|
Corrían malos tiempos para Dinamarca. Habían pasado veinte
años desde la heroica muerte del rey Hrolf, el que mayor grandeza
y paz otorgara al país. El poder se había desmembrado en
manos de Señores ambiciosos, regidos por caudillos sin el suficiente
carácter como para imponerse a la anarquía. Vikingos y asaltadores
atacaban costas, fiordos, bosques, llanuras y montañas. Se practicaba
la brujería bajo la Luna llena, volvieron los sacrificios humanos
a Odín y otros dioses y los trolls y los demonios salían
de sus cubiles para danzar y reír ante las mismísimas aldeas.
Éste era el mundo en el que vivía Galaf, granjero de nacimiento
y vocación.
Era un hombre alto, de complexión musculosa y agraciada. Vivía
con su mujer y sus tres hijos en una granja de la isla de Selandia. Trabajaba
esforzadamente las duras tierras para alimentar a los suyos. Quería
a su familia por encima de todas las cosas de este mundo y no le importaba
sacrificarse por ellos. En el invierno guardaba el fruto de sus cosechas,
en primavera marchaba hasta Roskilde para pagar el tributo al rey y vender
los excedentes en las ferias. Sus vecinos le amaban porque, a pesar de
su enorme fuerza, era un hombre humilde, firme, amable y generoso -dentro
de sus posibilidades- con el necesitado. Sus días estaban llenos
de una apacible felicidad y nada quería saber acerca de los males
del mundo exterior
Aquella noche transcurría como tantas otras. El pequeño
Vog, de cuatro años, jugaba con los muñecos que Galaf le
había tallado en madera. Bera, la esposa, charlaba con su hija
Yrsa, quien sobrepasaba las dieciséis primaveras y ya era bonita
y esbelta como un gamo del bosque. Ambas gustaban de cuchichear acerca
de los pretendientes que asediaban a la jovencita. Galaf, tras la suculenta
cena, narraba un cuento a su hijo Bjorn. El muchachito, de ocho años,
escuchaba con ojos muy abiertos la historia acerca de dioses y gigantes
de hielo. Estaba sentado sobre los muslos de su padre, éste contoneándose
lánguidamente en la vieja mecedora.
Sonaron fuertes golpes contra la puerta. También oyeron broncas
y hostiles voces masculinas, algunas en idioma extranjero. Las inteligibles
tenían un marcado acento autoritario:
-¡Abrid, ratas de campo, o echaremos la puerta abajo!
Se oyeron risotadas y -lo que envaró el cuerpo de Galaf-el tintineo
de aceros.
-¡Escondeos! -ordenó el granjero a su familia.
Saltó de la mecedora, tirando al suelo al sorprendido Bjorn. Corrió
hacia un cuarto cercano, el miedo galopando en su pecho, y llegó
armado con una recia espada, regalo de Svar, el herrero de la región.
El arma estaba desafilada y polvorienta. Pero Galaf parecía muy
dispuesto a usarla para defender a los suyos.
Bera tomó de una mano a Bjorn y con la otra a Vog, quien echó
a llorar estridentemente. El pequeño se aferró con todas
sus fuerzas a la pata de una mesa cercana.
-¿Qué ocurre, padre? -preguntó Yrsa con ojos como
platos.
-¡Llévate a tu madre y tus hermanos al granero, meteros en
el viejo cuarto bajo el suelo, disimulad la entrada con paja y no salgáis
de allí pase lo que pase! -fue la respuesta.
Galaf había oído noticias acerca de saqueos y bandidaje,
pero siempre procedentes del lejano Norte. Ahora, el peligro parecía
muy cercano.
-¡En seguida abro! -gritó-¡Un solo momento, por favor!
Se escucharon gruñidos airados. Galaf creyó percibir palabras
en idioma noruego.
-¡Tira abajo la puerta, Rolf! -ordenó una voz fría
y autoritaria, en danés.
Estalló un crujido atronador. La puerta se separó levemente
del quicio.
Galaf tomó la espada a dos manos. Miró con pánico
a su familia. Entre madre e hija trataban de arrancar a Vog de la mesa.
El niñito lloraba y chillaba y se aferraba al mueble con sorprendente
obstinación.
Un nuevo trallazo. La puerta cedió y se abrió violentamente.
La cerradura saltó en pedazos. El forzador era un hombre enorme,
vestido con pieles, maloliente, de rostro sucio y moreno. Portaba un gran
hacha de doble un solo filo. Sus ojos azules se clavaron en Galaf y después
en la familia del granjero. Tras él había muchos otros hombres
de armas, desgreñados, barbudos, con las caras morenas y cubiertas
de roña, hediendo a sudor rancio, a vino y cerveza. Portaban espadas,
mazos y hachas. Se protegían con cascos cónicos y largas
camisas de mallas negruzcas.
-¡Eh! ¡Hay dos hembras aquí dentro! -aulló el
del hacha, sonriendo por entre los crespos bigotes.
Galaf no era tonto. Sabía que destino le esperaba a su mujer e
hija si caían en manos de aquellos hombres.
-¡Salid por la puerta trasera! -rugió a los suyos-¡Corred,
lo más rápido que podáis! ¡Vamos!
Bera logró arrancar a Vog de la mesa. Las mujeres y los niños
salvaron los pocos metros que los separaban de la puerta salvadora.
Ésta se abrió de pronto. Tres robustos vikingos entraron
en la estancia.
Bera e Yrsa quedaron inmóviles, heladas, mientras las recorrían
de arriba abajo con una mirada iracunda. Galaf sintió auténtico
terror. No había escape, los enemigos les tenían atrapados
en aquel salón.
Un vikingo sucio y desgreñado agarró a Yrsa por el talle
y comenzó a besarla. La jovencita trató de escapar, pero
sus esfuerzos resultaban inútiles, atrapada como estaba entre los
musculosos brazos.
Galaf se dirigió, la espada alzada, hacia el agresor. Otro vikingo
se interpuso en su camino y le aulló un torrente de palabras noruegas
que percutieron como truenos en la estancia. Iba armado con una maza esférica
y claveteada de mango corto. Galaf golpeó, el enemigo paró
el acero con su arma. Del choque saltó un estallido metálico,
vibrante y ensordecedor. El vikingo atacó y Galaf esquivó
la maza, que pasó a centímetros de su oreja izquierda. Merced
a una severa estocada -que le sorprendió incluso a él, pues
nunca antes había manejado los aceros-la espada atravesó
el costado del vikingo. El pirata trató de golpear, pero ya se
tambaleaba, sangrante y debilitado, mugiendo como un toro.
Galaf se enfrentó a otro. Éste portaba un hacha. Las dos
armas chocaron produciendo un nuevo y brutal estallido metálico.
La espaciosa sala se llenó de vikingos. Uno de ellos, al parecer
noruego, agarró a Bera del cabello y la tiró sobre una mesa,
arrancándole acto seguido el vestido. Se echó encima suyo
y comenzó a chuparle los senos desnudos. La mujer lloraba y se
debatía furiosamente. Su hija, en el suelo, estaba siendo violada.
Ella gritaba y sus agresores reían y gruñían como
cerdos en una porqueriza.
En la entrada del salón un hombre permanecía quieto, observando
la escena. Vestía cota de malla dorada y ropas algo menos bárbaras
que las de sus compañeros. Sus ojos, barba y melena eran de color
gris. Lucía rasgos enérgicos y severos. No parecía
mayor que los otros vikingos, pero sin duda se trataba del líder.
Un agresor, el que entrara en la sala portando el hacha de un solo filo,
agarró a Bjorn por la cintura. El chico trató de desasirse,
un trabajo infructuoso.
-¿Qué hacemos con éste, Lars? -preguntó al
de cabello gris, en mal danés.
-Llévalo al barco, Rolf. Encadénalo.
Miró a Galaf, quien se debatía como un loco, lanzando mandobles
y estocadas, patadas, codazos y hasta mordiscos. Intentaba llegar a su
familia arrasada, pero los vikingos se lo impedían. El campesino
ya había matado a dos, ahora acababa de abrirle la cabeza a otro
de un banquetazo.
-Pelea bien este granjero
-musitó el pirata de ojos grises.
El pequeño Vog lloraba y gritaba desde el suelo. Un vikingo que
ya portaba un fardo con grano, producto del saqueo en la despensa, miró
al muchachito, frunció el ceño, desenvainó su espada
y lo mató.
Bera, con un salvaje encima forzándole, vio a su hijo morir. Se
revolvió como una fiera. Su mano derecha encontró un tenedor,
de los muchos cubiertos esparcidos sobre la mesa, y lo clavó en
la mejilla de su agresor. Éste rugió, ella le arañó
la cara, arrancándole tiras de carne. Él cerró su
puño y de un golpe destructor en el cráneo acabó
con su vida.
Galaf abrió mucho sus ojos. Quedó helado tras observar las
muertes de sus dos familiares. Un vikingo aprovechó la ocasión
y le desencajó la mandíbula de una tremenda puñada.
Mareado, cayó al suelo. Sentía un dolor casi insoportable
en la quijada. De un fuerte manotazo la encajó otra vez y el dolor
remitió. Escupió sangre e intentó levantarse. Alguien
le pateó el costado y se desplomó otra vez.
El líder pirata lo miraba fijamente, impasible, con sus ojos de
hielo gris. Se volvió hacia uno de sus hombres.
-¡Ulrich! ¡Trae al chico y mátalo delante de él!
-señaló a Galaf.
Luego, un torrente de palabras noruegas al que violaba a la sangrante
Yrsa.
El forzador iba a protestar, pero la titánica mirada de su jefe
lo enmudeció. Cogió a la chica por un brazo y la llevó,
medio desvanecida, al centro de la estancia. Yrsa lloraba y temblaba sin
control, convulsionada por un repentino ataque de histeria, con los ojos
desorbitados y enloquecidos y el ovalado rostro brillante a causa de las
lágrimas. El llamado Ulrich trajo a Bjorn junto a la muchacha.
Todos los piratas miraban en silencio a Galaf. Sus hijos también
le dirigían a él, su padre, una mirada desesperada pero
suplicante.
Galaf trató ponerse de rodillas.
-¡Al suelo, perro!
Un pirata le pateó la oreja y cayó de nuevo, con el lado
golpeado entumecido y el cerebro zumbando de manera espantosa.
-No
los
mates
-logró gemir.
Dos vikingos colocaron en los cuellos de Yrsa y Bjorn sendos cuchillos.
-Por favor
-musitó Galaf, en tono patético, desesperado,
desde el suelo.
Miraba suplicante al líder pirata. Galaf conoció el horror
al no descubrir en aquellos ojos grises una mísera pizca de piedad.
El líder vikingo hizo una seña a sus subordinados y éstos
rebanaron los cuellos de Yrsa y Bjorn, quienes jadearon, sorprendidos,
abriendo muchos los ojos. De pronto, cayeron al suelo, chorreando abundante
y cálida sangre.
-¡No! -sollozó Galaf, incrédulos.
Alguien le pateó de nuevo.
El líder miró a sus vikingos.
-¡Coged todo lo que podáis y después quemad la casa
y el granero!-rugió.
Los piratas se apresuraron a obedecerle. Observó a Galaf, quien
permanecía sin fuerzas en el suelo, temblando, entre sollozos,
sin lograr despegar su mirada de los cadáveres-. No lo matéis.
Llevadlo al barco. Será nuestro esclavo.
Exhausto, suplicante, Galaf se volvió hacia el jefe de aquellos
hombres.
-Mátame
-logró decir Galaf-. Por favor.
El líder no contestó.
Tomaron a Galaf de las axilas y lo llevaron fuera.
Tres horas después se encontraban todos en la costa. La Luna iluminaba
las rocas y la gruesa arena. Las olas se deshacían en brillante
espuma cuando chocaban contra los acantilados. A veinte brazas de la orilla
un drakkar de saqueo dotado de cabeza monstruosa en la punta de proa reposaba
tranquilamente sobre el mar. Los vikingos se adentraban andando y chapoteando
en el agua y le pasaban a sus compañeros de la nave los productos
del saqueo.
Tiraron al suelo a Galaf. A base de palizas lo habían debilitado
y no podía ni levantarse sobre las rodillas. Encogido como un recién
nacido, mareado a causa de los puñetazos y las patadas sobre el
cráneo, era presa de una fuerte sensación de irrealidad
y se preguntaba, aún conociendo las respuestas, si todo aquello
era una pesadilla y cuándo despertaría ella.
Oyó al líder repartir órdenes a sus subordinados.
-Mátame, por favor -pidió Galaf de nuevo, ya sin alzar la
cabeza de la arena.
El líder lo oyó. Tenía el semblante severo y tranquilo.
-No. Serás nuestro esclavo. Limpiarás la cubierta, cocinarás
para nosotros y nos servirás de mujer en alta mar. Quizá,
con el tiempo, llegues a combatir a nuestro lado. Entonces, olvidarás
tu vida pasada y me lo agradecerás.
Galaf levantó la cabeza, medio cubierta de arena húmeda.
En el rostro tumefacto y ensangrentado, los ojos brillaban con un extraño
fulgor.
El líder pirata vio algo en ellos que lo hizo retroceder instintivamente.
En seguido recobró la compostura habitual. Gritó a sus hombres
en danés. Parecía muy irritado:
-¡Encadenad a este perro desagradecido a la roca más pesada
que encontréis y dejadlo junto a los rompientes para que se ahogue
cuando suba la marea! ¡Vamos!
Tomaron a Galaf por las axilas y se lo llevaron. El campesino, sin fuerzas,
arrastraba sus pies sobre la arena. Mientras así lo transportaban
tenía los ojos clavados en el líder pirata. Éste,
al final, perdió en la lucha de miradas y se volvió hacia
sus hombres, gritándoles órdenes, muy enojado.
Le colocaron un sólido aro metálico al cuello. Unieron las
dos puntas del torque a fuerza de diestros golpes de maza. Tan ajustado
quedó que el metal rozaba constantemente la nuez. Después,
clavaron las pesadas cadenas a una maciza roca del tamaño de medio
hombre, sita en una zona áspera y brusca de la orilla. Usaron gruesos
clavos de enorme cabeza que pasaban por el interior de varios eslabones.
Estos se hundían en la piedra marina tras varios y poderosos mazazos.
Dejaron al campesino en el encharcado suelo de arena y se marcharon.
Frente a Galaf, a seis pasos de distancia, había un muro natural
compuesto por altas y oscuras rocas. Contra ellas chocaban las olas. La
espuma y el agua que lograban pasar sobre el obstáculo se depositaba
en aquella pequeña piscina donde él reposaba arrodillado,
doblado, con la frente casi tocando el agua.
La superficie líquida ascendía poco a poco. Varios cangrejos
se acercaron en la negrura y comenzaron a picotearle brazos y piernas.
Él sentía las hirientes punzadas hirientes, pero no se movió.
Su piel le parecía a mil millas de distancia. Quería continuar
llorando, pero a sus rojizos ojos ya no le quedaban lágrimas.
Recordó a su familia, ahora muerta. Nunca volvería a sentir
bajo él el cuerpo desnudo y caliente de su esposa Bera; nunca más
disfrutaría de su sonrisa, de sus comentarios, de su expresión
alegre o mohína. Tampoco tendría oportunidad de contemplar
a su hija vestida con brillantes telas y coronada con una guirnalda de
flores, como había aparecido otras veces en los festivales del
verano, cortejada por numerosos muchachos. No le contaría ningún
otro cuento a su hijo Vog, no le vería cerrar los ojitos y quedarse
dormido sobre su regazo. Tampoco asistiría al crecimiento de Bjorn;
no saldrían a cazar juntos jamás, no disfrutaría
su paso de niño a adolescente, y de ahí a hombre.
En menos de cuatro horas, Galaf había perdido toda una vida. Donde
antes hubiera alma y esperanzas ahora se abría una profunda herida
que chorreaba un dolor espeso como el aceite. Aquel vacío le horadaba
las entrañas, le cegaba el pensamiento. Y no podía escapar
de él. Jamás había imaginado que pudiera existir
un sufrimiento tan atroz.
Se le apareció de nuevo, con implacable nitidez, la cruda escena
en el salón de su ahora calcinado hogar. Vio con los ojos de la
mente la brutal violación de su mujer y su hija, sus muertes y
la de sus dos vástagos.
Galaf sintió de pronto miedo. Algo en su interior se revolvió
furiosamente, una bestia salvaje que subía desde los recovecos
de su alma. Sufrió un seco y extraño chasquido en su mente,
como si la hubieran quebrado dos manos poderosas e invisibles.
Sus manos se cerraron, estrujando el escurridizo agua. Imaginó
que aquel líquido era la sangre de los asesinos de su familia y
la bebió con ansia, tal que una alimaña, masticándola
ruidosamente, saboreando su frío y su sal.
Se quitó de encima los cangrejos. Una bocanada de aire surgió
desde el fondo de sus pulmones y explotó en forma de alarido pavoroso.
Venganza
Venganza
¡Venganza! Tenía que lavar
la sangre con sangre, la muerte con muerte, el dolor con dolor. La fuerza
de este anhelo resultaba tan poderosa que le producía incluso un
dolor físico, como si estuvieran presionando sus sienes entre los
topes de un torno de herrero. El fuego corría por sus arterias,
llenando sus músculos de fuerza y pasión y su cerebro de
negra locura. Las oscuras llamas crecían, se expandían y
aullaban. Se alzaban en columnas ígneas que él veía
danzar ante sus brillantes y demenciales ojos. Extraían fuerza
de la debilidad y energía de la desesperación
Una figura gigantesca y oscura apareció tras los rompientes. El
ser tenía cuerpo humano y musculoso y medía al menos seis
pies en altura. Su cabeza era la de un viscoso pez, cuyas facciones poseían
un fantástico remanente humano. Vestía un jubón de
algas entrelazadas y una armadura de un desconocido y resistente coral
oscuro. Le acompañaban dos krakens grandes como toros. Aquellas
criaturas habían venido del mar lejano y Galaf no las había
sentido llegar. Las furiosas olas golpeaban inútilmente sus cuerpos
.
Galaf miró al poderoso ser y sus mascotas sin sorpresa ni miedo.
Lo reconoció instantáneamente como Ran, Dios del Mar.
-Serás un buen guerrero, humano -dijo el dios, con voz húmeda
y profunda-. Sírveme y te colmaré de regalos. Domarás
krakens y ballenas. Descenderás a palacios de imposible lujo sitos
en fosas submarinas sin fondo. Cabalgarás las olas más titánicas.
Conocerás el sabor de la victoria cuando extermines a mis enemigos.
Degustarás la gloria que supone volar bajo el mar, como hacen los
pájaros en el aire. Te embriagarás con los cantos y la belleza
de las más exquisitas sirenas.
Galaf lo miró con ojos penetrantes.
-Vete, Dios del Mar. No utilizarás mi furia en tu provecho.
Los krakens treparon sobre los rompientes tras escuchar el desaire hecho
a su amo y alzaron amenazadores sus gruesos tentáculos.
Ran los contuvo con sus poderosas manos.
-Pierdes mucho y no ganas nada, humano.
Acto seguido, dio la vuelta y echó a caminar mar adentro, de vuelta
a sus profundidades.
Los truenos reventaron la paz sónica, los relámpagos iluminaron
el cielo. Llovía. El nivel del agua crecía con rapidez.
Ya le llegaba a Galaf, ahora en pie, por las rodillas.
Llegaron, provenientes de tierra adentro, un anciano y un muchacho.
El mayor era un guerrero vestido con una fascinante armadura, forjada
fuera de este mundo. Corpulento y majestuoso, tenía un semblante
grave y la mirada de su único ojo resultaba terrible, inextricable.
Dos cuervos reposaban sobre sus anchos hombros, y su mirar contenía
una inteligencia más allá de la mente humana. El joven,
ancho y musculoso, poseía igualmente largas barbas, aunque muy
rojas, y ojos de un azul impregnado por el éxtasis de las batallas.
Vestía cota de mallas plateada sin mangas, calzones largos de cuero
negro y botas de piel de oso. En su cabeza, un casco tocado de afiladísimos
cuernos de toro. Llevaba en la diestra un enorme gigantesco martillo,
plano por un lado y afilado por el otro. Cuando se acercaron lo suficiente,
Galaf vio que los rasgos de ambos se parecían mucho, como si estuvieran
unidos por la sangre.
-Únete a mí, guerrero -dijo el más mayor-. Pelea
con mis huestes y conocerás la Gloria y el Poder.
-Vete, Dios de Dioses -contestó Galaf-. No utilizarás mi
furia en tu beneficio.
El joven guerrero alzó su martillo, encolerizado. En el cielo hubo
relámpagos y estallaron los truenos.
-¡Voy a destrozar a este insolente! -rugió-¿Cómo
se atreve a
?
-No -el anciano detuvo al joven alzando una mano-. Déjale, hijo
mío. Comprendo que las Nornas le tienen reservado otro destino.
Adiós, hombre.
Galaf los contempló marcharse en silencio. También desaparecieron
la lluvia y los truenos.
Súbitamente, experimentó un escalofrío que heló
todo su cuerpo. Era un dolor sucio e intenso y que, sin embargo, proporcionaba
gran placer.
Se volvió y vio a una mujer de piel blanquísima y ojos y
cabellos negros como la noche. La melena, algo ensortijada, le caía
sobre los hombros y la espalda. Vestía un traje también
negro y brillante, digno de una reina, que se ajustaba a su perfecto cuerpo.
La pálida y serena belleza de su rostro resultaba enloquecedora.
A su lado había un lobo gris, del tamaño de un caballo,
tan dócil con su ama como hostil hacia el hombre.
La dama se acercó a Galaf sin preocuparse del agua que mojaba su
espléndido traje. Él comprendió que el dulce dolor
provenía de ella. La mujer le estaba succionando la vida con su
mirada. Aquel robo producía en Galaf debilidad, asco y placer.
-Ven a mi reino -pidió la dama, con una voz suave y arrebatadora-.
No temas. Te daré el descanso y la serenidad que necesitas.
Galaf estuvo a punto de aceptar la propuesta, pero se le apareció
el rostro del líder vikingo de ojos grises que ordenara la violación
de su esposa e hija y la muerte de todos los de su sangre. Comprendió
que el Destino le había marcado ya y no le estaban destinados los
regalos ofrecidos por la dama.
-Márchate, Hela, Señora de Lo Muerto -dijo-. No es a ti
a quien debo seguir, ni tampoco deseo la paz que me otorgas.
El lobo gris rugió y mostró los colmillos.
-No le ataques, Fenrir -ordenó su ama. Miró a Galaf con
ojos enigmáticos y tristes -. Es una lástima. Hubieras sido
tan feliz conmigo
La dama se marchó en dirección a la playa. Andaba sinuosa
y mágicamente, acompañada siempre de su fiel bestia.
Galaf, ahora solo, miró hacia el cielo nocturno. Soltó una
carcajada llena de rabia y vacía de alegría. Sus ojos se
desorbitaron. Los hematomas del rostro brillaban rojamente. Comenzó
a temblar. Trató de arrancar el aro metálico de su cuello.
Tiró hasta que surgió sangre de sus dedos y garganta. Entonces,
soltó la argolla. El agua le llegaba ya por la cintura. Se hundió
en ella y tanteó sobre el ciego fondo, hasta hallar una piedra
del tamaño de su propio puño. Emergió, tomó
la pesada cadena y la colocó sobre la misma roca a la que le habían
unido. Golpeó una y otra vez la piedra de su mano contra la cadena,
incansablemente, gruñendo incoherencias, soltando espuma por la
boca. En un desafortunado lance se rompió un dedo, atrapado entre
el improvisado martillo y el eslabón, pero siguió obsesivamente,
notando el dolor muy lejano, hasta que partió en pedazos su tosca
maza. Encontró otra piedra maciza, del tamaño de un cerdo
cebado. Empezó a levantarla. Sus músculos se tensaron e
hincharon. Brotó un chorro de sangre por la nariz. Las negras gotas
volaban al compás de sus jadeos y resoplidos, se le metían
entre los dientes, llenándole la boca con un sabor metálico
y caliente. Las arrugas de su frente se retorcían, como un nido
de gusanos. Los azules ojos parecían a punto de salírsele
del rostro.
Temblando de forma alarmante bajo la gran roca, siguió alzándola,
hasta que quedó sobre su propia cabeza, exhaló un ronco
grito y la arrojó con todas sus fuerzas sobre la cadena. Ésta
se partió con un vibrante chasquido. Galaf soltó una risotada
triunfal.
Llegó hasta la playa y echó a correr, farfullando incoherencias.
Imploraba al Destino, le pedía seres odiados sobre los que descargar
su ira. Mas estaba solo.
Al fin, sin fuerzas, cayo al suelo y perdió el conocimiento.
Medio año después, se producía una importante reunión
en Odense, la popular ciudad de la isla de Fyn. Numerosos comerciantes,
navieros, tratantes, vendedores y terratenientes, llegados de muy diferentes
puntos (Dinamarca, Gotaland, incluso Noruega), olvidaban sus propias rencillas
para unirse contra un enemigo común. Durante el último año
habían sido extorsionados y asaltados por bandas de saqueadores
terrestres y piratas vikingos. En aquellos tiempos difíciles los
reyes de las diferentes naciones no tenían el poder suficiente
como para mantener a raya tal delincuencia.
Así pues, los hombres de negocios habían decidido actuar
al margen de la ley, empleando gran parte de su capital en formar un ejército
de hombres rudos y eficaces, en su mayoría proscritos y mercenarios.
La ciudad de Odense estaba llena de tipos de mala catadura, guerreros
sin patria ni señor, que peleaban tan sólo por el oro. Organizaban
trifulcas en las calles y tabernas y perpetraban pequeños robos.
El sheriff local no podía controlarlos y las fuerzas del rey de
Fyn tampoco eran lo suficientemente fuertes como para domarles. Todos
esperaban con impaciencia la marcha de estos indeseados forasteros.
En la fortaleza propiedad de un rico mercader, al que todos llamaban Ivar
El Generoso, transcurría aquella noche una animada fiesta. El anfitrión
había invitado a muchos otros señores navieros, y cada uno,
como él mismo, venía acompañado de sus huestes. En
el gran salón de banquetes ricos y pobres, gentiles y rufianes,
pacíficos y pendencieros, bebían y comían alegremente.
El objetivo de Ivar y sus aliados era acabar con Lars El Gris, un vikingo
poderoso que durante el último año había asolado
Jutlandia y el archipiélago entre Dinamarca y Escania.
Los poderosos debatían con sus lugartenientes en la mesa principal.
El resto yantaba y mojaba el gaznate, observaban los bailes de los comediantes
y bufones, se escapaban con las esclavas a lugares oscuros o aplaudían
o lanzaban huesos de carnero a los escaldos.
En un rincón, apartado del resto, comiendo en silencio, se encontraba
Galaf. Era otro hombre: la barba y el cabello le caían sucia y
caóticamente sobre la espalda y el pecho. Vestía ropas bárbaras,
propias de un mercenario sin dueño. De su cadera pendía
una larga espada recta, enfundada en su vaina de cuero grueso. Su semblante
aparecía hosco y pálido, sus ojos miraban el mundo colmados
de ira y repugnancia. No hablaba con nadie y nadie hablaba con él.
Sólo le importaba la empresa que allí se fraguaba: atrapar
a Lars El Gris, el asesino de su familia.
En el otro extremo de la sala había un grupo de cinco berserkrs
mercenarios. Parecían todos hermanos y compartían, además
de las feas y duras facciones, maneras bruscas e intimidantes. Bebían
y comían el doble que los demás congregados. Gustaban de
insultar y provocar a guerreros y pacíficos.
-Tú eres un perro y un cobarde -le decía uno de los berserkrs
a cualquiera que no fuese de los suyos.
Los ofendidos temían mucho a tales bestias y miraban hacia otro
lado. Sonreían como si les hubiesen gastado una broma, pero en
sus ojos brillaba la amargura y el rostro se les enrojecía a causa
de la humillación.
Los berserkrs no provocaban a los señores que los contrataban,
pues a pesar de su bestialidad no eran del todo estúpidos. Hasta
el momento, sólo un guerrero, un joven inexperto y orgulloso, había
replicado a la ofensa. El ofensor lo agarró del cuello y golpeó
su cabeza contra la mesa hasta romperle el cráneo. Después
rió, y sus hermanos también. Nadie se atrevió a replicarles.
Al llegar junto a Galaf, un berserkr llamado Skall le increpó:
-¡Cerdo! ¡Cuando quiera te mataré porque no eres más
que un débil ratón!
Skarrion lo miró con asco y odio, mas no dijo nada. Siguió
cortando y masticando la carne pegada a un largo hueso de venado.
-¿Cómo te atreves a mirarme así? -bramó Skall.
Comenzó a desenvainar su espada.
Algo se rompió en la mente de Galaf. Se levantó agilmente
y antes de que pudiera Skall desnudar completamente su acero le atravesó
la garganta con el cuchillo de mesa.
El berserkr se llevó las manos a la herida mortal, de la que ya
manaba sangre a borbotones. Galaf lo apartó de un empujón,
desenvainó la espada con un grito espeluznante y echó a
correr hacia el siguiente berserkr.
Éste se llamaba Grimmur. Aún no se había enterado
de la muerte de su hermano. Ni siquiera pudo volverse, la espada de Galaf
lo ensartó, entrando por la espalda baja y saliendo a la altura
del esternón.
Galaf siguió corriendo y empujando a Grimmur. Gruñía
y jadeaba como una bestia, su rostro estaba contraído en una mueca
demoníaca. Frenó bruscamente y el gigante cayó sobre
una mesa estrepitosamente. La espada salió de la vaina humana chorreando
sangre.
Galaf saltó en pos del berserkr más próximo. Se trataba
de Hralf, un gigante juto que ya venía hacia él. Enarbolaba
una espada corta y una maza. Comenzaba a entrar en estado salvaje. Tiró
a varios hombres al suelo antes de que el resto se apartara de su camino.
Galaf se sintió de pronto rabia, alegría y una gran seguridad
en sí mismo. Tenía talento natural para el combate y lo
iba a aprovechar. Se dejó caer sobre sus rodillas. En el suelo
encharcado y sucio resbaló a causa de la inercia. La maza de Hralf
rozó su cabello. Hincó la espada en la rodilla del gigante,
partiéndola. Sacó el arma de un brusco tirón y, antes
de que Hralf perdiera el equilibrio se levantó, hundiendo el acero
en la entrepierna rival. La espada entró hasta la mitad, atravesando
la vejiga, las tripas y un pulmón. Hralf gimió con voz cavernosa
y se desplomó. Pero Galaf ya se había apartado, esquivando
el corpachón moribundo. Abandonó su espada en la vaina de
carne y huesos y tomó la de Hralf. Reía.
-¡Alto! ¡Parad la lucha! -gritaba Ivar-¡Pelead contra
los enemigos, no entre vosotros!
Se volvió hacia los silenciosos guerreros.
-¡Detenedlos!
Pero nadie osaría interponerse en una batalla entre berserkrs.
En el centro de la sala, Ugir y Starulf, los dos últimos del salvaje
quinteto, echaban espuma por la boca, mugían como toros y desenvainaban
sus espadas.
Galaf los esperaba. Mordió su labio inferior hasta hacerlo sangrar.
El líquido escarlata manchó su barbilla y cuello, lo tragó
y se pasó la lengua por la herida, complacido.
Ivar, exasperado, tomó una bolsa de monedas de cobre de su cinto
y la arrojó a la zona de combate, esperando que la dádiva
calmara a los luchadores.
La bolsa dio contra el suelo, se abrió y desparramó sobre
la sangre derramada un chorro de brillantes monedas.
-¡Son vuestras si dejáis de luchar! -chilló Ivar.
Starulf y Ugir miraron el dinero. Durante un instante parpadearon, olvidando
su locura asesina. Amaban aplastar enemigos, pero quizá más
el dinero.
Corrieron a recoger las monedas. Eran muy pobres y el cobre los había
deslumbrado. Galaf no olvidó su querella y aprovechó la
distracción de los enemigos: a uno le abrió el cráneo
con la espada y al otro le tajó el cuello. Era tan rápido
y diestro que de nada les sirvió tratar de defenderse. En aquella
época, los guerreros se contentaban con golpear sobre las espadas
y los escudos, como dispuestos a echar abajo una pared. El más
vigoroso rompía las armas del contrario o lo extenuaba, y entonces
lo remataba. Pero Galaf pertenecía al futuro, pues aunaba la habilidad
y la celeridad a la fuerza bruta.
Los berserkrs se desplomaron en el suelo cuan largos eran. Perdían
vida y sangre por las mortales heridas.
Galaf quedó en pie. Miraba, tal que un demente, a vivos y muertos.
No recogió ninguna moneda.
-¿Qué has hecho, estúpido? -bramó Ivar-¡Me
has costado cinco buenos guerreros!
-Ellos me provocaron -contestó Galaf roncamente, entre dos jadeos.
Su mirar asustó a Ivar-. No me expulses de tu expedición.
Aquello no fue una súplica ni una petición.
-Mataré al vikingo Lars El Gris -afirmó.
Clavó la espada en el suelo.
-¡Lo juro! -proclamó.
Toda la sala le contemplaba en silencio.
-Vendrás con nosotros -dijo Ivar, más calmado, observando
a aquel loco y poderoso guerrero con espanto y admiración-Matarás
al vikingo Lars El Gris.
El vencedor del combate limpió la sangre de su boca con el antebrazo,
sacó su espada del cuerpo de Hralf con un húmedo siseo,
la limpió en las pieles del muerto, la devolvió a la vaina
y se marchó del salón.
Estallaron los murmullos. Ivar volvió a sentarse en su butaca,
aturdido. Los esclavos sacaron los cadáveres y los guerreros cogieron
ávidamente las monedas del suelo.
Embarcaron envueltos por la tiniebla. Sesenta guerreros, entre ellos
Galaf, subieron la pasarela que unía la nave con el muelle. No
hablaban y procuraban hacer el menor ruido al caminar. La noche era muy
oscura y la bruma fría y espesa. Nadie debería enterarse
de la auténtica carga que albergaban las bodegas de aquel barco
con fines aparentemente mercantiles.
Era propiedad de Ivar. Se llamaba Nube Azul debido a que el casco había
sido pintado de azul celeste-verdoso. Era una nave comercial, sin espolón
de proa, Tampoco resultaba excesivamente rápida. Normalmente, tendría
el cometido de transportar las mercancías de Ivar de un puerto
a otro. Sin embargo, en esta ocasión el Nube Azul no guardaba en
sus entrañas telas, especias o metales, sino hombres armados y
peligrosos.
Ivar lo había cargado durante el día y a la vista de todos
con pesados fardos llenos en realidad de arena y harapos y que supuestamente
contenían telas y metales preciosos. Una vez en alta mar aquella
falsa mercancía sería arrojada por la borda.
Ya en las bodegas los hombres se acomodaron sobre los fardos para dormir
o charlar en susurros. Galaf encontró un rincón solitario
y rápidamente se hundió en el sueño.
Cortaron amarras. El Nube Azul zarpó, internándose en la
niebla que el mar expelía.
Durante los días sucesivos navegaron hacia el Norte. El objetivo
era Oslo, donde -Ivar había hecho correr el rumor-se venderían
las mercancías del Nube Azul.
En realidad, esperaban ser atacados por los piratas de Lars El Gris antes
de pasar la punta Norte de Jutlandia. Al fin y al cabo, el vikingo dominaba
el Kattegat entre Gotaland y Dinamarca, las mismas aguas por las que navegaría
el mercante.
Los guerreros salían a cubierta y ayudaban a la tripulación
oficial en sus faenas. Jugaban, reían y organizaban combates amistosos
para pasar el tiempo. El asesinato estaba penado con la ejecución
automática del culpable, aunque el delito se hubiese cometido en
defensa propia. Así se evitaban las muertes en el seno de aquel
enjambre de hombres violentos. Sólo se permitían luchas
a manos desnudas. Quien empuñara el acero contra otro tripulante
sería arrojado por la borda.
Según transcurrían los días, Ivar sentía grandes
esperanzas de encontrarse con el drakkar gris de Lars. Realmente lo anhelaba,
pues, como todo comerciante de la zona, odiaba al vikingo.
Cuando el Nube Azul se cruzaba con otras naves los guerreros corrían
a esconderse en las bodegas. Sólo había ocurrido tal contratiempo
en dos ocasiones y en ninguna de ellas el diminuto ejército corrió
peligro de ser descubierto.
Galaf resultó ser el más hosco y solitario de la nave. No
intervenía en peleas amistosas, las conversaciones o los juegos.
Nadie intimaba con él ni lo provocaba -todos recordaban cómo
trató a los cinco berserkrs en el salón de Ivar. Bebía
mucho, casi a todas horas, pero trabajaba como el que más y sus
ojos se aclaraban a la menor señal de alerta. Practicaba incansablemente
con la espada y ninguno deseaba ejercitarse con él: entonces, llevaba
a cabo fintas, mandobles y estocadas, haciendo brillar de sudor su rostro
contraído por una terrible cólera, con los nudillos blancos
a causa de la rabia con que empuñaba su arma. A pesar de su aspecto
temible no hacía daño a nadie, y aquellas sesiones de tosca
esgrima, en unos ambientes donde el uso del acero se limitaba a golpear
con mayor fuerza al rival de la que él desplegaría para
destrozarte a ti, entretenía a los ociosos. Ivar le dejaba hacer,
observándole con una extraña mirada, como el que contemplara
un suceso desagradable que sin embargo no le afectara directamente. Muchos
curiosos contemplaban desgarrar, cortar y aplastar con su espada a un
ejército de enemigos imaginarios. En realidad, nadie conocía
cómo se llamaba este raro tipo, ni cuál era su pasado. Le
llamaban El Loco o El Berserkr cuando no estaba presente, y Rápido
-por su increíble destreza en el manejo de los aceros-a la cara.
A veces, en la fría noche, los hombres le oían llorar como
un perro apaleado, desde su oscuro rincón de la bodega, sin que
moviera un solo músculo del rostro, con la mirada triste y rabiosa
clavada en las sombras, pegado, como de costumbre, a un pellejo de vino
que ni el mismísimo capitán osaba tratar de quitarle. El
Loco también provocaba excitados comentarios porque se debatía
en sueños, como víctima de terribles pesadillas. Alguno
susurró que tal vez estaba poseído o hechizado por algún
demonio. Un jocoso contestó que efectivamente debía estar
poseído por un espectro, uno muy sediento de sangre, y que él
no sería el temerario que tratara de sacárselo del cuerpo.
Todos los demás asintieron, comprendiendo que, aquella vez, este
gracioso no había hablado en tono de broma.
Condenado a un ostracismo que él mismo procuraba alentar, Galaf
continuaba la travesía sumido en las tripas de aquel barco, sufriendo
por la tardanza en encontrarse, una segunda y última vez, con Lars
El Gris.
Al cabo de dos semanas de travesía, cuando el Nube Azul había
superado el cabo Skagen y entrado en las frías aguas inmediatamente
al Sur de Noruega, el vigía anunció que una nave venía
hacia ellos desde el Norte, un barco afilado, con las velas de color gris
oscuro.
Los guerreros se escondieron en las bodegas. Estaban nerviosos y expectantes.
Sabían que dentro de poco tiempo tendrían que pelear para
matar o morir.
Tampoco Ivar, junto al timonel, y Hjalti, el capitán, sufrían
una lúgubre excitación mientras observaban el rápido
acercamiento de la cenicienta nave. Aunque no deseaban huír se
intentó la escapada para no provocar la desconfianza del enemigo.
El Nube Azul viró hacia el Este para aprovechar el viento. Las
velas se inflaron de aire poderoso. Era un ágil barco comercial,
pero le perseguía un espigado y velocísimo drakkar de combate.
El barco agresor parecía volar sobre las aguas. Su línea
era elegante y surcaba suavemente el bronco mar. Los escudos sobre las
bordas superior del casco anunciaban su condición guerrera. En
la punta de proa había una temible cabeza de dragón con
las fauces abiertas.
Sobre la cabeza del dragón estaba Lars El Gris, poderoso y severo.
A su lado aguardaba el inseparable segundo, un gigantesco noruego a quien
llamaban Rolf El Matador. Sobre los bancos de los remos y los puentes
de cubierta permanecían en pie decenas de hombres armados, que
alzaban las hachas, las espadas, los martillos y los cuchillos, desorbitando
los ojos y aullando rudas burlas y espantosas promesas hacia el Nube Azul.
Estaban tan convencidos de la victoria que ni se preocupaban de ocultar
sus verdaderas intenciones.
En la cubierta del Nube Azul la gente actuaba nerviosamente para que la
pantomima resultase más convincente. El mercante trataba de ganar
distancia desesperadamente, mas todos comprendían que el drakkar
les alcanzaría en menos de una hora.
Ivar era un comerciante, no un guerrero. Por consiguiente, se llevó
a sus guardaespaldas a su cuarto y se encerró en él. Hjalti,
el capitán, quedó al mando de la situación. Ya sabía
lo que había de hacer.
Proa y popa de cada nave quedaron separadas tan sólo por cincuenta
metros. Hjalti, con más de quince años de experiencia marina
sobre sus anchas espaldas, suponía que los piratas no los embestirían
con la proa: aparte de hacer peligrar su propia nave, no desearían
hundir un barco con mercancías preciosas y que además podían
vender a navieros del Norte sin escrúpulos. Se pondrían
a babor o estribor del Nube Azul y tratarían de aferrarse a ella
con ganchos, para después asaltarla. No perdonarían a la
tripulación: los matarían a todos, menos a uno pocos que
les servirían como esclavos.
Vio, consternado, que en el drakkar más de veinticinco vikingos
colocaban afiladas saetas en los arcos y tensaban las cuerdas.
-¡Protegeos! -vociferó-¡Flechas desde popa! -gritó
a su tripulación.
Sonó un coro de secos chasquidos y cortantes zumbidos. Una nube
marronácea se alzó sobre la popa y aterrizó en cubierta.
La mayoría fueron rápidos y se escondieron tras mástiles,
bultos y montones de maromas. Otros tantos resultaron alcanzados por las
flechas, que atravesaron facilmente sus cuerpos. Sobre cubierta reventaron
aullidos de dolor y se oyeron los poderosos impactos de los proyectiles
contra la carne y la madera.
Hjalti asomó la cabeza por encima de su escondite y vio el drakkar
alcanzar la línea de popa. El griterío de los vikingos resultaba
ensordecedor. Eran alrededor de ochenta, sucios, enormes, tatuados y llenos
de cicatrices, todos armados hasta los dientes. Ya agarraban y se embrazaban
los escudos colocados en las bordas.
El ágil drakkar se puso a la par del más pesado mercante,
separado por menos de veinte brazas. El timonel del barco pirata maniobró
con destreza y poco después ambos costados chocaron, estribor invasor
contra babor atacado, haciendo saltar trozos de madera calafeteada. Los
vikingos lanzaron treinta sólidas cuerdas unidas a filosos ganchos
metálicos. Las puntas se clavaron sobre el suelo de cubierta y
el mástil. Uno alcanzó a un marinero y éste, emitiendo
alaridos, fue arrastrado por la cuerda hasta la baranda de babor, donde
el cuerpo, sangrante y espasmódico, quedó trabado. Se levantó
un viento frío y cruel, que gritaba y reía con voz silbante,
que inflaba las velas casi en contacto y encrespaba los cabellos de los
hombres aullantes. Las cuerdas unieron las naves, los cascos chocaron
de nuevo, produciendo bandazos que sacudían las dos cubiertas.
Lars El Gris, siempre junto a Rolf El Matador, gritó a sus hombres
en noruego y danés:
-¡Abordadlos! ¡Matad! ¡Destruidlos a todos! ¡Matad!
Los vikingos saltaron desde su barco a la nave apresada. Eran una marea
oscura que portaba centelleante metal. Sus roncas voces se alzaban contra
el furioso viento, en alaridos incoherentes o salvas de alabanza a Tyr,
Dios de la Guerra, con cuyas runas los más creyentes habían
marcado sus espadas, y el viejo Odín . Inundaron la cubierta del
mercante y los heridos por las flechas fueron asesinados sin compasión.
El resto corrió a esconderse en el interior del barco.
Hjalti vio, desde el castillo de popa, a la turba envuelta en pieles y
largas cotas de malla metálica acercársele hacia su posición.
Dio la orden correspondiente. A su derecha, el timonel alzó un
tremendo cuerno de madera, especialmente trabajado para producir un sonido
poderoso.
El instrumento cumplió su cometido cuando su dueño sopló
por él con todas sus fuerzas. Otros dos cuernos más sonaron,
manejados por hombres próximos al capitán. La cubierta se
llenó con un mugido profundo y atemorizador que el iracundo viento
inmediatamente se llevaba en su frígido y afilado seno.
Hjalti alzó el escudo y preparó su espada, deseando que
pronto salieran los guerreros de la bodega. Confiaba en sobrevivir a esta
batalla. Sus esperanzas se vieron truncadas cuando el primer vikingo,
un noruego gigantesco, rompió su acero de un tremendo hachazo.
El pirata tenía un rostro cubierto de cicatrices, suciedad y barba
crespa y oscura. Aullaba el nombre de Odín y en sus claros ojos
había fanática demencia. Asestaba hachazos sin freno, abriendo
surcos en la madera del escudo, obligando al capitán a retroceder.
El noruego bramó con voz profunda un torrente de palabras ininteligibles,
como si estuviese entonando una horrenda oración mientras atacaba,
apretó sus amarillentos dientes y de un tremendo hachazo a dos
manos lanzó al capitán al suelo. El siguiente golpe de leñador
tajó un pie. Después abrió una mano, casi partiéndola
en dos. Hjalti gritó con pánico, viendo a aquella figura
oscura y vociferante ante él, como un árbol humano recortado
contra el cielo grisáceo, los cabellos y la barba volando al viento,
los ojos dos espantosos puntos brillantes en el fondo de una faz congestionada
y monstruosa. Algo metálico se acercó a su rostro y después
reinó la oscuridad.
En las bodegas, los guerreros de Ivar escucharon el tañido de los
cuernos. Aquélla era la señal convenida. Cuatro trampillas
se abrieron sobre cubierta, levantando a ocho sorprendidos vikingos del
suelo. Por cada una, disimulada con el dibujo de las tablas de cubierta,
cabían holgadamente cinco hombres. Comunicaban con las bodegas
de la nave y estaban estratégicamente situadas a proa, popa, babor
y estribor.
Cuatro enjambres de hombres armados y rugientes emergieron a un mundo
helado, ventoso, cubierto por espesas bóvedas que ocultaban la
luz del Sol y sumían el mar en una grisácea penumbra. Los
sorprendidos vikingos ya no eran cazadores, sino presas.
Lars El Gris se dio cuenta enseguida de la trampa. Su astuta estrategia
solía ser la de atacar a enemigos más débiles, veloz
y contundentemente. Prefería evitar a los peces grandes.
-¡Vámonos! -gritó-¡Volved al drakkar!
Dando ejemplo, retrocedió hasta la baranda de babor del Nube Azul
y saltó a su barco. Rolf le siguió.
Mas la gran mayoría de vikingos estaban ya atrapados por aproximadamente
el doble de enemigos. Se produjo el caos. Cerca de cien hombres luchaban
a muerte sobre la cubierta. Comenzaron a volar brazos, manos, pedazos
de carne y nubes de sangre que el ávido viento tragaba y se llevaba
lejos. El sonido ensordecedor de los metales chocando ente sí ahogaba
las voces furiosas o desgarradoras. Los guerreros formaron una apretada
turbamulta, empujaron, asestaron tajos a una o dos manos, se protegieron
con escudos, notaron saltar las tripas de sus rajados vientres o los huesos
romperse bajo el golpe de los mazos.
Ivar salió de su camarote y subió al castillo de popa. Siempre
escoltado por sus matones, deseaba asistir -desde una prudente distancia-a
la matanza de vikingos.
Éstos, atrapados por un enemigo superior en número, caían
a puñados, con las cotas desgarradas, los cascos abollados y las
pieles y el cuero abiertos en jirones. Sin embargo, no eran gente que
cayera fácilmente, y mataban a muchos antes de morir.
Ivar reía mientras observaba la tremenda batalla. Le regocijaba
la exterminación de quienes le habían causado tan graves
pérdidas económicas. Se acercó a la baranda del castillo
e insultó a los piratas. Uno de éstos, herido y tambaleante,
lo vio aproximarse y con sus últimas fuerzas arrojó su hacha.
Acto seguido, un mercenario le hundió la espada, agarrándola
a dos manos, como un puñal, en la nuca. El arma surgió por
la nuez, con un húmedo crujido, y el vikingo se desplomó
de rodillas, moribundo. El hacha acertó a Ivar en pleno rostro,
llegando al cerebro y matándolo al instante. La sonrisa del mercader
se heló en sus partidos labios y el rabioso viento se llevó,
una vez más, la sangre de un cadáver.
Galaf fue de los primeros en salir a cubierta. Había esperado con
ansiedad el combate, agarrando con fuerza el escudo circular y la espada.
Al sonar el cuerno empujó, junto a otros, la trampilla de estribor
y emergió a cubierta. Como cada vez que luchaba, recordó
la muerte de su familia y se tornó un berserkr, con una única
directriz en su mente de hierro: matar, matar y matar.
Nada más salir partió la cadera de un vikingo merced a un
terrible revés impulsado por un violento giro de cadera y muñeca.
Y siguió repartiendo golpes como un poseso, acompañando
cada uno con un ronco jadeo. El acero volaba y arrancaba nubecillas de
sangre a la carne y chispas incandescentes a las armas. Se abría
paso como un huracán de rabia y poder. Aunque valientes, los vikingos
se apartaban de forma instintiva cuando él se acercaba, pues era
la muerte personificada. Incluso destruyó a algún compañero.
La locura combativa no le permitía distinguir entre amigos y enemigos,
la bestia de su interior necesitaba sangre y él debía proporcionársela
a cualquier precio.
Buscó a Lars El Gris y lo vio saltar, junto con su lugarteniente
Rolf, al drakkar.
Aún más enfurecido, Galaf a avanzar hacia babor entre la
turbamulta de guerreros y cadáveres. Quería llegar a toda
costa hasta el líder pirata. Consternado, descubrió que
tanto éste como sus allegados, desde la cubierta del drakkar, cortaban
las cuerdas que unían las dos naves. También contenían,
a base de flechazos, o a espada y hacha, a los sicarios del fallecido
Ivar.
Ya la cubierta del Nube Azul se iba despejando y sólo persistían
pequeños y espaciados grupos de luchadores. Había cadáveres
por doquier, su sangre encharcaba la madera y sobre la carne muerta se
arrastraban los heridos, aferrándose a la vida con todas sus energías.
Dos vikingos se rindieron y tiraron las armas. Sus enemigos los ejecutaron
sin piedad. Pero aún quedaban cinco o seis piratas irreductibles
que preferían caer con la espada en la mano.
De entre éstos sobresalía por su ferocidad un grueso noruego
de pelo rojo y ojos azules. Tenía el pecho rajado y sangraba abundantemente.
Aún así, y convertido en berserkr, la locura combativa le
proporcionaba un vigor y una temeridad colosales.
Este hombre se cruzó en el camino de Galaf cuando El Loco ya se
acercaba al borde de la cubierta. Sus espadas chocaron y restallaron,
haciendo peligrar los tímpanos. Luchaban sin estrategia ninguna,
eran dos animales humanos que no pensaban coherentemente, cegados por
el fuego de sus pasiones. Sus armas describían brillantes curvas,
se mordían los filos y resbalaban una sobre otra, a la par que
sus dueños gruñían, resoplaban y aullaban con cada
golpe. Hubo un fulgor en zigzag y Galaf ensartó a su rival, tan
poderosamente que le rompió la cota y el jubón y le metió
la hoja en el cuerpo hasta la empuñadura, surgiendo por la zona
lumbar, tensando el cuero y la malla. El vikingo bramó un torrente
de palabras, escupió sangre sobre el rostro de Galaf, arrojó
su espada y aferró a su asesino por el cuello. Le propinó
un cabezazo y el borde del casco le rompió al danés el tabique
nasal. Galaf sintió que el espeso dolor atontaba su mente. Respiró
por la boca, pues la nariz se le llenó inmediatamente de sangre,
que se le metió por los conductos respiratorios y le hizo toser
violentamente. Parpadeó, medio cegado por las lágrimas.
El vikingo reía y apretaba la garganta de su rival. Su dedo gordo
encontró la nuez y presionó hacia abajo, intentando romperla.
Galaf bregó furiosamente, hasta sacar la espada del abdomen enemigo,
y la clavó bajo la boca del noruego, impulsándola hacia
arriba, hasta que llegó al cerebro. El vikingo se derrumbó,
muerto, pero aún tenía los dedos inexpugnablemente cerrados
sobre la garganta. Galaf, mareado, buscando aire, consiguió otra
vez sacar la espada y se desplomó de rodillas, arrastrado por el
peso del cadáver. La vista se le nublaba, pero metió los
dedos bajo las rígidas y musculosas manos y las separó de
su enrojecido cuello.
Débil a causa del dolor proveniente de su nariz partida, vio que
el drakkar se había separado definitivamente del Nube Azul y comenzaba
a alejarse. La imagen de su familia destrozada se sobrepuso a la de los
guerreros heridos y muertos, la sangre de las maderas, el mar, el cielo
oscuro y ominoso. Echó a correr hacia la nave pirata, limpiándose
la sangre y las con el dorso de la diestra. Llegó a la baranda
de babor, tiró la espada y saltó, estirando los brazos.
Abajo, el mar entre los dos cascos estaba sembrado de bultos sin vida
flotantes. Se acercaba a una cuerda colgante de la cubierta vikinga, anteriormente
unida a un gancho de abordaje, cortada por un defensor y ahora colgante
del barco gris. Chocó brutalmente contra el calafateado. La cuerda
se aplastó bajo su pecho y Galaf se zambulló en el agua
helada. Notaba el cabo rozando su rostro y lo agarró. Salió
a la superficie y comenzó a trepar, enloquecido. Se rasguñó
una rodilla contra el casco, pero subió varios palmos más,
aferrado al grueso cabo, con los pies rozando la espuma que levantaba
el casco al surcar las olas.
Entonces, la nave viró hacia el Este para aprovechar el fuerte
viento. Ya en la dirección adecuada, las velas se hincharon y su
velocidad se redobló. Galaf, resultó impulsado hacia atrás.
Trató de aferrarse a las ventanas de los remos, ahora cerradas
No lo consiguió. Sus dedos resbalaban una y otra vez sobre la húmeda
madera.
El Nube Azul, más lento, quedó atrás. Sobre su cubierta
los vencedores aullaban jubilosos e increpaban a los escapados. Algunos
lanzaban inútiles flechas hacia el drakkar.
Galaf sintió que la debilidad le podía. Los ojos se le cerraron.
Entonces, recordó a su hija y mujer mientras las violaban en el
salón familiar, sus gritos ensordecedores de horror y asco al ser
penetradas y mancilladas una y otra vez. La rabia volvió y le dio
fuerzas: el Destino aún no deseaba su muerte. Escaló por
la cuerda, luchando contra la debilidad de sus músculos extenuados,
contra el viento cortante, contra el salitre que llenaba sus ojos y flotaban
en su estómago. Palmo a palmo, extrayendo energías de donde
no había, subió por el cabo.
Tembloroso y jadeante, pasó sobre la baranda y caminó tambaleándose,
como un borracho.
Los vikingos, pocos y deprimidos tras la derrota, lo habían visto
surgir del mar como un demonio de las profundidades. Galaf tenía
los ojos enrojecidos y desorbitados. La sangre manaba en dos pequeños
hilos de la nariz deformada. Tenía las barbas y los cabellos tan
mojados y caóticos como los de un troll de los bosques. Su dedo
índice señalaba hacia Lars, quien lo contemplaba, inmóvil,
desde la proa. Junto a él estaba Rolf El Matador.
Los piratas, asustados, se alejaron de aquella aparición. Sólo
Rolf y Lars permanecían en su sitio. Ambos habían palidecido
mortalmente y el asombro y el espanto se conjugaban en sus pupilas. De
pronto, Lars le reconoció. Exhaló un gemido de horror y
dio un paso hacia atrás.
Entonces Galaf cayo al suelo y quedó allí, como un bulto
desmañado, incapaz de seguir consciente.
Le despertó el agua helada. Hicieron falta dos cubos. Abrió
los ojos y contempló un pequeño número de vikingos
a su alrededor, seis en total, los únicos supervivientes de la
batalla. Estaba de pie, fuertemente atado al mástil del drakkar.
Le habían limpiado y vendado las heridas mientras se hallaba inconsciente.
Se sentía lleno de energías. Y odio.
Lars lo miraba de forma indescifrable, siempre acompañado de Rolf.
Galaf clavó sus ojos en el líder vikingo y trató
de liberarse. Las cuerdas, del grosor de un puño, se clavaron en
su pecho, tobillos, muñecas, brazos y piernas. Acudió el
sudor a su rostro, amoratado y tumefacto a causa de la nariz rota, y volvió
a sangrar. Le habían atado con efectividad marinera, así
que sus enérgicos intentos no consiguieron despegar ni un dedo
su espalda del mástil.
Los vikingos se hubieran burlado de otros prisioneros. Pero nadie sonrió
a costa de Galaf.
-¿Por qué has venido hasta mi barco? -preguntó Lars,
en claro danés-¿Por qué no te quedaste con tus compañeros,
saboreando la victoria?
Galaf habló roncamente:
-Bien lo sabes, Lars El Gris, asesino de mujeres y niños. Quiero
venganza, justa venganza. Tú mataste a mi familia.
Lars lo contempló en silencio.
-¡Voy a rajarlo como a un cerdo! -intervino Rolf-Está llenó
de odio, sólo nos traerá complicaciones.
Sacó el hacha de su sujeción al cinto y reculó el
brazo derecho.
-No -ordenó Lars. Durante un solo instante, pareció apesadumbrado.
Después, recuperó la frialdad habitual-. Déjalo ahí.
Ya pensaré qué hacer con él.
Se volvió y fue hacia su pequeño cuarto, en la popa, el
único de la nave, con los hombros encorvados, como si soportase
sobre ellos un gran peso.
Una vez que hubo desaparecido Rolf aspiró con fuerza y lanzó
el hacha. Galaf lo vio venir y no cerró los ojos. El filo se hundió
unos centímetros por encima de su cabeza. Todos sus músculos
faciales se tensaron, mas no había parpadeado siquiera.
-Tienes suerte
-le dijo Rolf, arrojándole una mirada asesina-.
Tienes mucha suerte
Le dio la espalda. Los cuatro restantes marineros se dispersaron, hacia
diferentes puntos de la cubierta.
Aquella noche, Galaf aun seguía atado al mástil. Sin soltarlo,
le habían dado de comer. Al parecer, Lars no deseaba que muriera.
El prisionero tenía el cuerpo helado por el frío y la falta
de riego sanguíneo. El viento procedente del Oeste aún inflaba
las velas. Más allá de las bordas, la espuma de las olas
brillaba sobre un fondo de negrura. El viento silbaba ominoso, profundo.
Eran muy pocos los piratas sobre el drakkar, así que hasta el mismísimo
líder, Lars, tenía que hacer guardia. En ese momento, era
el único que no dormía del barco. Se acercó a Galaf.
Ambos se observaron en silencio. El vikingo sacó un cuchillo de
su vaina y lo clavó en el mástil, a pocos dedos de las cuerdas
del reo. Después, despertó al siguiente turno y se metió
en su cuarto.
Galaf frotó el grueso y escarchado cabo contra el cuchillo, llevando
cuidado de hacerlo sólo cuando el soñoliento centinela miraba
en otra dirección. Le llevó una hora liberarse. Cuando lo
consiguió, el vigía cabeceaba, arrullado por las olas, manteniendo
firme el timón. Aquellos experimentados marinos serían capaces
de seguir un rumbo fijo incluso dormidos. El prisionero casi ni podía
andar y hubieron de pasar dolorosos minutos hasta que la sangre volvió
a correr normalmente por sus arterias.
Tomó el cuchillo y el hacha clavados en el madero. Mientras avanzaba
sobre cubierta, como un gran gato, vio una lejana sombra sobre el horizonte.
Sin duda, se trataba de la costa de Gotaland. También distinguió
varias prominencias afiladas por el Sureste. Eran gigantescas islas de
roca, contra las que un barco podría hacerse pedazos.
Silenciosamente, llegó hasta la popa. Allá estaba el vigía
y timonel, cumpliendo su monótona tarea entre ronquidos. Galaf
apretó la mandíbula, sus ojos brillaron en la oscuridad
con un fulgor asesino. Se le echó encima, tapándole la boca,
y clavando con fuerza el cuchillo en un ojo. La punta llegó al
cerebro y el vikingo murió al instante. Galaf lo echó por
la borda con cuidado. Ninguno de los otros cuatro vikingos restantes,
enrollados en sus mantas, dormidos junto a los bancos de remos, despertó.
Tampoco emergió nadie del cuchitril del capitán.
Sin una mano que mantuviera el timón, el barco comenzó a
virar lenta e inexorablemente hacia el Sureste.
Galaf, aún silencioso, el puñal y el hacha en la mano, se
deslizó entre los bancos de remos. El Destino le sonreía,
pues ninguno de los tres siguientes vikingos despertó antes de
morir. El cuarto y más lejano era Rolf, situado en el último
banco, cerca de la punta de proa.
Entonces, sonaron crujidos procedentes de la popa, del cuarto de Lars.
Durante más de treinta frenéticos latidos, Galaf se debatió
entre acabar con Rolf antes de que éste despertara, o encargarse
de Lars. Podía oír los broncos ronquidos del noruego. Sin
duda dormía profundamente. Mas, si el capitán aparecía
en cubierta ahora, descubriría que su cautivo habría escapado
y daría la alarma. Tendría que enfrentarse a la vez contra
los dos últimos vikingos. Sin embargo, si era rápido y hábil,
podría despachar a Lars antes de que despertara Rolf. Entonces,
sólo se las vería con un último hombre.
Sonaron nuevos crujidos desde la cabina de Lars. Si salía ahora,
podría echarlo todo a perder. Tragándose una maldición,
Galaf se encaminó hacia la popa.
La puerta de la cabina era pequeña y estaba enclavada en el mismo
suelo de cubierta. Mostraba un grueso aro metálico y negruzco,
del que habría que tirar para abrir la trampilla. Miró por
última vez hacia proa. El bulto sombrío que era Rolf continuaba
inmóvil, ajeno a la liberación del prisionero y la muerte
de sus compañeros. Galaf metió el cuchillo entre el cinto
y la cadera y agarró el asa de la puerta. Reprimió un jadeo
y la alzó lentamente, preparando el hacha para descargarlo sobre
el capitán, si es que le esperaba en la misma entrada de su cuarto.
No fue así: sólo descubrió una escalerita de peldaños
de vieja madera, que descendía unos dos pies, hasta un suelo de
tablas, sucio y oscuro. El corazón de Galaf galopó frenético
mientras bajó los escalones, acostumbrando los ojos a la negrura
de la cabina. Un solo chorro de suave claridad azulada, proveniente de
las estrellas, surcaba la pequeña estancia, desde un ventanuco
en la pared de la izquierda. Era la estancia casi cuadrada, de casi pies
por lado, y había que agachar la cabeza para no dar con la coronilla
en el techo. Distinguió la sombra de una mesita, unos bultos en
el suelo, a su izquierda, tal vez ropa o armas enfundadas, y un sencillo
catre. Nada más.
Sobre la pequeña cama, al otro lado del cuarto, descubrió
a Lars, sentado, como una figura impenetrable. Ahondó en la oscuridad
de su rostro y comprendió que El Gris le miraba fijamente, sin
un solo movimiento. Sólo la fuerte respiración que hacía
subir y bajar su gran pecho desmentía la total inmovilidad. En
la mano izquierda tenía un enorme puñal. En la diestra empuñaba
una espada.
Galaf sintió que la furia oprimía sus sienes. Cerró
la trampilla y corrió la barra de hierro sobre el pasador. Lars
ni se había preocupado de echar el cerrojo para impedirle entrar.
El Loco sacó el cuchillo del cinto y agarró con fuerza el
hacha.
-Al fin has venido -dijo El Gris, con voz tranquila y profunda-. Lo que
ha de ser, sea. Luchemos.
Se levanto, aprestando la espada y la daga, encorvando el cuerpo y dando
un paso hacia delante. Algo se quebró en la mente de Galaf. Aulló
y se lanzó hacia Lars, atravesando la oscuridad. La espada del
pirata paró su golpe y El Gris contraatacó.
Luchaban con denuedo, como sombras huidizas y fugaces, como perros en
un callejón, entre jadeos, gritos, gruñidos y el estruendo
propio del entrechocar de aceros. Tiraban y destrozaban los escasos muebles
y bultos, se empujaban y lanzaban puñadas, daban contra las paredes,
el suelo y el bajo techo con estruendo y, no obstante, continuaban en
salvaje liza. Los ojos de Galaf ardían de ira, los de Lars brillaba
con furia cerebral. El primero atacaba como un toro furioso, el segundo
luchaba con habilidad y eficacia, intentando llevar las riendas del combate.
Ambos estaban muy igualados.
Se oyeron voces procedentes del exterior. Rolf, alarmado a causa del ruido
de aceros y los alaridos, intentaba echar la puerta abajo, pero la barra
del cerrojo era fuerte y podría resistir durante varios minutos
más.
En un momento dado Galaf empujó a Lars. El vikingo cayó
sobre una pequeña estantería de un rincón, derribándola
y arrojando al suelo multitud de pequeños tesoros y adornos bárbaros.
Un objeto caído llegó hasta los pies de Galaf. Sin saber
por qué, lo recogió, retrocedió y miró detenidamente,
bajo la luz del ventanuco, sin bajar la guardia en cuanto a su rival.
Era una figura tosca e infantil esculpida en madera. Un dragoncito. El
juguete de un niño.
-¡Suéltalo! -bramó Lars-¡No lo toques!
Había perdido del todo su compostura, la furia y la desesperación
borraban cualquier frialdad de su rostro.
Galaf miró a Lars, luego al dragoncito de juguete. Peleó
contra la confusión. De pronto, comprendió.
-Esto era de tu hijo -dijo, mostrando el juguete-. Tú también
tenías una familia.
Lars rugió como una bestia y se lanzó sobre Galaf. Éste
se apartó y golpeó con el hacha. La hoja abrió la
cota y el pecho de Lars, lanzándolo contra una pared. Sin embargo,
antes de ser herido, el vikingo había arrebatado el juguete de
manos de Galaf.
El pirata, desde el suelo, contempló la figurita con detenimiento
y, bajo la claridad de las estrellas, sonrió con una tristeza infinita.
Estaba llorando. Miró a Galaf y la vista se le llenó de
rabia. Trató de levantarse, mas el escalofriante tajo en su pecho
era mortal y él lo sabía. Se dejó caer de nuevo.
La sangre manaba en finos chorros por la herida, el rostro estaba tornándose
ceniciento. Jadeó. Habló con voz entrecortada:
-Desde que te vi por primera vez supe que me matarías.
Galaf lo miró enigmática y fríamente.
-Tú ya estabas muerto entonces, Lars El Gris. Deseabas morir y
por éso no acabaste conmigo en mi propia casa, hace un año.
Ni permitiste que esta mañana lo hiciera Rolf. Y hoy, cuando clavaste
ese cuchillo junto a las cuerdas que me ataban al mástil, sabías
que las rasgaría con él y por la noche vendría a
buscarte. Has sido un cadáver durante todo este tiempo, Gris. Un
moribundo que ansiaba fallecer de una vez por todas.
Lars miró el dragoncito y lo apretó contra su húmedo
pecho. Después, dirigió los ojos hacia Galaf. Sonrió
irónica y amargamente. Dijo:
-A veces, los hombres toman extrañas decisiones que ni siquiera
comprenden
Los ojos perdieron el brillo de la vida.
La trampilla cedió al fin y una vaharada de aire helado alivió
el ambiente cargado de sangre y sudor. Sonó la ruda voz de Rolf:
-¡Lars! ¿Estás vivo? ¡Ese danés del demonio
escapó y ha asesinado a
!
-El Gris ha muerto -anunció Galaf, aprestando de nuevo sus armas-¡Sólo
quedamos tú y yo, Matador!
Durante varios latidos, reinaron el viento, el susurro de las olas y el
crujido de las olas. Entonces, la voz del noruego tronó:
-¡Sal afuera y pelea contra mí, hijo de perra! ¡Vamos!
¡No te atacaré hasta que estés aquí arriba!
Galaf agarró un fardo de ropa del suelo y lo aproximó a
la abertura de la trampilla. Un fuerte espadazo se lo arrancó de
la mano. Rolf, como una figura oscura alrededor del cuadro, alzó
el bulto y lo arrojó hacia atrás. Soltó una gran
carcajada.
-¡Eres listo, danés! -gritó-No te fías de mí,
¿eh? Ya que no puedo engañarte, jugaré limpio: mírame
ahora. ¡Me estoy alejando!
Galaf contempló la sombra de Rolf. Efectivamente, andaba hacia
la proa, pero sin dejar de observar la trampilla.
El Loco surgió en dos saltos al exterior. La Luna había
salido de entre las nubes e iluminaba fabulosamente el barco, como una
larga daga que surcara un mar de plata. El viento alzaba sus enmarañados
cabellos y barba. Las estrellas arrancaban destellos al cuchillo y la
espada tiznadas de negro. Sangraba por varias heridas menores y su ira
mantenía lejano el dolor. En la proa, Rolf se erguía como
una montaña. Tenía un escudo embrazado y una espada en la
diestra. Tras él, las islas de roca comenzaban a crecer de manera
peligrosa. deformes. En menos de una hora, el drakkar sin timonel chocaría
contra ellas.
-¡Escúchame, necio! -gritó Rolf-¡Si alguien
no doma el timón, los dos vamos a perecer
Galaf empezó a saltar sobre los bancos de remero, los ojos clavados
en el noruego.
-Todos moriremos hoy aquí -contestó-. Es el mejor final
para esta historia.
Rolf retrocedió un paso. Temía el hacha de su enemigo.
-¿Lo has matado? -preguntó-¿Realmente, has matado
a Lars?
-Sí. Pero mi venganza no se consumará hasta que muera el
último vikingo de este barco.
-¡No tiene por qué ser así! -protestó Rolf-¡Tú
debes ser nuestro nuevo capitán! Así lo estipulan las Leyes
del Mar: si un hombre vence en justa lucha al capitán, puede convertirse
en el nuevo líder del barco.
Galaf se detuvo cuando ya había recorrido la mitad de cubierta,
y lanzó una carcajada llena de hiel.
-¡No acepto las leyes de dioses, ni de los hombres, ni tampoco las
del mar! Sólo acato un mandato: ¡la venganza!
-¡Eres un loco! ¿Por qué debemos morir? ¡Disfrutarás
de aventuras, riqueza, mujeres y cuantas otras alegrías puedas
imaginar! ¡Tendrás poder! Sé que te gusta combatir
y matar, lo he visto en tu rostro. Eres un lobo que se ha desprendido
al fin de la piel de cordero.
-¿Como Lars? -preguntó Galaf-¿Él fue un cordero
o un lobo?
-Cuando lo conocimos, se trataba de un ser vulgar, como tú -contestó
Rolf-. Yo mismo maté a su familia, delante suyo. Me lo traje al
barco y lo hice mi esclavo. Guardaba dentro de sí mucha rabia,
pero la supo canalizar en su propio beneficio; acabó aceptando
la situación y se convirtió en uno de los nuestros. Peleaba
a nuestro lado y llegó a convertirse, por méritos propios,
en el nuevo capitán. Pronto olvidó su patética existencia
anterior
¡Tenía una nueva vida y le gustaba! -el pirata
bajó la voz-Yo le quería como a un hermano.
-Ahora, está muerto -afirmó Galaf.
Rolf lo contempló durante varios latidos de forma lúgubre.
Dijo:
-Vi a Lars degollar a muchos inocentes sin que le temblara la mano, pero
desde el día en que te conoció, cambió. Se volvió
débil, hasta el punto de buscar su propia muerte perdonándote
la vida. ¿No fue él quien te liberó del mástil?
-Sí -respondió Galaf-. Él se contempló a sí
mismo en mí y no lo pudo soportar.
-Lo suponía. Era mi compañero de lucha, mi hermano de sangre.
Pero se ablandó, y nuestra fraternidad no tolera la debilidad.
Sólo aceptamos a los fuertes -le señaló con la espada-.
¡Tú lo eres! ¡Conviértete en un nuevo hombre,
disfruta de una nueva vida!
Galaf pensó en la extasiante alegría que le había
invadido al masacrar enemigos, al aplastar a quienes osaban interponerse
en su camino, en saberse superior al contrario y demostrárselo
sin piedad. Se trataba de un placer embriagador. Imaginó un futuro
cargado de batallas y victorias. Lo tenía al alcance de la mano.
Podía cerrar los puños sobre la garganta del mundo y doblegarlo
hasta obtener de él cuanto deseara.
Entonces, recordó las últimas palabras de Lars El Gris:
"A veces, los hombres toman extrañas decisiones que ni siquiera
comprenden
".
Siguió corriendo y saltando sobre los bancos, hasta alcanzar a
Rolf. Entraron en liza, hostigando al vikingo incansablemente. El pirata
luchaba con bravura, reía locamente y lanzaba vítores a
Tyr y Odín. Finalmente, un poderoso hachazo le alcanzó el
cuello y se derrumbó, como un buey en el matadero.
Galaf, jadeante, sintiendo el frío helándose sobre la piel,
llegó hasta la punta de proa y permaneció en pie, viendo
acercarse más y más las negras masas de roca. La espuma
de las olas brillaba contra ellas.
Se sintió viejo. La venganza se había consumado. Él
ya no era nada. Su vida estaba vacía. Apoyó el filo del
hacha en su garganta y de un fuerte y eficiente tajo la abrió de
lado a lado.
Poco después, el drakkar colisionaba fatalmente contra las inmensas
rocas. Las cuadernas saltaron en pedazos, el mástil se partió,
las velas fueron desgarradas y el mar se tragó la rota nave y los
cadáveres que la ocupaban.
® Andrés Díaz Sánchez
|