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La Raza del Conocimiento

Juan Manuel Berros

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El suceso más importante en la historia de la ciencia ha tenido lugar hace tan solo dos días, y en nues-tro laboratorio. Puedo confirmar que hemos tenido contacto con una raza extraña de seres pensantes, que se cree provienen de regiones alejadas del universo. El acontecimiento todavía se mantiene en secreto, pero suponemos que pronto será comunicado al mundo entero. Tenemos conocimiento de que no sólo nosotros hemos contactado con la nueva raza; esto se extiende a comunidades científicas en países de todo el mundo. Dentro de un tiempo incierto volveremos a tener contacto, y posiblemente se asentarán aquí algunos de los seres. Esperamos ansiosamente el encuentro.

2

El encuentro fue increíble. En el laboratorio, más tarde, comprobamos todas las maravillosas verdades que nos revelaron. Me siento dichoso de ser uno de los primeros en haber presenciado una transmisión de conocimiento. Mis colegas han sabido aprobarla, y algunos en estos momentos están siendo preparados para dicha transmisión.
Aquellos seres, que llegaron hace unos días, son de una altura más elevada que la nuestra, aproxima-damente unos dos metros, y no guardan similitudes con nuestra raza en el aspecto físico. Se describen en los informes como una especie de crustáceo de gran tamaño, con un cuerpo principal en forma de óvalo vertical, un caparazón semiduro de tinte similar al de una cucaracha con un barniz brillante que los man-tiene oleosos y pegajosos todo el tiempo. De este caparazón surgen diez extremidades del mismo color en un tono más claro, a modo de tentáculos pero nada similares: son de mayor precisión que la torpe mano humana, y gozan de una especie de dedos de numerosas falanges. Dos de las extremidades sirven de sos-tén, mientras que otras seis en altura media son utilizadas para tareas desconocidas para nosotros y las dos superiores son usadas para funciones corporales que nos hemos permitido catalogar como fisiológicas. No hay una cabeza visible, y todo lo necesario para el pensamiento y la percepción creemos está guardado en el cuerpo principal, que goza de tres orificios controlados por válvulas viscosas.
Estos seres, monstruosos en aspecto, poseen el mayor de los conocimientos del universo, cosas que realmente ningún humano, ni en el más extraño sueño ni en la más sorprendente imaginación podría con-cebir. Me aventuro a decir que este conocimiento, que se han propuesto develarnos sin obstáculos y por pura bondad, constituye el más delicioso elíxir imaginable para cualquier espíritu humano, la fuente más poderosa que pueda saciar nuestra eternamente insatisfecha alma deseosa de saber.
Claro que hay un proceso para obtener dicho saber, ya que las criaturas no hablan por medio de len-guaje oral como nosotros, y además este medio sería infinitamente limitado para transmitir la verdad de todo el universo.
La transmisión de conocimiento es un complejo proceso realizado entre la criatura y un humano. Aquella abre sus extremidades, a modo de abrazo, y el humano debe imitarla en actitud pegando su cuerpo de frente contra el cuerpo ajeno. Debe entonces introducir la cara en el orificio principal que en el vientre posee la criatura, sin dejarse amilanar por la consistencia glutinosa de sus válvulas. La criatura entonces cierra sus tentáculos en torno a la persona, y se concreta lo que me he permitido llamar el abrazo.
Ilimitadas parecen las posibilidades, y los humanos, que tan torpemente evolucionan en su historia social, serán bañados por la más profunda sabiduría universal, ya que millones de estas criaturas están llegando a la superficie terrestre desde incognoscibles mundos para hacer masiva la transmisión de cono-cimiento, de la que nadie podría resistirse. La historia de la humanidad, en su plena decadencia, parece dar un rotundo giro hacia un futuro de inconmensurable prosperidad.

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Los seres, que hace ya cinco meses llegaron a nuestro mundo, fueron mundialmente aceptados: en todas partes del globo la población se entrega libremente a las trasmisiones de conocimiento. Todos mis colegas del laboratorio ya lo han hecho, y ninguno todavía se ha separado de la criatura con quien está sumida en el temible abrazo, tan grande es el conocimiento del universo que no se quieren desprender y todavía siguen sedientos de más verdades. Sin embargo, yo he decidido no realizarlo todavía, ya que tengo varios asuntos pendientes que requieren de mi entera actividad y el proceso de transmisión de conocimien-to tiene el efecto de aislar del entorno al que lo realiza.

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Nueve meses se cumplen hoy de el primer contacto con la raza. Mis conocidos ya todos están sumidos en abrazo con las criaturas, y día a día numerosas criaturas nuevas llegan para abrazar a los humanos que todavía no lo hayan hecho. Ninguno de mis amigos ha todavía finalizado la transmisión de conocimiento, y empiezo a sentir una angustia cada vez más grande, y el ferviente deseo de entregarme al abrazo crece día a día. La soledad es terrible, las calles están desiertas, las casas silenciosas: tal es el éxito que el con-tacto con la extraña raza ha tenido; todos están estáticos en sus casas, sumidos en la transferencia con al-guna de las criaturas. Casi todos los canales han dejado de transmitir, el mundo entero se está entregando al contacto con la nueva raza, desde los niños hasta los más viejos. Me cruzo muy de vez en cuando con alguna persona en la calle, y nos miramos con recelo. La soledad empieza a enfermarme, y estoy pensando en entregarme ya al abrazo.

5

Una noche analizaba solo en el laboratorio unas muestras de un metal que la raza había traído en señal de amistad para que investigásemos su increíble potencial en nuestras industrias. Apareció entonces, re-pentinamente ante mí uno de mis colegas, rompiendo el silencio de la noche, causándome el más espanto-so sobresalto. Estaba muy agitado, y tenía una expresión de horror en su cara. Sin embargo, sobrepasado el susto, me alegré de verlo, ya que mi contacto con otras personas era nulo hacía ya tiempo. Pero no hubo espacio para saludos ni palabras de cortesía. Parecía muy extenuado y al mirarlo de cerca noté que estaba demacrado, casi consumido, y sus ojos lastimados miraban con confusión todo a su alrededor. Se acercó a mí y pareció desvanecerse. Lo así fuertemente para evitar que cayese al suelo y lo deposité en una silla mientras murmuraba incoherencias y manoteaba el aire desesperadamente. Su actitud comenzó a preocu-parme y pensé en llevarlo a un lugar más propicio para hacerlo descansar, pero comenzó a articular pala-bras entendibles.
- ... no imaginas, Juan, no imaginas lo que vi... - su voz era apenas un susurro - ...fue asombroso... ¡oh! No me alcanzan palabras... las estrellas, las galaxias, los mundos, las innumerables razas, y todos sus pensamientos... todo lo inabarcable, oh, todo lo vi...
En este momento hizo una pausa de casi un minuto, en el que pensé que había perdido el conocimien-to ya que tenía los ojos cerrados. Pero mientras comenzaba a preocuparme, respiró hondamente y retomó la palabra.
- ...el universo, los universos... no podrías entender... fue hermoso y a la vez horrible, asombro e im-potencia ante tanto... mis sentidos estaban totalmente rebalsados en sensaciones... - su voz se hacía cada vez menos audible - ...millones, infinitas criaturas diferentes entre sí, formas de la materia y formas del tiempo jamás concebidas... - hizo una pausa y tomó aire nuevamente - ...y, en medio de toda esta revela-ción magnífica vi la raza humana, su origen... me vi a mí mismo, nos vi... y finalmente vi su final - su voz se volvió entrecortada, angustiosa - ... entonces lo comprendí todo...
En este punto se escuchó un ruido afuera, probablemente el ladrido de un perro, y mi amigo se asusto de sobremanera. Me asió por los hombros, rogándome que le ayudase. No comprendí, seguro de que había perdido su salud mental por la vasta revelación de conocimiento. Asentí ante su pedido, lo que pareció complacerlo, y siguió hablándome:
- ...eres el último, Juan... ya todos lo han hecho... ...es la perdición, ay, es muy frágil nuestro espíritu... no te entregues, Juan, no te entregues a la raza; el abrazo es el final... la verdad es... la verdad es demasia-do terrible para nuestras mentes, demasiado inabarcable para nuestro corazón... demasiado frío el universo para nuestros débiles sentimientos...
Comenzó entonces a proferir una serie de incongruencias, y pensé que definitivamente había termina-do su cordura, pero nuevamente se sobrepuso a su desesperación.
En ese momento se escuchó un fuerte estruendo, esta vez en el interior del laboratorio. Mi amigo se sobresaltó horriblemente, y me contagio gran parte de su pánico. Me asió desesperadamente, rogándome que huyésemos del laboratorio, que ya no era un lugar seguro. Entonces escuché un inconfundible sonido de pasos en el pasillo que conducía al lugar donde nos encontrábamos, pero acompañado de un extraño sonido de viscosidad. Me asaltó el terror; una de las criaturas seguramente había seguido a mi amigo, y nos había encontrado. Escapé por otra puerta, y luego por una salida de emergencia. Pero mi compañero se quedó atrás. No me detuve hasta estar fuera del lugar, y entonces escuché sus gritos desde adentro, sú-plicas horrorosas grabaron en mi mente el más profundo terror. Y por sobre sus gritos se sobrepuso un desagradable sonido, inhumano, hasta que todo rumor cesó y me vi envuelto en silencio y oscuridad, en medio de la ciudad, alejándome del lugar, del laboratorio, mientras retumbaban todavía en mi memoria los chillidos y los ruegos de mi amigo antes de callar.

6

Hace cinco días que no duermo. Donde quiera que voy hay una de esas horribles criaturas ace-chando. No me han molestado, pero siempre están cerca, las siento, y cada vez que intento cerrar los ojos para conciliar el sueño tratan de acercarse. Me niego a entregarme. Tengo hambre. Pero más que nada, tengo miedo, el más profundo y demencial miedo. Pensé en quitarme la vida, ¡Oh Dios, cuánto lo pensé! Pero algo me lo impide. La tentación del suicidio no termina de concretarse en mi cabeza, por alguna ex-traña razón. Tengo la vaga esperanza de encontrar alguien que logre soltarse del abrazo, como lo hizo mi amigo. ¡Qué locura terrorífica, la del mundo sumido en este eterno silencio, en la más infinita soledad jamás imaginable! ¡Qué terror el mío, que desdicha, condenado a huir perpetuamente de aquellos mons-truos! ¿Acaso podré encontrar paz nuevamente?

7

Tengo la certeza de que estoy completamente solo en el mundo. Ya no existe humano sobre la faz de la Tierra que no esté sumido en el terrible abrazo, alimentándose de conocimientos que acabarán por con-sumirle la vida entera. Y si alguien logró soltarse de dicho abrazo, resulta evidente que fue perseguido, como mi amigo. Buscar otra persona es entonces totalmente en vano.
Pasaron diez días desde el extraño incidente en el laboratorio, y me siento mucho más tranquilo de lo que hubiese esperado. He podido dormir, y ya las criaturas no me incomodan ya, incluso a veces mientras duermo siento su presencia cerca mío, sin que me resulten terroríficas. He meditado mucho acerca de en-tregarme al abrazo. Sé que se acerca el momento de tomar la decisión. Y entre la muerte y el abrazo, no veo porqué habría de elegir la muerte.
Sé que no tienen apuro en atraparme, saben que su victoria ya está consumada. Es inútil resistirse. Lo supe desde el comienzo.

8

Finalmente una noche mientras dormía sentí la presencia, esta vez más cercana de lo normal, de una de las criaturas. Y sumido en sueños, me vi envuelto en sus hermosos tentáculos, tan suaves, que delica-damente se tornaron sobre mí, y me vi rodeado con el glorioso abrazo en la transferencia de conocimiento tan temida, que había llevado a la perdición a nuestra entera especie.
¡Oh, cómo explicar lo que sentí! ¡Cuán increíble fueron las visiones, y cuánto había para ver! Creo que el asombro y la infinita admiración me ayudaron a superar el terrible dolor que sentía en los ojos. Pero valió valía la pena tal tortura. Las visiones de tantos universos, de lo inabarcable por el pensamiento humano, fue lo que me mantenía quieto, estático ante tal vertiginosidad. La noción de infinidad se desple-gó ante mis ojos, ante mi pensamiento estupefacto. Mi mente tomaba dócilmente cualquier visión de todos los universos existentes, algunos tan incalculables como el nuestro, contenidos uno dentro de otro, y algu-nos tan pequeños como una gota de agua. Supe entonces que cada grano de arena y cada gota de agua eran universos inmensos en sí mismos, llenos de vida y de belleza. Supe entonces que no había límites existen-tes ni en tiempo ni en espacio, que la noción de tamaño que manejábamos era tan incomprensiva de la realidad que no podía dar cuenta en sus medidas de la pequeñez de nuestro universo ni de la inmensidad de un grano de arena. La manera de observar el tiempo también cambió en mí. Ya no concebí pasado y futuro, sino algo más irregular y discontinuo, con quiebres y realidades alternativas. En fin, todo se tornó relativo, y ya no supe que era grande y que pequeño, ni distinguí el antes del después. Mi mente navegó por los más recónditos lugares del universo, y mientras más especies extrañas descubría en este viaje más especies sabía que me quedaban por ver; y cuanto más universos se me revelaban, más sabía que era im-posible verlo todo.
Finalmente, en una de las extrañas visiones que se sucedieron, pude reconocer un planeta que me era familiar. Era la Tierra, claro, y en cuestión de segundos observé el nacimiento de la vida y su fugaz evolu-ción en la infinita eternidad. Y reconocí en ella la raza humana, que patética, que desdichada parecía vista desde lejos. Sentí piedad por esa pobre especie. Y luego pude observar su final, tras una corta vida de ín-fima relevancia en el absoluto universo. La raza humana realizaba un ambicioso contacto con otra extraña raza, que sin esfuerzo conquistaba su planeta y la hacía desaparecer para siempre en las tinieblas del sem-piterno universo.

 

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