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Una llamada, después el silencio
 
Juan Grandinetti

“La gracia, la atracción, el terror, todo se ha desvanecido con el espíritu que los animaba”

Robert Louis Stevenson

 

El cuerpo muerto yacía en el piso de su casa y sus facciones le resultaron sepulcralmente irreconocibles. Un cuerpo anónimo, recién muerto o más bien, recién asesinado, apareció aquella mañana en su casa. Un metro a su derecha, un arma, reposaba tan inerte como el desconocido y denunciaba un crimen atroz, del que Sixto Lése nada coherente podía decir, del que se declaraba inocente o en su sentimiento más mórbido, víctima.

Alguien debía haber entrado a su casa durante la madrugada, para deshacerse del cadáver, evidente cuerpo del delito. Un sentimiento de pesadez invadió a Sixto, apenas vislumbró al muerto, algo le decía que las cosas serían muy difíciles a partir de ahora. Una última llamada, de expresiones infames. Frustraciones, soledad y desamparo de toda una vida. Revisó el cuerpo, con desgano, buscando algún indicio.

 Estaba desfigurado pero algo lo hacía familiar. Una violencia ajena; tristeza insondable, de profundidades incomprensibles. Un cúmulo de duelos y melancolía. Llegó a pensar que era su padre, que había asesinado a su padre y pronto recordó que ya había muerto cinco años atrás. Y este olvido, casi onírico, lo hizo reflexionar sobre varios puntos, como por qué se había despertado tan tarde o en su defecto qué había hecho durante la mañana y cómo no escuchó absolutamente nada durante ese lapso. Un grito y un disparo. Después silencio, el silencio, que todo lo desvanece. Se sintió cansado, la cabeza le explotaba, no había respuestas. Muerte y más muerte.

Después de fantasear hipótesis novelescas, de llorar, de mirar los monstruosos rasgos de aquel ser, se aventuró a pensar que el muerto era él, que vivir era un infortunio constante y que esta prueba tan desagradable que la vida le imponía debía ser la última. Decisiones que han sido tomadas con un absurdo recelo. Pérdida tras perdida. Pero más allá de las fantasías, había un cuerpo, muerto y un olvido fatal que lo sepultaba en la más absurda culpabilidad, sin más explicaciones que algunas hipótesis refutables tan solo con lo evidente: en su casa yacía un cuerpo muerto, de un desconocido y a su derecha un arma.

Si lo había matado él, todo era aún más absurdo. Una confusión puede desatarlo todo, las coincidencias son tan infames que la realidad se rinde. A pesar de todo, la resolución había sido tomada, mucho antes.  Por qué, primero, quién era, después, cómo había llegado a su casa ese hombre y para qué. Aventuró un recuerdo nebuloso: se vio borracho, recorriendo la ciudad, siendo atacado al entrar a su casa por un ladrón armado, sacándole el arma y matándolo. Luego imaginó un sueño etílico y profundo cuyo único cauce era el olvido. Todo eso era mentira y él lo sabía. Pero sabía también que los recuerdos suelen ser ficciones y que en todo caso existen si son válidos o útiles, y este recuerdo, por más falso que fuera, podría llegar a constituir una buena excusa ante la justicia. Mucho antes que el mensaje anónimo, que la coincidencia, que el silencio, que el disparo.

Por momentos, recuerdos casi cinematográficos lo invadían, todo era demasiado confuso y fragmentado. Las palabras, el llanto, sin más explicaciones que una comunicación interrumpida. Pensó en Vera y de inmediato una imagen ambigua, algo así como un teléfono que suena, del otro lado una voz, opaca y turbia. Ella, justo ella. Ya nada tenía sentido. Nada, ni aquel mensaje. Un grito y un disparo. Aquello era tan extraño, pensó en Vera, pero algo raro pasaba, algo similar a cuando se sueña con la muerte de un ser querido. Aquel amor parecía forzosamente entregado a manos del pasado. Se murió. Sonó el teléfono y era temprano. Se murió.  Todo, en realidad, sonaba como un recuerdo de una vida ajena, de una vida pasada.

En ningún momento pensó en llamarla para contarle el horror que estaba viviendo. La sentía perdida, sin saber todavía porqué. “¡Vera se nos murió!” dijo la voz del teléfono. Cuántas Vera  podían existir, cien o doscientas, y justo a ese número. Justo en ese instante de despropósito. Intentó recordar y nuevamente imaginó un recuerdo ficticio: quizás la noche anterior se había peleado con ella, quizás aquel hombre que reposaba a su lado era su amante y él habiendo descubierto tal relación y en un estado de locura lindante con el delirio, lo mató. Pero no, no era así. Coincidencias que ayudan, después silencio, el silencio, que todo lo desvanece. Aunque algo había pasado, y una intuición casi mística le indicaba que Vera estaba inmersa en toda esta atrocidad. No era su Vera, era otra, debió decir: “equivocado, señora”.

Decidió salir de su casa, evidentemente nadie había escuchado nada por lo que podía tomarse un tiempo para pensar en qué hacer, para tomar algo de aire. La cabeza le dolía mucho y el dolor era punzante y metafísico.

El aire de la calle era extremadamente frío y produjo en Sixto una extraña sensación, sintió que este podía ser su último paseo, que el aire que hoy respiraba podía ser el último. Por eso caminó, recorrió calles enteras, miró caras y rostros desconocidos, buscó posibles parecidos con su rostro y con el del que a esas horas descansaba en su casa. Fue tan sólo un dedo el de la equivocación en el marcado, un número de diferencia. Se sintió feliz de no ser percibido por nadie, de ser tan anónimo y fantaseó con su posible fama, y hasta llegó a ver su nombre en algunos titulares policiales.

Sintiéndose ajeno a este mundo y sabiendo, sin embargo, que la realidad más cruda lo esperaba en su casa, emprendió el camino de vuelta. Una coincidencia equivocada, providencialmente azarosa, que llega a las manos apropiadas y a un dedo que gatilla. Después silencio. Caminó hasta la puerta de su casa, allí: un móvil policial y decenas de personas estaban esperándolo. Se acercó, pensó en hacerse el que no sabía nada. Cruzó el limite policial y el oficial que lo cuidaba pareció no advertirlo. Entró a la casa, adentro estaba el cuerpo tal cual lo había dejado, a su lado Vera. De pronto los recuerdos antes fragmentados se reensamblaron, recordó la llamada, aquel mensaje anónimo, la triste noticia, el disparo y reconoció con un pavor indescriptible el rostro del muerto, volvió a mirar el rostro de Vera. Y comprendió todo, su vista se nubló, su imagen se pulverizó, en un Nunca Más, en un silencio, al reconocerse, al escuchar la frase de su Vera:

-         ¿Por qué, Sixto, por qué... sola,... por qué te mataste?...¡por qué te mataste!

 

©Juan Grandinetti

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