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Berserkr

Andrés Díaz Sánchez

Corrían malos tiempos para Dinamarca. Habían pasado veinte años desde la heroica muerte del rey Hrolf, el que mayor grandeza y paz otorgara al país. El poder se había desmembrado en manos de Señores ambiciosos, regidos por caudillos sin el suficiente carácter como para imponerse a la anarquía. Vikingos y asaltadores atacaban costas, fiordos, bosques, llanuras y montañas. Se practicaba la brujería bajo la Luna llena, volvieron los sacrificios humanos a Odín y otros dioses y los trolls y los demonios salían de sus cubiles para danzar y reír ante las mismísimas aldeas.
Éste era el mundo en el que vivía Galaf, granjero de nacimiento y vocación.
Era un hombre alto, de complexión musculosa y agraciada. Vivía con su mujer y sus tres hijos en una granja de la isla de Selandia. Trabajaba esforzadamente las duras tierras para alimentar a los suyos. Quería a su familia por encima de todas las cosas de este mundo y no le importaba sacrificarse por ellos. En el invierno guardaba el fruto de sus cosechas, en primavera marchaba hasta Roskilde para pagar el tributo al rey y vender los excedentes en las ferias. Sus vecinos le amaban porque, a pesar de su enorme fuerza, era un hombre humilde, firme, amable y generoso -dentro de sus posibilidades- con el necesitado. Sus días estaban llenos de una apacible felicidad y nada quería saber acerca de los males del mundo exterior…


Aquella noche transcurría como tantas otras. El pequeño Vog, de cuatro años, jugaba con los muñecos que Galaf le había tallado en madera. Bera, la esposa, charlaba con su hija Yrsa, quien sobrepasaba las dieciséis primaveras y ya era bonita y esbelta como un gamo del bosque. Ambas gustaban de cuchichear acerca de los pretendientes que asediaban a la jovencita. Galaf, tras la suculenta cena, narraba un cuento a su hijo Bjorn. El muchachito, de ocho años, escuchaba con ojos muy abiertos la historia acerca de dioses y gigantes de hielo. Estaba sentado sobre los muslos de su padre, éste contoneándose lánguidamente en la vieja mecedora.
Sonaron fuertes golpes contra la puerta. También oyeron broncas y hostiles voces masculinas, algunas en idioma extranjero. Las inteligibles tenían un marcado acento autoritario:
-¡Abrid, ratas de campo, o echaremos la puerta abajo!
Se oyeron risotadas y -lo que envaró el cuerpo de Galaf-el tintineo de aceros.
-¡Escondeos! -ordenó el granjero a su familia.
Saltó de la mecedora, tirando al suelo al sorprendido Bjorn. Corrió hacia un cuarto cercano, el miedo galopando en su pecho, y llegó armado con una recia espada, regalo de Svar, el herrero de la región. El arma estaba desafilada y polvorienta. Pero Galaf parecía muy dispuesto a usarla para defender a los suyos.
Bera tomó de una mano a Bjorn y con la otra a Vog, quien echó a llorar estridentemente. El pequeño se aferró con todas sus fuerzas a la pata de una mesa cercana.
-¿Qué ocurre, padre? -preguntó Yrsa con ojos como platos.
-¡Llévate a tu madre y tus hermanos al granero, meteros en el viejo cuarto bajo el suelo, disimulad la entrada con paja y no salgáis de allí pase lo que pase! -fue la respuesta.
Galaf había oído noticias acerca de saqueos y bandidaje, pero siempre procedentes del lejano Norte. Ahora, el peligro parecía muy cercano.
-¡En seguida abro! -gritó-¡Un solo momento, por favor!
Se escucharon gruñidos airados. Galaf creyó percibir palabras en idioma noruego.
-¡Tira abajo la puerta, Rolf! -ordenó una voz fría y autoritaria, en danés.
Estalló un crujido atronador. La puerta se separó levemente del quicio.
Galaf tomó la espada a dos manos. Miró con pánico a su familia. Entre madre e hija trataban de arrancar a Vog de la mesa. El niñito lloraba y chillaba y se aferraba al mueble con sorprendente obstinación.
Un nuevo trallazo. La puerta cedió y se abrió violentamente. La cerradura saltó en pedazos. El forzador era un hombre enorme, vestido con pieles, maloliente, de rostro sucio y moreno. Portaba un gran hacha de doble un solo filo. Sus ojos azules se clavaron en Galaf y después en la familia del granjero. Tras él había muchos otros hombres de armas, desgreñados, barbudos, con las caras morenas y cubiertas de roña, hediendo a sudor rancio, a vino y cerveza. Portaban espadas, mazos y hachas. Se protegían con cascos cónicos y largas camisas de mallas negruzcas.
-¡Eh! ¡Hay dos hembras aquí dentro! -aulló el del hacha, sonriendo por entre los crespos bigotes.
Galaf no era tonto. Sabía que destino le esperaba a su mujer e hija si caían en manos de aquellos hombres.
-¡Salid por la puerta trasera! -rugió a los suyos-¡Corred, lo más rápido que podáis! ¡Vamos!
Bera logró arrancar a Vog de la mesa. Las mujeres y los niños salvaron los pocos metros que los separaban de la puerta salvadora.
Ésta se abrió de pronto. Tres robustos vikingos entraron en la estancia.
Bera e Yrsa quedaron inmóviles, heladas, mientras las recorrían de arriba abajo con una mirada iracunda. Galaf sintió auténtico terror. No había escape, los enemigos les tenían atrapados en aquel salón.
Un vikingo sucio y desgreñado agarró a Yrsa por el talle y comenzó a besarla. La jovencita trató de escapar, pero sus esfuerzos resultaban inútiles, atrapada como estaba entre los musculosos brazos.
Galaf se dirigió, la espada alzada, hacia el agresor. Otro vikingo se interpuso en su camino y le aulló un torrente de palabras noruegas que percutieron como truenos en la estancia. Iba armado con una maza esférica y claveteada de mango corto. Galaf golpeó, el enemigo paró el acero con su arma. Del choque saltó un estallido metálico, vibrante y ensordecedor. El vikingo atacó y Galaf esquivó la maza, que pasó a centímetros de su oreja izquierda. Merced a una severa estocada -que le sorprendió incluso a él, pues nunca antes había manejado los aceros-la espada atravesó el costado del vikingo. El pirata trató de golpear, pero ya se tambaleaba, sangrante y debilitado, mugiendo como un toro.
Galaf se enfrentó a otro. Éste portaba un hacha. Las dos armas chocaron produciendo un nuevo y brutal estallido metálico.
La espaciosa sala se llenó de vikingos. Uno de ellos, al parecer noruego, agarró a Bera del cabello y la tiró sobre una mesa, arrancándole acto seguido el vestido. Se echó encima suyo y comenzó a chuparle los senos desnudos. La mujer lloraba y se debatía furiosamente. Su hija, en el suelo, estaba siendo violada. Ella gritaba y sus agresores reían y gruñían como cerdos en una porqueriza.
En la entrada del salón un hombre permanecía quieto, observando la escena. Vestía cota de malla dorada y ropas algo menos bárbaras que las de sus compañeros. Sus ojos, barba y melena eran de color gris. Lucía rasgos enérgicos y severos. No parecía mayor que los otros vikingos, pero sin duda se trataba del líder.
Un agresor, el que entrara en la sala portando el hacha de un solo filo, agarró a Bjorn por la cintura. El chico trató de desasirse, un trabajo infructuoso.
-¿Qué hacemos con éste, Lars? -preguntó al de cabello gris, en mal danés.
-Llévalo al barco, Rolf. Encadénalo.
Miró a Galaf, quien se debatía como un loco, lanzando mandobles y estocadas, patadas, codazos y hasta mordiscos. Intentaba llegar a su familia arrasada, pero los vikingos se lo impedían. El campesino ya había matado a dos, ahora acababa de abrirle la cabeza a otro de un banquetazo.
-Pelea bien este granjero… -musitó el pirata de ojos grises.
El pequeño Vog lloraba y gritaba desde el suelo. Un vikingo que ya portaba un fardo con grano, producto del saqueo en la despensa, miró al muchachito, frunció el ceño, desenvainó su espada y lo mató.
Bera, con un salvaje encima forzándole, vio a su hijo morir. Se revolvió como una fiera. Su mano derecha encontró un tenedor, de los muchos cubiertos esparcidos sobre la mesa, y lo clavó en la mejilla de su agresor. Éste rugió, ella le arañó la cara, arrancándole tiras de carne. Él cerró su puño y de un golpe destructor en el cráneo acabó con su vida.
Galaf abrió mucho sus ojos. Quedó helado tras observar las muertes de sus dos familiares. Un vikingo aprovechó la ocasión y le desencajó la mandíbula de una tremenda puñada.
Mareado, cayó al suelo. Sentía un dolor casi insoportable en la quijada. De un fuerte manotazo la encajó otra vez y el dolor remitió. Escupió sangre e intentó levantarse. Alguien le pateó el costado y se desplomó otra vez.
El líder pirata lo miraba fijamente, impasible, con sus ojos de hielo gris. Se volvió hacia uno de sus hombres.
-¡Ulrich! ¡Trae al chico y mátalo delante de él! -señaló a Galaf.
Luego, un torrente de palabras noruegas al que violaba a la sangrante Yrsa.
El forzador iba a protestar, pero la titánica mirada de su jefe lo enmudeció. Cogió a la chica por un brazo y la llevó, medio desvanecida, al centro de la estancia. Yrsa lloraba y temblaba sin control, convulsionada por un repentino ataque de histeria, con los ojos desorbitados y enloquecidos y el ovalado rostro brillante a causa de las lágrimas. El llamado Ulrich trajo a Bjorn junto a la muchacha.
Todos los piratas miraban en silencio a Galaf. Sus hijos también le dirigían a él, su padre, una mirada desesperada pero suplicante.
Galaf trató ponerse de rodillas.
-¡Al suelo, perro!
Un pirata le pateó la oreja y cayó de nuevo, con el lado golpeado entumecido y el cerebro zumbando de manera espantosa.
-No… los… mates… -logró gemir.
Dos vikingos colocaron en los cuellos de Yrsa y Bjorn sendos cuchillos.
-Por favor… -musitó Galaf, en tono patético, desesperado, desde el suelo.
Miraba suplicante al líder pirata. Galaf conoció el horror al no descubrir en aquellos ojos grises una mísera pizca de piedad.
El líder vikingo hizo una seña a sus subordinados y éstos rebanaron los cuellos de Yrsa y Bjorn, quienes jadearon, sorprendidos, abriendo muchos los ojos. De pronto, cayeron al suelo, chorreando abundante y cálida sangre.
-¡No! -sollozó Galaf, incrédulos.
Alguien le pateó de nuevo.
El líder miró a sus vikingos.
-¡Coged todo lo que podáis y después quemad la casa y el granero!-rugió.
Los piratas se apresuraron a obedecerle. Observó a Galaf, quien permanecía sin fuerzas en el suelo, temblando, entre sollozos, sin lograr despegar su mirada de los cadáveres-. No lo matéis. Llevadlo al barco. Será nuestro esclavo.
Exhausto, suplicante, Galaf se volvió hacia el jefe de aquellos hombres.
-Mátame… -logró decir Galaf-. Por favor.
El líder no contestó.
Tomaron a Galaf de las axilas y lo llevaron fuera.


Tres horas después se encontraban todos en la costa. La Luna iluminaba las rocas y la gruesa arena. Las olas se deshacían en brillante espuma cuando chocaban contra los acantilados. A veinte brazas de la orilla un drakkar de saqueo dotado de cabeza monstruosa en la punta de proa reposaba tranquilamente sobre el mar. Los vikingos se adentraban andando y chapoteando en el agua y le pasaban a sus compañeros de la nave los productos del saqueo.
Tiraron al suelo a Galaf. A base de palizas lo habían debilitado y no podía ni levantarse sobre las rodillas. Encogido como un recién nacido, mareado a causa de los puñetazos y las patadas sobre el cráneo, era presa de una fuerte sensación de irrealidad y se preguntaba, aún conociendo las respuestas, si todo aquello era una pesadilla y cuándo despertaría ella.
Oyó al líder repartir órdenes a sus subordinados.
-Mátame, por favor -pidió Galaf de nuevo, ya sin alzar la cabeza de la arena.
El líder lo oyó. Tenía el semblante severo y tranquilo.
-No. Serás nuestro esclavo. Limpiarás la cubierta, cocinarás para nosotros y nos servirás de mujer en alta mar. Quizá, con el tiempo, llegues a combatir a nuestro lado. Entonces, olvidarás tu vida pasada y me lo agradecerás.
Galaf levantó la cabeza, medio cubierta de arena húmeda. En el rostro tumefacto y ensangrentado, los ojos brillaban con un extraño fulgor.
El líder pirata vio algo en ellos que lo hizo retroceder instintivamente.
En seguido recobró la compostura habitual. Gritó a sus hombres en danés. Parecía muy irritado:
-¡Encadenad a este perro desagradecido a la roca más pesada que encontréis y dejadlo junto a los rompientes para que se ahogue cuando suba la marea! ¡Vamos!
Tomaron a Galaf por las axilas y se lo llevaron. El campesino, sin fuerzas, arrastraba sus pies sobre la arena. Mientras así lo transportaban tenía los ojos clavados en el líder pirata. Éste, al final, perdió en la lucha de miradas y se volvió hacia sus hombres, gritándoles órdenes, muy enojado.
Le colocaron un sólido aro metálico al cuello. Unieron las dos puntas del torque a fuerza de diestros golpes de maza. Tan ajustado quedó que el metal rozaba constantemente la nuez. Después, clavaron las pesadas cadenas a una maciza roca del tamaño de medio hombre, sita en una zona áspera y brusca de la orilla. Usaron gruesos clavos de enorme cabeza que pasaban por el interior de varios eslabones. Estos se hundían en la piedra marina tras varios y poderosos mazazos.
Dejaron al campesino en el encharcado suelo de arena y se marcharon.
Frente a Galaf, a seis pasos de distancia, había un muro natural compuesto por altas y oscuras rocas. Contra ellas chocaban las olas. La espuma y el agua que lograban pasar sobre el obstáculo se depositaba en aquella pequeña piscina donde él reposaba arrodillado, doblado, con la frente casi tocando el agua.
La superficie líquida ascendía poco a poco. Varios cangrejos se acercaron en la negrura y comenzaron a picotearle brazos y piernas.
Él sentía las hirientes punzadas hirientes, pero no se movió. Su piel le parecía a mil millas de distancia. Quería continuar llorando, pero a sus rojizos ojos ya no le quedaban lágrimas.
Recordó a su familia, ahora muerta. Nunca volvería a sentir bajo él el cuerpo desnudo y caliente de su esposa Bera; nunca más disfrutaría de su sonrisa, de sus comentarios, de su expresión alegre o mohína. Tampoco tendría oportunidad de contemplar a su hija vestida con brillantes telas y coronada con una guirnalda de flores, como había aparecido otras veces en los festivales del verano, cortejada por numerosos muchachos. No le contaría ningún otro cuento a su hijo Vog, no le vería cerrar los ojitos y quedarse dormido sobre su regazo. Tampoco asistiría al crecimiento de Bjorn; no saldrían a cazar juntos jamás, no disfrutaría su paso de niño a adolescente, y de ahí a hombre.
En menos de cuatro horas, Galaf había perdido toda una vida. Donde antes hubiera alma y esperanzas ahora se abría una profunda herida que chorreaba un dolor espeso como el aceite. Aquel vacío le horadaba las entrañas, le cegaba el pensamiento. Y no podía escapar de él. Jamás había imaginado que pudiera existir un sufrimiento tan atroz.
Se le apareció de nuevo, con implacable nitidez, la cruda escena en el salón de su ahora calcinado hogar. Vio con los ojos de la mente la brutal violación de su mujer y su hija, sus muertes y la de sus dos vástagos.
Galaf sintió de pronto miedo. Algo en su interior se revolvió furiosamente, una bestia salvaje que subía desde los recovecos de su alma. Sufrió un seco y extraño chasquido en su mente, como si la hubieran quebrado dos manos poderosas e invisibles.
Sus manos se cerraron, estrujando el escurridizo agua. Imaginó que aquel líquido era la sangre de los asesinos de su familia y la bebió con ansia, tal que una alimaña, masticándola ruidosamente, saboreando su frío y su sal.
Se quitó de encima los cangrejos. Una bocanada de aire surgió desde el fondo de sus pulmones y explotó en forma de alarido pavoroso.
Venganza… Venganza… ¡Venganza! Tenía que lavar la sangre con sangre, la muerte con muerte, el dolor con dolor. La fuerza de este anhelo resultaba tan poderosa que le producía incluso un dolor físico, como si estuvieran presionando sus sienes entre los topes de un torno de herrero. El fuego corría por sus arterias, llenando sus músculos de fuerza y pasión y su cerebro de negra locura. Las oscuras llamas crecían, se expandían y aullaban. Se alzaban en columnas ígneas que él veía danzar ante sus brillantes y demenciales ojos. Extraían fuerza de la debilidad y energía de la desesperación
Una figura gigantesca y oscura apareció tras los rompientes. El ser tenía cuerpo humano y musculoso y medía al menos seis pies en altura. Su cabeza era la de un viscoso pez, cuyas facciones poseían un fantástico remanente humano. Vestía un jubón de algas entrelazadas y una armadura de un desconocido y resistente coral oscuro. Le acompañaban dos krakens grandes como toros. Aquellas criaturas habían venido del mar lejano y Galaf no las había sentido llegar. Las furiosas olas golpeaban inútilmente sus cuerpos .
Galaf miró al poderoso ser y sus mascotas sin sorpresa ni miedo. Lo reconoció instantáneamente como Ran, Dios del Mar.
-Serás un buen guerrero, humano -dijo el dios, con voz húmeda y profunda-. Sírveme y te colmaré de regalos. Domarás krakens y ballenas. Descenderás a palacios de imposible lujo sitos en fosas submarinas sin fondo. Cabalgarás las olas más titánicas. Conocerás el sabor de la victoria cuando extermines a mis enemigos. Degustarás la gloria que supone volar bajo el mar, como hacen los pájaros en el aire. Te embriagarás con los cantos y la belleza de las más exquisitas sirenas.
Galaf lo miró con ojos penetrantes.
-Vete, Dios del Mar. No utilizarás mi furia en tu provecho.
Los krakens treparon sobre los rompientes tras escuchar el desaire hecho a su amo y alzaron amenazadores sus gruesos tentáculos.
Ran los contuvo con sus poderosas manos.
-Pierdes mucho y no ganas nada, humano.
Acto seguido, dio la vuelta y echó a caminar mar adentro, de vuelta a sus profundidades.
Los truenos reventaron la paz sónica, los relámpagos iluminaron el cielo. Llovía. El nivel del agua crecía con rapidez. Ya le llegaba a Galaf, ahora en pie, por las rodillas.
Llegaron, provenientes de tierra adentro, un anciano y un muchacho.
El mayor era un guerrero vestido con una fascinante armadura, forjada fuera de este mundo. Corpulento y majestuoso, tenía un semblante grave y la mirada de su único ojo resultaba terrible, inextricable. Dos cuervos reposaban sobre sus anchos hombros, y su mirar contenía una inteligencia más allá de la mente humana. El joven, ancho y musculoso, poseía igualmente largas barbas, aunque muy rojas, y ojos de un azul impregnado por el éxtasis de las batallas. Vestía cota de mallas plateada sin mangas, calzones largos de cuero negro y botas de piel de oso. En su cabeza, un casco tocado de afiladísimos cuernos de toro. Llevaba en la diestra un enorme gigantesco martillo, plano por un lado y afilado por el otro. Cuando se acercaron lo suficiente, Galaf vio que los rasgos de ambos se parecían mucho, como si estuvieran unidos por la sangre.
-Únete a mí, guerrero -dijo el más mayor-. Pelea con mis huestes y conocerás la Gloria y el Poder.
-Vete, Dios de Dioses -contestó Galaf-. No utilizarás mi furia en tu beneficio.
El joven guerrero alzó su martillo, encolerizado. En el cielo hubo relámpagos y estallaron los truenos.
-¡Voy a destrozar a este insolente! -rugió-¿Cómo se atreve a…?
-No -el anciano detuvo al joven alzando una mano-. Déjale, hijo mío. Comprendo que las Nornas le tienen reservado otro destino. Adiós, hombre.
Galaf los contempló marcharse en silencio. También desaparecieron la lluvia y los truenos.
Súbitamente, experimentó un escalofrío que heló todo su cuerpo. Era un dolor sucio e intenso y que, sin embargo, proporcionaba gran placer.
Se volvió y vio a una mujer de piel blanquísima y ojos y cabellos negros como la noche. La melena, algo ensortijada, le caía sobre los hombros y la espalda. Vestía un traje también negro y brillante, digno de una reina, que se ajustaba a su perfecto cuerpo. La pálida y serena belleza de su rostro resultaba enloquecedora.
A su lado había un lobo gris, del tamaño de un caballo, tan dócil con su ama como hostil hacia el hombre.
La dama se acercó a Galaf sin preocuparse del agua que mojaba su espléndido traje. Él comprendió que el dulce dolor provenía de ella. La mujer le estaba succionando la vida con su mirada. Aquel robo producía en Galaf debilidad, asco y placer.
-Ven a mi reino -pidió la dama, con una voz suave y arrebatadora-. No temas. Te daré el descanso y la serenidad que necesitas.
Galaf estuvo a punto de aceptar la propuesta, pero se le apareció el rostro del líder vikingo de ojos grises que ordenara la violación de su esposa e hija y la muerte de todos los de su sangre. Comprendió que el Destino le había marcado ya y no le estaban destinados los regalos ofrecidos por la dama.
-Márchate, Hela, Señora de Lo Muerto -dijo-. No es a ti a quien debo seguir, ni tampoco deseo la paz que me otorgas.
El lobo gris rugió y mostró los colmillos.
-No le ataques, Fenrir -ordenó su ama. Miró a Galaf con ojos enigmáticos y tristes -. Es una lástima. Hubieras sido tan feliz conmigo…
La dama se marchó en dirección a la playa. Andaba sinuosa y mágicamente, acompañada siempre de su fiel bestia.
Galaf, ahora solo, miró hacia el cielo nocturno. Soltó una carcajada llena de rabia y vacía de alegría. Sus ojos se desorbitaron. Los hematomas del rostro brillaban rojamente. Comenzó a temblar. Trató de arrancar el aro metálico de su cuello. Tiró hasta que surgió sangre de sus dedos y garganta. Entonces, soltó la argolla. El agua le llegaba ya por la cintura. Se hundió en ella y tanteó sobre el ciego fondo, hasta hallar una piedra del tamaño de su propio puño. Emergió, tomó la pesada cadena y la colocó sobre la misma roca a la que le habían unido. Golpeó una y otra vez la piedra de su mano contra la cadena, incansablemente, gruñendo incoherencias, soltando espuma por la boca. En un desafortunado lance se rompió un dedo, atrapado entre el improvisado martillo y el eslabón, pero siguió obsesivamente, notando el dolor muy lejano, hasta que partió en pedazos su tosca maza. Encontró otra piedra maciza, del tamaño de un cerdo cebado. Empezó a levantarla. Sus músculos se tensaron e hincharon. Brotó un chorro de sangre por la nariz. Las negras gotas volaban al compás de sus jadeos y resoplidos, se le metían entre los dientes, llenándole la boca con un sabor metálico y caliente. Las arrugas de su frente se retorcían, como un nido de gusanos. Los azules ojos parecían a punto de salírsele del rostro.
Temblando de forma alarmante bajo la gran roca, siguió alzándola, hasta que quedó sobre su propia cabeza, exhaló un ronco grito y la arrojó con todas sus fuerzas sobre la cadena. Ésta se partió con un vibrante chasquido. Galaf soltó una risotada triunfal.
Llegó hasta la playa y echó a correr, farfullando incoherencias. Imploraba al Destino, le pedía seres odiados sobre los que descargar su ira. Mas estaba solo.
Al fin, sin fuerzas, cayo al suelo y perdió el conocimiento.


Medio año después, se producía una importante reunión en Odense, la popular ciudad de la isla de Fyn. Numerosos comerciantes, navieros, tratantes, vendedores y terratenientes, llegados de muy diferentes puntos (Dinamarca, Gotaland, incluso Noruega), olvidaban sus propias rencillas para unirse contra un enemigo común. Durante el último año habían sido extorsionados y asaltados por bandas de saqueadores terrestres y piratas vikingos. En aquellos tiempos difíciles los reyes de las diferentes naciones no tenían el poder suficiente como para mantener a raya tal delincuencia.
Así pues, los hombres de negocios habían decidido actuar al margen de la ley, empleando gran parte de su capital en formar un ejército de hombres rudos y eficaces, en su mayoría proscritos y mercenarios.
La ciudad de Odense estaba llena de tipos de mala catadura, guerreros sin patria ni señor, que peleaban tan sólo por el oro. Organizaban trifulcas en las calles y tabernas y perpetraban pequeños robos. El sheriff local no podía controlarlos y las fuerzas del rey de Fyn tampoco eran lo suficientemente fuertes como para domarles. Todos esperaban con impaciencia la marcha de estos indeseados forasteros.
En la fortaleza propiedad de un rico mercader, al que todos llamaban Ivar El Generoso, transcurría aquella noche una animada fiesta. El anfitrión había invitado a muchos otros señores navieros, y cada uno, como él mismo, venía acompañado de sus huestes. En el gran salón de banquetes ricos y pobres, gentiles y rufianes, pacíficos y pendencieros, bebían y comían alegremente. El objetivo de Ivar y sus aliados era acabar con Lars El Gris, un vikingo poderoso que durante el último año había asolado Jutlandia y el archipiélago entre Dinamarca y Escania.
Los poderosos debatían con sus lugartenientes en la mesa principal. El resto yantaba y mojaba el gaznate, observaban los bailes de los comediantes y bufones, se escapaban con las esclavas a lugares oscuros o aplaudían o lanzaban huesos de carnero a los escaldos.
En un rincón, apartado del resto, comiendo en silencio, se encontraba Galaf. Era otro hombre: la barba y el cabello le caían sucia y caóticamente sobre la espalda y el pecho. Vestía ropas bárbaras, propias de un mercenario sin dueño. De su cadera pendía una larga espada recta, enfundada en su vaina de cuero grueso. Su semblante aparecía hosco y pálido, sus ojos miraban el mundo colmados de ira y repugnancia. No hablaba con nadie y nadie hablaba con él. Sólo le importaba la empresa que allí se fraguaba: atrapar a Lars El Gris, el asesino de su familia.
En el otro extremo de la sala había un grupo de cinco berserkrs mercenarios. Parecían todos hermanos y compartían, además de las feas y duras facciones, maneras bruscas e intimidantes. Bebían y comían el doble que los demás congregados. Gustaban de insultar y provocar a guerreros y pacíficos.
-Tú eres un perro y un cobarde -le decía uno de los berserkrs a cualquiera que no fuese de los suyos.
Los ofendidos temían mucho a tales bestias y miraban hacia otro lado. Sonreían como si les hubiesen gastado una broma, pero en sus ojos brillaba la amargura y el rostro se les enrojecía a causa de la humillación.
Los berserkrs no provocaban a los señores que los contrataban, pues a pesar de su bestialidad no eran del todo estúpidos. Hasta el momento, sólo un guerrero, un joven inexperto y orgulloso, había replicado a la ofensa. El ofensor lo agarró del cuello y golpeó su cabeza contra la mesa hasta romperle el cráneo. Después rió, y sus hermanos también. Nadie se atrevió a replicarles.
Al llegar junto a Galaf, un berserkr llamado Skall le increpó:
-¡Cerdo! ¡Cuando quiera te mataré porque no eres más que un débil ratón!
Skarrion lo miró con asco y odio, mas no dijo nada. Siguió cortando y masticando la carne pegada a un largo hueso de venado.
-¿Cómo te atreves a mirarme así? -bramó Skall.
Comenzó a desenvainar su espada.
Algo se rompió en la mente de Galaf. Se levantó agilmente y antes de que pudiera Skall desnudar completamente su acero le atravesó la garganta con el cuchillo de mesa.
El berserkr se llevó las manos a la herida mortal, de la que ya manaba sangre a borbotones. Galaf lo apartó de un empujón, desenvainó la espada con un grito espeluznante y echó a correr hacia el siguiente berserkr.
Éste se llamaba Grimmur. Aún no se había enterado de la muerte de su hermano. Ni siquiera pudo volverse, la espada de Galaf lo ensartó, entrando por la espalda baja y saliendo a la altura del esternón.
Galaf siguió corriendo y empujando a Grimmur. Gruñía y jadeaba como una bestia, su rostro estaba contraído en una mueca demoníaca. Frenó bruscamente y el gigante cayó sobre una mesa estrepitosamente. La espada salió de la vaina humana chorreando sangre.
Galaf saltó en pos del berserkr más próximo. Se trataba de Hralf, un gigante juto que ya venía hacia él. Enarbolaba una espada corta y una maza. Comenzaba a entrar en estado salvaje. Tiró a varios hombres al suelo antes de que el resto se apartara de su camino.
Galaf se sintió de pronto rabia, alegría y una gran seguridad en sí mismo. Tenía talento natural para el combate y lo iba a aprovechar. Se dejó caer sobre sus rodillas. En el suelo encharcado y sucio resbaló a causa de la inercia. La maza de Hralf rozó su cabello. Hincó la espada en la rodilla del gigante, partiéndola. Sacó el arma de un brusco tirón y, antes de que Hralf perdiera el equilibrio se levantó, hundiendo el acero en la entrepierna rival. La espada entró hasta la mitad, atravesando la vejiga, las tripas y un pulmón. Hralf gimió con voz cavernosa y se desplomó. Pero Galaf ya se había apartado, esquivando el corpachón moribundo. Abandonó su espada en la vaina de carne y huesos y tomó la de Hralf. Reía.
-¡Alto! ¡Parad la lucha! -gritaba Ivar-¡Pelead contra los enemigos, no entre vosotros!
Se volvió hacia los silenciosos guerreros.
-¡Detenedlos!
Pero nadie osaría interponerse en una batalla entre berserkrs.
En el centro de la sala, Ugir y Starulf, los dos últimos del salvaje quinteto, echaban espuma por la boca, mugían como toros y desenvainaban sus espadas.
Galaf los esperaba. Mordió su labio inferior hasta hacerlo sangrar. El líquido escarlata manchó su barbilla y cuello, lo tragó y se pasó la lengua por la herida, complacido.
Ivar, exasperado, tomó una bolsa de monedas de cobre de su cinto y la arrojó a la zona de combate, esperando que la dádiva calmara a los luchadores.
La bolsa dio contra el suelo, se abrió y desparramó sobre la sangre derramada un chorro de brillantes monedas.
-¡Son vuestras si dejáis de luchar! -chilló Ivar.
Starulf y Ugir miraron el dinero. Durante un instante parpadearon, olvidando su locura asesina. Amaban aplastar enemigos, pero quizá más el dinero.
Corrieron a recoger las monedas. Eran muy pobres y el cobre los había deslumbrado. Galaf no olvidó su querella y aprovechó la distracción de los enemigos: a uno le abrió el cráneo con la espada y al otro le tajó el cuello. Era tan rápido y diestro que de nada les sirvió tratar de defenderse. En aquella época, los guerreros se contentaban con golpear sobre las espadas y los escudos, como dispuestos a echar abajo una pared. El más vigoroso rompía las armas del contrario o lo extenuaba, y entonces lo remataba. Pero Galaf pertenecía al futuro, pues aunaba la habilidad y la celeridad a la fuerza bruta.
Los berserkrs se desplomaron en el suelo cuan largos eran. Perdían vida y sangre por las mortales heridas.
Galaf quedó en pie. Miraba, tal que un demente, a vivos y muertos. No recogió ninguna moneda.
-¿Qué has hecho, estúpido? -bramó Ivar-¡Me has costado cinco buenos guerreros!
-Ellos me provocaron -contestó Galaf roncamente, entre dos jadeos. Su mirar asustó a Ivar-. No me expulses de tu expedición.
Aquello no fue una súplica ni una petición.
-Mataré al vikingo Lars El Gris -afirmó.
Clavó la espada en el suelo.
-¡Lo juro! -proclamó.
Toda la sala le contemplaba en silencio.
-Vendrás con nosotros -dijo Ivar, más calmado, observando a aquel loco y poderoso guerrero con espanto y admiración-Matarás al vikingo Lars El Gris.
El vencedor del combate limpió la sangre de su boca con el antebrazo, sacó su espada del cuerpo de Hralf con un húmedo siseo, la limpió en las pieles del muerto, la devolvió a la vaina y se marchó del salón.
Estallaron los murmullos. Ivar volvió a sentarse en su butaca, aturdido. Los esclavos sacaron los cadáveres y los guerreros cogieron ávidamente las monedas del suelo.

Embarcaron envueltos por la tiniebla. Sesenta guerreros, entre ellos Galaf, subieron la pasarela que unía la nave con el muelle. No hablaban y procuraban hacer el menor ruido al caminar. La noche era muy oscura y la bruma fría y espesa. Nadie debería enterarse de la auténtica carga que albergaban las bodegas de aquel barco con fines aparentemente mercantiles.
Era propiedad de Ivar. Se llamaba Nube Azul debido a que el casco había sido pintado de azul celeste-verdoso. Era una nave comercial, sin espolón de proa, Tampoco resultaba excesivamente rápida. Normalmente, tendría el cometido de transportar las mercancías de Ivar de un puerto a otro. Sin embargo, en esta ocasión el Nube Azul no guardaba en sus entrañas telas, especias o metales, sino hombres armados y peligrosos.
Ivar lo había cargado durante el día y a la vista de todos con pesados fardos llenos en realidad de arena y harapos y que supuestamente contenían telas y metales preciosos. Una vez en alta mar aquella falsa mercancía sería arrojada por la borda.
Ya en las bodegas los hombres se acomodaron sobre los fardos para dormir o charlar en susurros. Galaf encontró un rincón solitario y rápidamente se hundió en el sueño.
Cortaron amarras. El Nube Azul zarpó, internándose en la niebla que el mar expelía.

Durante los días sucesivos navegaron hacia el Norte. El objetivo era Oslo, donde -Ivar había hecho correr el rumor-se venderían las mercancías del Nube Azul.
En realidad, esperaban ser atacados por los piratas de Lars El Gris antes de pasar la punta Norte de Jutlandia. Al fin y al cabo, el vikingo dominaba el Kattegat entre Gotaland y Dinamarca, las mismas aguas por las que navegaría el mercante.
Los guerreros salían a cubierta y ayudaban a la tripulación oficial en sus faenas. Jugaban, reían y organizaban combates amistosos para pasar el tiempo. El asesinato estaba penado con la ejecución automática del culpable, aunque el delito se hubiese cometido en defensa propia. Así se evitaban las muertes en el seno de aquel enjambre de hombres violentos. Sólo se permitían luchas a manos desnudas. Quien empuñara el acero contra otro tripulante sería arrojado por la borda.
Según transcurrían los días, Ivar sentía grandes esperanzas de encontrarse con el drakkar gris de Lars. Realmente lo anhelaba, pues, como todo comerciante de la zona, odiaba al vikingo.
Cuando el Nube Azul se cruzaba con otras naves los guerreros corrían a esconderse en las bodegas. Sólo había ocurrido tal contratiempo en dos ocasiones y en ninguna de ellas el diminuto ejército corrió peligro de ser descubierto.
Galaf resultó ser el más hosco y solitario de la nave. No intervenía en peleas amistosas, las conversaciones o los juegos. Nadie intimaba con él ni lo provocaba -todos recordaban cómo trató a los cinco berserkrs en el salón de Ivar. Bebía mucho, casi a todas horas, pero trabajaba como el que más y sus ojos se aclaraban a la menor señal de alerta. Practicaba incansablemente con la espada y ninguno deseaba ejercitarse con él: entonces, llevaba a cabo fintas, mandobles y estocadas, haciendo brillar de sudor su rostro contraído por una terrible cólera, con los nudillos blancos a causa de la rabia con que empuñaba su arma. A pesar de su aspecto temible no hacía daño a nadie, y aquellas sesiones de tosca esgrima, en unos ambientes donde el uso del acero se limitaba a golpear con mayor fuerza al rival de la que él desplegaría para destrozarte a ti, entretenía a los ociosos. Ivar le dejaba hacer, observándole con una extraña mirada, como el que contemplara un suceso desagradable que sin embargo no le afectara directamente. Muchos curiosos contemplaban desgarrar, cortar y aplastar con su espada a un ejército de enemigos imaginarios. En realidad, nadie conocía cómo se llamaba este raro tipo, ni cuál era su pasado. Le llamaban El Loco o El Berserkr cuando no estaba presente, y Rápido -por su increíble destreza en el manejo de los aceros-a la cara.
A veces, en la fría noche, los hombres le oían llorar como un perro apaleado, desde su oscuro rincón de la bodega, sin que moviera un solo músculo del rostro, con la mirada triste y rabiosa clavada en las sombras, pegado, como de costumbre, a un pellejo de vino que ni el mismísimo capitán osaba tratar de quitarle. El Loco también provocaba excitados comentarios porque se debatía en sueños, como víctima de terribles pesadillas. Alguno susurró que tal vez estaba poseído o hechizado por algún demonio. Un jocoso contestó que efectivamente debía estar poseído por un espectro, uno muy sediento de sangre, y que él no sería el temerario que tratara de sacárselo del cuerpo. Todos los demás asintieron, comprendiendo que, aquella vez, este gracioso no había hablado en tono de broma.
Condenado a un ostracismo que él mismo procuraba alentar, Galaf continuaba la travesía sumido en las tripas de aquel barco, sufriendo por la tardanza en encontrarse, una segunda y última vez, con Lars El Gris.


Al cabo de dos semanas de travesía, cuando el Nube Azul había superado el cabo Skagen y entrado en las frías aguas inmediatamente al Sur de Noruega, el vigía anunció que una nave venía hacia ellos desde el Norte, un barco afilado, con las velas de color gris oscuro.
Los guerreros se escondieron en las bodegas. Estaban nerviosos y expectantes. Sabían que dentro de poco tiempo tendrían que pelear para matar o morir.
Tampoco Ivar, junto al timonel, y Hjalti, el capitán, sufrían una lúgubre excitación mientras observaban el rápido acercamiento de la cenicienta nave. Aunque no deseaban huír se intentó la escapada para no provocar la desconfianza del enemigo. El Nube Azul viró hacia el Este para aprovechar el viento. Las velas se inflaron de aire poderoso. Era un ágil barco comercial, pero le perseguía un espigado y velocísimo drakkar de combate.
El barco agresor parecía volar sobre las aguas. Su línea era elegante y surcaba suavemente el bronco mar. Los escudos sobre las bordas superior del casco anunciaban su condición guerrera. En la punta de proa había una temible cabeza de dragón con las fauces abiertas.
Sobre la cabeza del dragón estaba Lars El Gris, poderoso y severo. A su lado aguardaba el inseparable segundo, un gigantesco noruego a quien llamaban Rolf El Matador. Sobre los bancos de los remos y los puentes de cubierta permanecían en pie decenas de hombres armados, que alzaban las hachas, las espadas, los martillos y los cuchillos, desorbitando los ojos y aullando rudas burlas y espantosas promesas hacia el Nube Azul. Estaban tan convencidos de la victoria que ni se preocupaban de ocultar sus verdaderas intenciones.
En la cubierta del Nube Azul la gente actuaba nerviosamente para que la pantomima resultase más convincente. El mercante trataba de ganar distancia desesperadamente, mas todos comprendían que el drakkar les alcanzaría en menos de una hora.
Ivar era un comerciante, no un guerrero. Por consiguiente, se llevó a sus guardaespaldas a su cuarto y se encerró en él. Hjalti, el capitán, quedó al mando de la situación. Ya sabía lo que había de hacer.
Proa y popa de cada nave quedaron separadas tan sólo por cincuenta metros. Hjalti, con más de quince años de experiencia marina sobre sus anchas espaldas, suponía que los piratas no los embestirían con la proa: aparte de hacer peligrar su propia nave, no desearían hundir un barco con mercancías preciosas y que además podían vender a navieros del Norte sin escrúpulos. Se pondrían a babor o estribor del Nube Azul y tratarían de aferrarse a ella con ganchos, para después asaltarla. No perdonarían a la tripulación: los matarían a todos, menos a uno pocos que les servirían como esclavos.
Vio, consternado, que en el drakkar más de veinticinco vikingos colocaban afiladas saetas en los arcos y tensaban las cuerdas.
-¡Protegeos! -vociferó-¡Flechas desde popa! -gritó a su tripulación.
Sonó un coro de secos chasquidos y cortantes zumbidos. Una nube marronácea se alzó sobre la popa y aterrizó en cubierta. La mayoría fueron rápidos y se escondieron tras mástiles, bultos y montones de maromas. Otros tantos resultaron alcanzados por las flechas, que atravesaron facilmente sus cuerpos. Sobre cubierta reventaron aullidos de dolor y se oyeron los poderosos impactos de los proyectiles contra la carne y la madera.
Hjalti asomó la cabeza por encima de su escondite y vio el drakkar alcanzar la línea de popa. El griterío de los vikingos resultaba ensordecedor. Eran alrededor de ochenta, sucios, enormes, tatuados y llenos de cicatrices, todos armados hasta los dientes. Ya agarraban y se embrazaban los escudos colocados en las bordas.
El ágil drakkar se puso a la par del más pesado mercante, separado por menos de veinte brazas. El timonel del barco pirata maniobró con destreza y poco después ambos costados chocaron, estribor invasor contra babor atacado, haciendo saltar trozos de madera calafeteada. Los vikingos lanzaron treinta sólidas cuerdas unidas a filosos ganchos metálicos. Las puntas se clavaron sobre el suelo de cubierta y el mástil. Uno alcanzó a un marinero y éste, emitiendo alaridos, fue arrastrado por la cuerda hasta la baranda de babor, donde el cuerpo, sangrante y espasmódico, quedó trabado. Se levantó un viento frío y cruel, que gritaba y reía con voz silbante, que inflaba las velas casi en contacto y encrespaba los cabellos de los hombres aullantes. Las cuerdas unieron las naves, los cascos chocaron de nuevo, produciendo bandazos que sacudían las dos cubiertas.
Lars El Gris, siempre junto a Rolf El Matador, gritó a sus hombres en noruego y danés:
-¡Abordadlos! ¡Matad! ¡Destruidlos a todos! ¡Matad!
Los vikingos saltaron desde su barco a la nave apresada. Eran una marea oscura que portaba centelleante metal. Sus roncas voces se alzaban contra el furioso viento, en alaridos incoherentes o salvas de alabanza a Tyr, Dios de la Guerra, con cuyas runas los más creyentes habían marcado sus espadas, y el viejo Odín . Inundaron la cubierta del mercante y los heridos por las flechas fueron asesinados sin compasión. El resto corrió a esconderse en el interior del barco.
Hjalti vio, desde el castillo de popa, a la turba envuelta en pieles y largas cotas de malla metálica acercársele hacia su posición. Dio la orden correspondiente. A su derecha, el timonel alzó un tremendo cuerno de madera, especialmente trabajado para producir un sonido poderoso.
El instrumento cumplió su cometido cuando su dueño sopló por él con todas sus fuerzas. Otros dos cuernos más sonaron, manejados por hombres próximos al capitán. La cubierta se llenó con un mugido profundo y atemorizador que el iracundo viento inmediatamente se llevaba en su frígido y afilado seno.
Hjalti alzó el escudo y preparó su espada, deseando que pronto salieran los guerreros de la bodega. Confiaba en sobrevivir a esta batalla. Sus esperanzas se vieron truncadas cuando el primer vikingo, un noruego gigantesco, rompió su acero de un tremendo hachazo. El pirata tenía un rostro cubierto de cicatrices, suciedad y barba crespa y oscura. Aullaba el nombre de Odín y en sus claros ojos había fanática demencia. Asestaba hachazos sin freno, abriendo surcos en la madera del escudo, obligando al capitán a retroceder. El noruego bramó con voz profunda un torrente de palabras ininteligibles, como si estuviese entonando una horrenda oración mientras atacaba, apretó sus amarillentos dientes y de un tremendo hachazo a dos manos lanzó al capitán al suelo. El siguiente golpe de leñador tajó un pie. Después abrió una mano, casi partiéndola en dos. Hjalti gritó con pánico, viendo a aquella figura oscura y vociferante ante él, como un árbol humano recortado contra el cielo grisáceo, los cabellos y la barba volando al viento, los ojos dos espantosos puntos brillantes en el fondo de una faz congestionada y monstruosa. Algo metálico se acercó a su rostro y después reinó la oscuridad.
En las bodegas, los guerreros de Ivar escucharon el tañido de los cuernos. Aquélla era la señal convenida. Cuatro trampillas se abrieron sobre cubierta, levantando a ocho sorprendidos vikingos del suelo. Por cada una, disimulada con el dibujo de las tablas de cubierta, cabían holgadamente cinco hombres. Comunicaban con las bodegas de la nave y estaban estratégicamente situadas a proa, popa, babor y estribor.
Cuatro enjambres de hombres armados y rugientes emergieron a un mundo helado, ventoso, cubierto por espesas bóvedas que ocultaban la luz del Sol y sumían el mar en una grisácea penumbra. Los sorprendidos vikingos ya no eran cazadores, sino presas.
Lars El Gris se dio cuenta enseguida de la trampa. Su astuta estrategia solía ser la de atacar a enemigos más débiles, veloz y contundentemente. Prefería evitar a los peces grandes.
-¡Vámonos! -gritó-¡Volved al drakkar!
Dando ejemplo, retrocedió hasta la baranda de babor del Nube Azul y saltó a su barco. Rolf le siguió.
Mas la gran mayoría de vikingos estaban ya atrapados por aproximadamente el doble de enemigos. Se produjo el caos. Cerca de cien hombres luchaban a muerte sobre la cubierta. Comenzaron a volar brazos, manos, pedazos de carne y nubes de sangre que el ávido viento tragaba y se llevaba lejos. El sonido ensordecedor de los metales chocando ente sí ahogaba las voces furiosas o desgarradoras. Los guerreros formaron una apretada turbamulta, empujaron, asestaron tajos a una o dos manos, se protegieron con escudos, notaron saltar las tripas de sus rajados vientres o los huesos romperse bajo el golpe de los mazos.
Ivar salió de su camarote y subió al castillo de popa. Siempre escoltado por sus matones, deseaba asistir -desde una prudente distancia-a la matanza de vikingos.
Éstos, atrapados por un enemigo superior en número, caían a puñados, con las cotas desgarradas, los cascos abollados y las pieles y el cuero abiertos en jirones. Sin embargo, no eran gente que cayera fácilmente, y mataban a muchos antes de morir.
Ivar reía mientras observaba la tremenda batalla. Le regocijaba la exterminación de quienes le habían causado tan graves pérdidas económicas. Se acercó a la baranda del castillo e insultó a los piratas. Uno de éstos, herido y tambaleante, lo vio aproximarse y con sus últimas fuerzas arrojó su hacha. Acto seguido, un mercenario le hundió la espada, agarrándola a dos manos, como un puñal, en la nuca. El arma surgió por la nuez, con un húmedo crujido, y el vikingo se desplomó de rodillas, moribundo. El hacha acertó a Ivar en pleno rostro, llegando al cerebro y matándolo al instante. La sonrisa del mercader se heló en sus partidos labios y el rabioso viento se llevó, una vez más, la sangre de un cadáver.
Galaf fue de los primeros en salir a cubierta. Había esperado con ansiedad el combate, agarrando con fuerza el escudo circular y la espada.
Al sonar el cuerno empujó, junto a otros, la trampilla de estribor y emergió a cubierta. Como cada vez que luchaba, recordó la muerte de su familia y se tornó un berserkr, con una única directriz en su mente de hierro: matar, matar y matar.
Nada más salir partió la cadera de un vikingo merced a un terrible revés impulsado por un violento giro de cadera y muñeca. Y siguió repartiendo golpes como un poseso, acompañando cada uno con un ronco jadeo. El acero volaba y arrancaba nubecillas de sangre a la carne y chispas incandescentes a las armas. Se abría paso como un huracán de rabia y poder. Aunque valientes, los vikingos se apartaban de forma instintiva cuando él se acercaba, pues era la muerte personificada. Incluso destruyó a algún compañero. La locura combativa no le permitía distinguir entre amigos y enemigos, la bestia de su interior necesitaba sangre y él debía proporcionársela a cualquier precio.
Buscó a Lars El Gris y lo vio saltar, junto con su lugarteniente Rolf, al drakkar.
Aún más enfurecido, Galaf a avanzar hacia babor entre la turbamulta de guerreros y cadáveres. Quería llegar a toda costa hasta el líder pirata. Consternado, descubrió que tanto éste como sus allegados, desde la cubierta del drakkar, cortaban las cuerdas que unían las dos naves. También contenían, a base de flechazos, o a espada y hacha, a los sicarios del fallecido Ivar.
Ya la cubierta del Nube Azul se iba despejando y sólo persistían pequeños y espaciados grupos de luchadores. Había cadáveres por doquier, su sangre encharcaba la madera y sobre la carne muerta se arrastraban los heridos, aferrándose a la vida con todas sus energías. Dos vikingos se rindieron y tiraron las armas. Sus enemigos los ejecutaron sin piedad. Pero aún quedaban cinco o seis piratas irreductibles que preferían caer con la espada en la mano.
De entre éstos sobresalía por su ferocidad un grueso noruego de pelo rojo y ojos azules. Tenía el pecho rajado y sangraba abundantemente. Aún así, y convertido en berserkr, la locura combativa le proporcionaba un vigor y una temeridad colosales.
Este hombre se cruzó en el camino de Galaf cuando El Loco ya se acercaba al borde de la cubierta. Sus espadas chocaron y restallaron, haciendo peligrar los tímpanos. Luchaban sin estrategia ninguna, eran dos animales humanos que no pensaban coherentemente, cegados por el fuego de sus pasiones. Sus armas describían brillantes curvas, se mordían los filos y resbalaban una sobre otra, a la par que sus dueños gruñían, resoplaban y aullaban con cada golpe. Hubo un fulgor en zigzag y Galaf ensartó a su rival, tan poderosamente que le rompió la cota y el jubón y le metió la hoja en el cuerpo hasta la empuñadura, surgiendo por la zona lumbar, tensando el cuero y la malla. El vikingo bramó un torrente de palabras, escupió sangre sobre el rostro de Galaf, arrojó su espada y aferró a su asesino por el cuello. Le propinó un cabezazo y el borde del casco le rompió al danés el tabique nasal. Galaf sintió que el espeso dolor atontaba su mente. Respiró por la boca, pues la nariz se le llenó inmediatamente de sangre, que se le metió por los conductos respiratorios y le hizo toser violentamente. Parpadeó, medio cegado por las lágrimas. El vikingo reía y apretaba la garganta de su rival. Su dedo gordo encontró la nuez y presionó hacia abajo, intentando romperla. Galaf bregó furiosamente, hasta sacar la espada del abdomen enemigo, y la clavó bajo la boca del noruego, impulsándola hacia arriba, hasta que llegó al cerebro. El vikingo se derrumbó, muerto, pero aún tenía los dedos inexpugnablemente cerrados sobre la garganta. Galaf, mareado, buscando aire, consiguió otra vez sacar la espada y se desplomó de rodillas, arrastrado por el peso del cadáver. La vista se le nublaba, pero metió los dedos bajo las rígidas y musculosas manos y las separó de su enrojecido cuello.
Débil a causa del dolor proveniente de su nariz partida, vio que el drakkar se había separado definitivamente del Nube Azul y comenzaba a alejarse. La imagen de su familia destrozada se sobrepuso a la de los guerreros heridos y muertos, la sangre de las maderas, el mar, el cielo oscuro y ominoso. Echó a correr hacia la nave pirata, limpiándose la sangre y las con el dorso de la diestra. Llegó a la baranda de babor, tiró la espada y saltó, estirando los brazos. Abajo, el mar entre los dos cascos estaba sembrado de bultos sin vida flotantes. Se acercaba a una cuerda colgante de la cubierta vikinga, anteriormente unida a un gancho de abordaje, cortada por un defensor y ahora colgante del barco gris. Chocó brutalmente contra el calafateado. La cuerda se aplastó bajo su pecho y Galaf se zambulló en el agua helada. Notaba el cabo rozando su rostro y lo agarró. Salió a la superficie y comenzó a trepar, enloquecido. Se rasguñó una rodilla contra el casco, pero subió varios palmos más, aferrado al grueso cabo, con los pies rozando la espuma que levantaba el casco al surcar las olas.
Entonces, la nave viró hacia el Este para aprovechar el fuerte viento. Ya en la dirección adecuada, las velas se hincharon y su velocidad se redobló. Galaf, resultó impulsado hacia atrás. Trató de aferrarse a las ventanas de los remos, ahora cerradas No lo consiguió. Sus dedos resbalaban una y otra vez sobre la húmeda madera.
El Nube Azul, más lento, quedó atrás. Sobre su cubierta los vencedores aullaban jubilosos e increpaban a los escapados. Algunos lanzaban inútiles flechas hacia el drakkar.
Galaf sintió que la debilidad le podía. Los ojos se le cerraron. Entonces, recordó a su hija y mujer mientras las violaban en el salón familiar, sus gritos ensordecedores de horror y asco al ser penetradas y mancilladas una y otra vez. La rabia volvió y le dio fuerzas: el Destino aún no deseaba su muerte. Escaló por la cuerda, luchando contra la debilidad de sus músculos extenuados, contra el viento cortante, contra el salitre que llenaba sus ojos y flotaban en su estómago. Palmo a palmo, extrayendo energías de donde no había, subió por el cabo.
Tembloroso y jadeante, pasó sobre la baranda y caminó tambaleándose, como un borracho.
Los vikingos, pocos y deprimidos tras la derrota, lo habían visto surgir del mar como un demonio de las profundidades. Galaf tenía los ojos enrojecidos y desorbitados. La sangre manaba en dos pequeños hilos de la nariz deformada. Tenía las barbas y los cabellos tan mojados y caóticos como los de un troll de los bosques. Su dedo índice señalaba hacia Lars, quien lo contemplaba, inmóvil, desde la proa. Junto a él estaba Rolf El Matador.
Los piratas, asustados, se alejaron de aquella aparición. Sólo Rolf y Lars permanecían en su sitio. Ambos habían palidecido mortalmente y el asombro y el espanto se conjugaban en sus pupilas. De pronto, Lars le reconoció. Exhaló un gemido de horror y dio un paso hacia atrás.
Entonces Galaf cayo al suelo y quedó allí, como un bulto desmañado, incapaz de seguir consciente.

Le despertó el agua helada. Hicieron falta dos cubos. Abrió los ojos y contempló un pequeño número de vikingos a su alrededor, seis en total, los únicos supervivientes de la batalla. Estaba de pie, fuertemente atado al mástil del drakkar. Le habían limpiado y vendado las heridas mientras se hallaba inconsciente. Se sentía lleno de energías. Y odio.
Lars lo miraba de forma indescifrable, siempre acompañado de Rolf. Galaf clavó sus ojos en el líder vikingo y trató de liberarse. Las cuerdas, del grosor de un puño, se clavaron en su pecho, tobillos, muñecas, brazos y piernas. Acudió el sudor a su rostro, amoratado y tumefacto a causa de la nariz rota, y volvió a sangrar. Le habían atado con efectividad marinera, así que sus enérgicos intentos no consiguieron despegar ni un dedo su espalda del mástil.
Los vikingos se hubieran burlado de otros prisioneros. Pero nadie sonrió a costa de Galaf.
-¿Por qué has venido hasta mi barco? -preguntó Lars, en claro danés-¿Por qué no te quedaste con tus compañeros, saboreando la victoria?
Galaf habló roncamente:
-Bien lo sabes, Lars El Gris, asesino de mujeres y niños. Quiero venganza, justa venganza. Tú mataste a mi familia.
Lars lo contempló en silencio.
-¡Voy a rajarlo como a un cerdo! -intervino Rolf-Está llenó de odio, sólo nos traerá complicaciones.
Sacó el hacha de su sujeción al cinto y reculó el brazo derecho.
-No -ordenó Lars. Durante un solo instante, pareció apesadumbrado. Después, recuperó la frialdad habitual-. Déjalo ahí. Ya pensaré qué hacer con él.
Se volvió y fue hacia su pequeño cuarto, en la popa, el único de la nave, con los hombros encorvados, como si soportase sobre ellos un gran peso.
Una vez que hubo desaparecido Rolf aspiró con fuerza y lanzó el hacha. Galaf lo vio venir y no cerró los ojos. El filo se hundió unos centímetros por encima de su cabeza. Todos sus músculos faciales se tensaron, mas no había parpadeado siquiera.
-Tienes suerte… -le dijo Rolf, arrojándole una mirada asesina-. Tienes mucha suerte…
Le dio la espalda. Los cuatro restantes marineros se dispersaron, hacia diferentes puntos de la cubierta.

Aquella noche, Galaf aun seguía atado al mástil. Sin soltarlo, le habían dado de comer. Al parecer, Lars no deseaba que muriera. El prisionero tenía el cuerpo helado por el frío y la falta de riego sanguíneo. El viento procedente del Oeste aún inflaba las velas. Más allá de las bordas, la espuma de las olas brillaba sobre un fondo de negrura. El viento silbaba ominoso, profundo.
Eran muy pocos los piratas sobre el drakkar, así que hasta el mismísimo líder, Lars, tenía que hacer guardia. En ese momento, era el único que no dormía del barco. Se acercó a Galaf. Ambos se observaron en silencio. El vikingo sacó un cuchillo de su vaina y lo clavó en el mástil, a pocos dedos de las cuerdas del reo. Después, despertó al siguiente turno y se metió en su cuarto.
Galaf frotó el grueso y escarchado cabo contra el cuchillo, llevando cuidado de hacerlo sólo cuando el soñoliento centinela miraba en otra dirección. Le llevó una hora liberarse. Cuando lo consiguió, el vigía cabeceaba, arrullado por las olas, manteniendo firme el timón. Aquellos experimentados marinos serían capaces de seguir un rumbo fijo incluso dormidos. El prisionero casi ni podía andar y hubieron de pasar dolorosos minutos hasta que la sangre volvió a correr normalmente por sus arterias.
Tomó el cuchillo y el hacha clavados en el madero. Mientras avanzaba sobre cubierta, como un gran gato, vio una lejana sombra sobre el horizonte. Sin duda, se trataba de la costa de Gotaland. También distinguió varias prominencias afiladas por el Sureste. Eran gigantescas islas de roca, contra las que un barco podría hacerse pedazos.
Silenciosamente, llegó hasta la popa. Allá estaba el vigía y timonel, cumpliendo su monótona tarea entre ronquidos. Galaf apretó la mandíbula, sus ojos brillaron en la oscuridad con un fulgor asesino. Se le echó encima, tapándole la boca, y clavando con fuerza el cuchillo en un ojo. La punta llegó al cerebro y el vikingo murió al instante. Galaf lo echó por la borda con cuidado. Ninguno de los otros cuatro vikingos restantes, enrollados en sus mantas, dormidos junto a los bancos de remos, despertó. Tampoco emergió nadie del cuchitril del capitán.
Sin una mano que mantuviera el timón, el barco comenzó a virar lenta e inexorablemente hacia el Sureste.
Galaf, aún silencioso, el puñal y el hacha en la mano, se deslizó entre los bancos de remos. El Destino le sonreía, pues ninguno de los tres siguientes vikingos despertó antes de morir. El cuarto y más lejano era Rolf, situado en el último banco, cerca de la punta de proa.
Entonces, sonaron crujidos procedentes de la popa, del cuarto de Lars. Durante más de treinta frenéticos latidos, Galaf se debatió entre acabar con Rolf antes de que éste despertara, o encargarse de Lars. Podía oír los broncos ronquidos del noruego. Sin duda dormía profundamente. Mas, si el capitán aparecía en cubierta ahora, descubriría que su cautivo habría escapado y daría la alarma. Tendría que enfrentarse a la vez contra los dos últimos vikingos. Sin embargo, si era rápido y hábil, podría despachar a Lars antes de que despertara Rolf. Entonces, sólo se las vería con un último hombre.
Sonaron nuevos crujidos desde la cabina de Lars. Si salía ahora, podría echarlo todo a perder. Tragándose una maldición, Galaf se encaminó hacia la popa.
La puerta de la cabina era pequeña y estaba enclavada en el mismo suelo de cubierta. Mostraba un grueso aro metálico y negruzco, del que habría que tirar para abrir la trampilla. Miró por última vez hacia proa. El bulto sombrío que era Rolf continuaba inmóvil, ajeno a la liberación del prisionero y la muerte de sus compañeros. Galaf metió el cuchillo entre el cinto y la cadera y agarró el asa de la puerta. Reprimió un jadeo y la alzó lentamente, preparando el hacha para descargarlo sobre el capitán, si es que le esperaba en la misma entrada de su cuarto.
No fue así: sólo descubrió una escalerita de peldaños de vieja madera, que descendía unos dos pies, hasta un suelo de tablas, sucio y oscuro. El corazón de Galaf galopó frenético mientras bajó los escalones, acostumbrando los ojos a la negrura de la cabina. Un solo chorro de suave claridad azulada, proveniente de las estrellas, surcaba la pequeña estancia, desde un ventanuco en la pared de la izquierda. Era la estancia casi cuadrada, de casi pies por lado, y había que agachar la cabeza para no dar con la coronilla en el techo. Distinguió la sombra de una mesita, unos bultos en el suelo, a su izquierda, tal vez ropa o armas enfundadas, y un sencillo catre. Nada más.
Sobre la pequeña cama, al otro lado del cuarto, descubrió a Lars, sentado, como una figura impenetrable. Ahondó en la oscuridad de su rostro y comprendió que El Gris le miraba fijamente, sin un solo movimiento. Sólo la fuerte respiración que hacía subir y bajar su gran pecho desmentía la total inmovilidad. En la mano izquierda tenía un enorme puñal. En la diestra empuñaba una espada.
Galaf sintió que la furia oprimía sus sienes. Cerró la trampilla y corrió la barra de hierro sobre el pasador. Lars ni se había preocupado de echar el cerrojo para impedirle entrar. El Loco sacó el cuchillo del cinto y agarró con fuerza el hacha.
-Al fin has venido -dijo El Gris, con voz tranquila y profunda-. Lo que ha de ser, sea. Luchemos.
Se levanto, aprestando la espada y la daga, encorvando el cuerpo y dando un paso hacia delante. Algo se quebró en la mente de Galaf. Aulló y se lanzó hacia Lars, atravesando la oscuridad. La espada del pirata paró su golpe y El Gris contraatacó.
Luchaban con denuedo, como sombras huidizas y fugaces, como perros en un callejón, entre jadeos, gritos, gruñidos y el estruendo propio del entrechocar de aceros. Tiraban y destrozaban los escasos muebles y bultos, se empujaban y lanzaban puñadas, daban contra las paredes, el suelo y el bajo techo con estruendo y, no obstante, continuaban en salvaje liza. Los ojos de Galaf ardían de ira, los de Lars brillaba con furia cerebral. El primero atacaba como un toro furioso, el segundo luchaba con habilidad y eficacia, intentando llevar las riendas del combate. Ambos estaban muy igualados.
Se oyeron voces procedentes del exterior. Rolf, alarmado a causa del ruido de aceros y los alaridos, intentaba echar la puerta abajo, pero la barra del cerrojo era fuerte y podría resistir durante varios minutos más.
En un momento dado Galaf empujó a Lars. El vikingo cayó sobre una pequeña estantería de un rincón, derribándola y arrojando al suelo multitud de pequeños tesoros y adornos bárbaros.
Un objeto caído llegó hasta los pies de Galaf. Sin saber por qué, lo recogió, retrocedió y miró detenidamente, bajo la luz del ventanuco, sin bajar la guardia en cuanto a su rival. Era una figura tosca e infantil esculpida en madera. Un dragoncito. El juguete de un niño.
-¡Suéltalo! -bramó Lars-¡No lo toques!
Había perdido del todo su compostura, la furia y la desesperación borraban cualquier frialdad de su rostro.
Galaf miró a Lars, luego al dragoncito de juguete. Peleó contra la confusión. De pronto, comprendió.
-Esto era de tu hijo -dijo, mostrando el juguete-. Tú también tenías una familia.
Lars rugió como una bestia y se lanzó sobre Galaf. Éste se apartó y golpeó con el hacha. La hoja abrió la cota y el pecho de Lars, lanzándolo contra una pared. Sin embargo, antes de ser herido, el vikingo había arrebatado el juguete de manos de Galaf.
El pirata, desde el suelo, contempló la figurita con detenimiento y, bajo la claridad de las estrellas, sonrió con una tristeza infinita. Estaba llorando. Miró a Galaf y la vista se le llenó de rabia. Trató de levantarse, mas el escalofriante tajo en su pecho era mortal y él lo sabía. Se dejó caer de nuevo. La sangre manaba en finos chorros por la herida, el rostro estaba tornándose ceniciento. Jadeó. Habló con voz entrecortada:
-Desde que te vi por primera vez supe que me matarías.
Galaf lo miró enigmática y fríamente.
-Tú ya estabas muerto entonces, Lars El Gris. Deseabas morir y por éso no acabaste conmigo en mi propia casa, hace un año. Ni permitiste que esta mañana lo hiciera Rolf. Y hoy, cuando clavaste ese cuchillo junto a las cuerdas que me ataban al mástil, sabías que las rasgaría con él y por la noche vendría a buscarte. Has sido un cadáver durante todo este tiempo, Gris. Un moribundo que ansiaba fallecer de una vez por todas.
Lars miró el dragoncito y lo apretó contra su húmedo pecho. Después, dirigió los ojos hacia Galaf. Sonrió irónica y amargamente. Dijo:
-A veces, los hombres toman extrañas decisiones que ni siquiera comprenden…
Los ojos perdieron el brillo de la vida.
La trampilla cedió al fin y una vaharada de aire helado alivió el ambiente cargado de sangre y sudor. Sonó la ruda voz de Rolf:
-¡Lars! ¿Estás vivo? ¡Ese danés del demonio escapó y ha asesinado a…!
-El Gris ha muerto -anunció Galaf, aprestando de nuevo sus armas-¡Sólo quedamos tú y yo, Matador!
Durante varios latidos, reinaron el viento, el susurro de las olas y el crujido de las olas. Entonces, la voz del noruego tronó:
-¡Sal afuera y pelea contra mí, hijo de perra! ¡Vamos! ¡No te atacaré hasta que estés aquí arriba!
Galaf agarró un fardo de ropa del suelo y lo aproximó a la abertura de la trampilla. Un fuerte espadazo se lo arrancó de la mano. Rolf, como una figura oscura alrededor del cuadro, alzó el bulto y lo arrojó hacia atrás. Soltó una gran carcajada.
-¡Eres listo, danés! -gritó-No te fías de mí, ¿eh? Ya que no puedo engañarte, jugaré limpio: mírame ahora. ¡Me estoy alejando!
Galaf contempló la sombra de Rolf. Efectivamente, andaba hacia la proa, pero sin dejar de observar la trampilla.
El Loco surgió en dos saltos al exterior. La Luna había salido de entre las nubes e iluminaba fabulosamente el barco, como una larga daga que surcara un mar de plata. El viento alzaba sus enmarañados cabellos y barba. Las estrellas arrancaban destellos al cuchillo y la espada tiznadas de negro. Sangraba por varias heridas menores y su ira mantenía lejano el dolor. En la proa, Rolf se erguía como una montaña. Tenía un escudo embrazado y una espada en la diestra. Tras él, las islas de roca comenzaban a crecer de manera peligrosa. deformes. En menos de una hora, el drakkar sin timonel chocaría contra ellas.
-¡Escúchame, necio! -gritó Rolf-¡Si alguien no doma el timón, los dos vamos a perecer
Galaf empezó a saltar sobre los bancos de remero, los ojos clavados en el noruego.
-Todos moriremos hoy aquí -contestó-. Es el mejor final para esta historia.
Rolf retrocedió un paso. Temía el hacha de su enemigo.
-¿Lo has matado? -preguntó-¿Realmente, has matado a Lars?
-Sí. Pero mi venganza no se consumará hasta que muera el último vikingo de este barco.
-¡No tiene por qué ser así! -protestó Rolf-¡Tú debes ser nuestro nuevo capitán! Así lo estipulan las Leyes del Mar: si un hombre vence en justa lucha al capitán, puede convertirse en el nuevo líder del barco.
Galaf se detuvo cuando ya había recorrido la mitad de cubierta, y lanzó una carcajada llena de hiel.
-¡No acepto las leyes de dioses, ni de los hombres, ni tampoco las del mar! Sólo acato un mandato: ¡la venganza!
-¡Eres un loco! ¿Por qué debemos morir? ¡Disfrutarás de aventuras, riqueza, mujeres y cuantas otras alegrías puedas imaginar! ¡Tendrás poder! Sé que te gusta combatir y matar, lo he visto en tu rostro. Eres un lobo que se ha desprendido al fin de la piel de cordero.
-¿Como Lars? -preguntó Galaf-¿Él fue un cordero o un lobo?
-Cuando lo conocimos, se trataba de un ser vulgar, como tú -contestó Rolf-. Yo mismo maté a su familia, delante suyo. Me lo traje al barco y lo hice mi esclavo. Guardaba dentro de sí mucha rabia, pero la supo canalizar en su propio beneficio; acabó aceptando la situación y se convirtió en uno de los nuestros. Peleaba a nuestro lado y llegó a convertirse, por méritos propios, en el nuevo capitán. Pronto olvidó su patética existencia anterior… ¡Tenía una nueva vida y le gustaba! -el pirata bajó la voz-Yo le quería como a un hermano.
-Ahora, está muerto -afirmó Galaf.
Rolf lo contempló durante varios latidos de forma lúgubre. Dijo:
-Vi a Lars degollar a muchos inocentes sin que le temblara la mano, pero desde el día en que te conoció, cambió. Se volvió débil, hasta el punto de buscar su propia muerte perdonándote la vida. ¿No fue él quien te liberó del mástil?
-Sí -respondió Galaf-. Él se contempló a sí mismo en mí y no lo pudo soportar.
-Lo suponía. Era mi compañero de lucha, mi hermano de sangre. Pero se ablandó, y nuestra fraternidad no tolera la debilidad. Sólo aceptamos a los fuertes -le señaló con la espada-. ¡Tú lo eres! ¡Conviértete en un nuevo hombre, disfruta de una nueva vida!
Galaf pensó en la extasiante alegría que le había invadido al masacrar enemigos, al aplastar a quienes osaban interponerse en su camino, en saberse superior al contrario y demostrárselo sin piedad. Se trataba de un placer embriagador. Imaginó un futuro cargado de batallas y victorias. Lo tenía al alcance de la mano. Podía cerrar los puños sobre la garganta del mundo y doblegarlo hasta obtener de él cuanto deseara.
Entonces, recordó las últimas palabras de Lars El Gris: "A veces, los hombres toman extrañas decisiones que ni siquiera comprenden…".
Siguió corriendo y saltando sobre los bancos, hasta alcanzar a Rolf. Entraron en liza, hostigando al vikingo incansablemente. El pirata luchaba con bravura, reía locamente y lanzaba vítores a Tyr y Odín. Finalmente, un poderoso hachazo le alcanzó el cuello y se derrumbó, como un buey en el matadero.
Galaf, jadeante, sintiendo el frío helándose sobre la piel, llegó hasta la punta de proa y permaneció en pie, viendo acercarse más y más las negras masas de roca. La espuma de las olas brillaba contra ellas.
Se sintió viejo. La venganza se había consumado. Él ya no era nada. Su vida estaba vacía. Apoyó el filo del hacha en su garganta y de un fuerte y eficiente tajo la abrió de lado a lado.
Poco después, el drakkar colisionaba fatalmente contra las inmensas rocas. Las cuadernas saltaron en pedazos, el mástil se partió, las velas fueron desgarradas y el mar se tragó la rota nave y los cadáveres que la ocupaban.


® Andrés Díaz Sánchez

 

 

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