolos particulares con su halo. No, el vitral es de color crema y sus vidrios están sucios de polvo y su marco malamente pintado. Con sorpresa observo que la puerta principal adolece de aldabón. Valiente me afirmo y la golpeo; es dura como el hierro y mis puños son apenas una caricia.
Una noche, tenía que ser una noche, encontré en el atrio una armadura. Era reluciente con su cota de malla, la visera bajada. Sin saludar me senté a su lado. Alguien tenía que habitar esa cota de malla, pensé, con escarpines de hierro. Sí, alguien debía habitar esa armadura bruñida. De inmediato la relacioné con la puerta hablé en voz baja acerca de la noche y de las mañanas grises; de la cota no salió ni una palabra. Golpee la testa adornada con plumajes de los juegos de gesta, y una cruz de san Antonio inscrita sobre el facsímil cerrado de la cara. Golpeé en la frente por si el piloto de la armadura dormitaba; nadie respondió. Supuse una broma y dispuse a marcharme. Escuché, no sin asombro, como alguien llamaba por mi nombre: Arthur Blessitt
Era un hombre joven y pálido con rasgos finos bajo el dintel del portón de bronce que apurado vino a mi lado. Vestía elegante un saco de marca. De un cordón atado a su cintura pendía una gran llave. Bajo el brazo izquierdo un gran libro encuadernado en cuero negro con escaldaduras.
Sé de su insistencia para conocer nuestros arcanos, lo he espiado desde la torreta; ahora mereces nuestra redención. Soy el último integrante de la secta, pero ya seremos dos. Sé que ha deambulado como un verdadero peregrino, las noticias refieren que lleva visitados trescientos países, arrastrando una cruz sobre sus hombros, que ha caminado unos setenta mil kilómetros y ha sido objeto de recepción de parte de presidentes y reyes, que ha ayunado en el desierto y en los glaciares, que sobre montañas negras y hoteles baratos ha sido tentado por fajos de dinero, bellas mujeres y cúmulos de droga; hasta el mismo Mesías lo hubiera envidiado.
Me entregó un báculo cargado en su espalda, el libro y la llave. Ahora serás miembro de número y tu propio deán, dijo. En el libro está nuestra historia y los nombres de muchos dioses, debes leerlos en voz alta y tener fe, que es la creencia de los indignos. No le respondí.
El tipo cargó en sus brazos la armadura como si se tratará de un lisiado y la llevó adentro. Regresó, sin ningún preámbulo, se despidió dándome una palmada en el hombro. Adelante muchacho, dijo y remató con tono pontifical, el cielo y el infierno es vuestro, así como el futuro y se marchó. Miré el futuro: una calle sucia y, adentro del edificio, una concavidad negra.
Entré a lo que podría ser mezquita, templo pagano, iglesia o pagoda. Comprobé como la armadura y la llave eran de un mismo material. Me encaminé por la nave central. No hice genuflexiones, no sabía qué ritos propugnaban. Me dirigí a lo que considero un altar. Del domo principal, en mitad del salón, caía una raya de luz. Sólo había un túmulo de piedra sin rastros de sangre, ni huellas de sacrificio y un dado de nueve caras. Era un salón enorme sin columnas ni bancas donde se sentarían los creyentes, donde reposaban los frágiles maderos y astillas que supuestamente pertenecían a la cruz original, suficientes para llenar varios barcos. Tampoco exhibían imágenes de ninguna clase. Pensé que se trataba de alguna religión oriental o de un exotismo tropical. Regresé a la puerta y comprobé como la llave no entraba a la cerradura. Eché sobre mis hombros la armadura, subí y bajé por pasillos de escalas inscritos y adscritos a las paredes como si se tratara de un dibujo de Escher. Volví sobre el túmulo de piedra y comencé a correr las paginas del libro. Eran sólo paginas blancas donde no aparecía escritura de ninguna clase con una larga sucesión de nombres, mandamientos o plegarias.


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Víctor Bustamante nació en Barbosa (Colombia) en 1954. Economista de la Universidad de Medellín. Ha sido colaborador de El Imaginario del periódico El Mundo de Medellín, de La Nación de Buenos Aires, de las revistas Interregno, Susurros, Universidad de Antioquia, Universidad Nacional, Kinetoscopio y Oxigen de España. Director de la revista Babel y de El Pájaro Picón. Autor de una Crónica para el Cronista (1994); Noticias de Pedro II, El papa de Barbosa (1995), Amábamos tanto la Revolución (1999).

 

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