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El automóvil
 
Sergio Borao Llop

Y fue como si de repente se hubiera hincado un clavo en mi cerebro.
Intuí que la decisión, al igual que tantas otras, no era mía, sino que había sido dictada por los esquivos dioses del sueño o acaso por enigmáticos mensajeros de quién sabe qué dimensiones del incierto futuro.
Supe que habría de cumplirse irrevocablemente, del mismo modo que me ocurría con todo. Ahora vendría un largo periodo de meditación que terminaría de convencerme de lo útil y ventajoso que resultaría poseer un automóvil. (Pura apariencia, ya que, en realidad, todo estaba decidido desde antes)
Pero tampoco vaya a pensarse. Yo no pretendía ser dueño de uno de esos autos lujosos que nos muestra el cine norteamericano. Ni siquiera uno de los nuevos modelos anunciados hasta la saciedad en los diferentes canales de televisión, demasiado costosos para los pobres recursos de los que yo solía disponer.
Yo buscaba algo más modesto, más asequible a mi humilde salario de obrero metalúrgico. Hablo, es claro, de un auto pequeño, de segunda mano, no demasiado viejo y a ser posible con pocos kilómetros de rodaje. Ciencia ficción, vamos.
Sin una idea fija en la mente, vagué por las calles del centro, como venía haciendo desde el aciago momento en que la soledad se adueñó de mi vida. Me detuve repetidamente frente a los deslumbrantes escaparates de varios concesionarios, contemplando la multitud de automóviles allí expuestos, casi todos nuevos y relucientes, hermosos, llamativos y seductores; todos equipados con las últimas tecnologías, lo más nuevo en diseño de interiores y las más atractivas comodidades. Todos, obviamente, demasiado caros.
Por fin (ahí volví a sentir que no era yo quien guiaba mis pasos) entré con timidez en un recinto acristalado repleto de coches de múltiples formas y tamaños. "Aquí encontraré lo que busco" pensé sin dejar de asombrarme de mi propia seguridad. Con paso resuelto, me dirigí hacia uno de los vendedores, pero él me ignoró por completo, sin duda a causa de mi vestimenta, que delataba el escalafón social al que pertenecía. El tipo pasó ante mí como si yo no estuviera y se encaminó hacia un cliente bien vestido que había entrado en el local detrás de mí.
Aunque no me causó ningún tipo de sorpresa tal comportamiento, la insólita escena se repitió un par de veces más, lo que hizo aumentar mi perplejidad y, sobre todo, la indignación que se iba abriendo paso en mi interior ¡Aquello era demasiado!
Me disponía a marcharme de aquel lugar en el que se trataba con tan poca consideración a determinados clientes, cuando de uno de los automóviles surgió un hombrecillo bajo y rechoncho, curiosamente ataviado. Vestía un traje muy desgastado, de color indefinido, sin corbata. Unas deportivas blancas, bastante sucias, remataban su atuendo. La mayor parte de su voluminosa cabeza estaba desprovista de pelo. Nadie podría haberle tomado por un vendedor, pero como tal se presentó. Excusó a sus compañeros haciendo alarde de una estudiada cordialidad, mientras estrechaba mi mano con una fuerza y una pasión que me parecieron patéticamente exageradas. Al hablar, surgía en su rostro la sonrisa hipócrita e impersonal tan común en su profesión, pero había como un trasfondo cálido en aquella especie de mueca; sí, algo cálido y a la vez desagradable. Me asaltó una sensación de fetidez, pero el aire era fresco y tenía ese leve perfume de los ambientadores. Tampoco se trataba del aliento del sujeto que me hablaba incesantemente. Decidí dejar en segundo plano mis impresiones y centrarme en el objeto de mi visita.
Después de la media docena de acostumbradas frases, aprendidas con mucho esfuerzo a lo largo de su ya "dilatada experiencia" como el tipo gustaba de repetir al comienzo de cada una de ellas, pasó a mostrarme el amplio surtido de autos. Como ya suponía, la mayoría de ellos escapaba por mucho a mi exiguo presupuesto. Notando con perspicacia profesional el desaliento que iba creciendo en mi ánimo ante cada nueva cifra que pronunciaba, el hombrecillo me fue conduciendo, sin dejar de hablar ni de sonreír, hacia la sección de los utilitarios. Estos se ajustaban mejor a mi situación económica pero, debo decirlo, me parecían en exceso pequeños e incómodos, además de las evidentes limitaciones de sus motores, que en ningún caso podrían competir con los otros, de mayor cilindrada.
Como es fácil suponer, a estas alturas me hallaba invadido por una gran tristeza. Ahora, después de examinar con cuidado cada una de las secciones del concesionario, sabía lo que deseaba, pero de igual modo sabía que jamás podría permitírmelo. El hombre, haciéndose cargo de mi pesadumbre, pero conduciéndose al mismo tiempo con un tacto que no hubiese esperado de un vendedor de coches, me dirigió una ambigua sonrisa y dijo:
- Creo saber lo que necesita. Sígame.
El tono fue más bien suplicante, pero algo en sus ademanes hizo que ni siquiera me plantease desobedecer la orden implícita en la breve frase. Con pasos cortos y vivaces, inapropiados en un lugar como aquel, se dirigió hacia el lugar donde yo me encontraba en el momento en que me abordó con su apacible amabilidad y su incesante verborrea. Señaló con un gesto el coche del que le había visto salir y preguntó:
- ¿Le gustaría tener algo así?
El automóvil que me mostraba, negro, era una réplica exacta de lo que yo, o cualquier otro conductor, hubiéramos podido soñar, con su perfecto diseño aerodinámico y los hermosos alerones laterales. El interior aun era, si cabe, más sofisticado. Podía verse un completísimo cuadro de mandos en el que no faltaban los más caprichosos aparatos tecnológicos. La tapicería, de cuero, se veía reluciente, parecía una invitación a dejarse llevar por la comodidad que evidenciaba. Por desgracia, estaba seguro de no poder pagar aquella maravilla. Me creí objeto de una broma de mal gusto, así que, sin la menor cordialidad, dije:
- Será mejor que no se burle de mí. No tengo humor para semejantes payasadas. Este automóvil, lo sabe perfectamente, es un sueño. Daría todo lo que tengo a cambio de poseerlo, pero sé muy bien que no bastaría. Debe ser carísimo...
- Puede estar seguro de que cuesta mucho menos de lo que imagina. Pero seguro que no es el momento de hablar de su precio. ¡Pruébelo! Después fijaremos los detalles.
- No insista, por favor. Ya conozco el método. Primero me muestra el auto, me permite probarlo y disfrutar de todas sus comodidades. Luego, cuando ya estoy prendado de sus múltiples cualidades, cuando me doy cuenta de que ya no puedo prescindir de la exuberancia de sus controles ni de la hermosura de la carrocería, me dice el precio. Naturalmente, es excesivo. Con tal de hacerme con esa maravilla, adquiero deudas que jamás podré pagar. Pasado un tiempo, vienen a llevarse el auto por impago de alguno de los innumerables recibos. No ignoro que de este modo han causado ustedes la ruina de muchas familias. Si no me dice el precio por adelantado, no haré ninguna prueba.
- No sea imbécil. Le estoy ofreciendo una oportunidad única - su tono casi violento me desconcertó. A mi pesar, retrocedí hasta apoyarme en el coche. El mero tacto del frío metal ya era una caricia para mis dedos - ¿Quiere probarlo o no? Decídase. Mi tiempo es valioso.
Como no podía ser de otra manera, mis labios se movieron para iniciar una respuesta negativa, pero el impulso de otras veces, aquel que me ha empujado siempre a actuar en contra de mi voluntad consciente, se introdujo en mi boca ahogando de golpe las palabras que ya comenzaban a surgir y sustituyéndolas por otras, de ansiosa aceptación:
- Está bien - dije. Me sentí repentinamente cansado, deseoso de recostarme en el mullido asiento del automóvil. La sensación de derrota se mezcló con otra, acaso de súbita esperanza - Lo probaré.
El hombrecillo volvió a sonreír. En su mirada brillaba una extraña luz. Pensé que quizá estaba loco. Su atuendo, sus modales apoyaban esta hipótesis. Luego conjeturé que el loco era yo, arriesgándome de ese modo a probar un auto que nunca sería mío, y en compañía de aquel individuo. Después me resigné. Total ¿qué podía perder?
- No se arrepentirá - dijo él - ¿Lleva el permiso de conducir?
- Por supuesto - respondí. Mi voz sonó fría sobre el inmenso fondo de la enorme nave, que se había ido quedando casi vacía.
El hombre rodeó el auto y se introdujo en él, colocándose en el asiento derecho. Yo hice lo propio en el lado del conductor. Al coger el volante con ambas manos, un inexplicable estremecimiento de alegría me hizo exclamar:
- ¡Maravilloso! ¡Ya sabía que merecería la pena!
Comprobando que todo estuviese en orden, giré la llave en el contacto, solté el freno de mano y me dirigí con extrema lentitud hacia la puerta de vehículos, que se hallaba abierta, esperando nuestra salida.
Ya en el exterior, miré disimuladamente por el espejo retrovisor. Con cierta nostalgia, vi como se cerraba aquel portón metálico y tuve la extraña impresión de que nunca más se abriría. Pero la conducción exigía toda mi atención y muy pronto dejé de pensar en esos detalles que sólo podían entristecerme.
Giré a la derecha, tomando una calle que llevaba a las afueras de la ciudad, siempre bajo las precisas indicaciones del hombrecillo, que ahora, sentado, tenía un aire más burocrático. Incluso su enorme papada, que al principio me resultó bastante cómica, le confería, mirándolo de otro modo, un deje de respetabilidad. Con precaución, fui acelerando hasta alcanzar una velocidad suficiente, pero los edificios circundantes, los árboles, las gentes que se arremolinaban frente a los grandiosos escaparates de los grandes almacenes, pasaban ante mis ojos como ralentizados. El velocímetro, no obstante, marcaba el máximo permitido dentro de los límites de la ciudad, y aunque yo, mirando con el rabillo del ojo al hombrecillo, trataba de imprimir una mayor presión sobre el acelerador, éste parecía no poder sobrepasar un punto determinado.
- ¿Esta es la máxima velocidad que puede alcanzar? - pregunté con cierta insolencia - En ese caso ¡Vaya ganga! - concluí sarcástico.
- No se impaciente - su respuesta, que parecía venir desde muy lejos, logró desconcertarme. No insistí, ya que parecía estar haciendo un gran esfuerzo de concentración. Sólo algunos minutos más tarde, ya en las afueras, me atreví a repetir la pregunta:
- ¿Esto es lo más que puede correr...?
- No se impaciente - volvió a decir. Esta vez, la conocida sonrisa fétida relucía en su rostro al interrumpir la frase que yo había empezado - La velocidad es la correcta. Es usted quien se equivoca al suponer lo contrario.
No pude comprender el sentido de sus palabras, ni el motivo que le impulsaba a sonreír de ese modo. Sólo me era dado comprender lo que mis ojos veían: Los pastos que perfilaban la carretera secundaria por la que ahora transitábamos, pasaban a los lados como alguna vieja emisión cinematográfica a cámara lenta. La carretera se extendía a lo lejos, hacia el infinito, como una enorme recta sin fin. Alrededor, apenas los pastos, algunos sembrados y los interminables barbechos, sucediéndose sin descanso. Aquí y allá, salpicando la inmensa llanura, una que otra casita pequeña y blanca, con sus flores y huertos circundándola. Al frente, inamovible, la longitud sin solución de la gris carretera hacia el infinito.
En tales circunstancias, seguí conduciendo durante un buen rato. Aquel paseo comenzaba a cansarme. Varias veces, al llegar a algún cruce, traté de dar la vuelta para regresar a la ciudad, de la que nos habíamos alejado mucho, pero el hombre, cada vez más excitado, no me lo permitió.
- Siga adelante - decía. Su voz parecía cada instante más opaca y lejana. Un atisbo de intranquilidad comenzó a insinuarse en mi ánimo. Llegamos así a un tramo algo más animado, con alternativas paisajísticas. La velocidad había aumentado, aunque de forma casi insignificante. "Es el rodaje" pensé "necesita hacer kilómetros". Esta parte del recorrido fue muy larga, quizá incluso más que la anterior. Perdí la noción del tiempo. De pronto, caí en la cuenta de que ya era de noche.
- Encienda los faros - dijo, a mi lado, el hombre. Estaba pálido.
- ¿Le ocurre algo? - inquirí - Tiene mal aspecto.
- No. No se preocupe. Estoy bien - sonrió - Dé las luces.
Hice lo que me pedía. A la luz de los faros, pude ver que el paisaje había cambiado de nuevo. No supe el motivo, pero me invadió de pronto la sensación de que todo lo que habíamos ido dejando atrás era irrecuperable, de que jamás volvería a recorrer aquel camino y a contemplar tan bellos paisajes. Eso me llenó de una tristeza honda, implacable. Pero la noche se extendía, cerrada, ante nosotros y la carretera reclamaba toda mi atención. Poco a poco se tornaba sinuosa y ascendente. Supuse que habíamos llegado a la región de los cerros. "Deberíamos regresar ya" pensé.
- Aún no - oí la voz a mi derecha. Porque tenía la seguridad de no haber hablado, me sobresalté. Viajábamos ahora más deprisa, pero el obstinado velocímetro seguía fijo en el mismo punto. Seguro que estaba estropeado. La noche parecía oscurecerse más y más, eternizarse. Me encontraba fatigado a causa del largo viaje, de la conducción ininterrumpida, pero mi pasión era más fuerte que el cansancio y seguí pegado al volante, con la vista fija en el asfalto que cada vez se deslizaba más rápido ante mis ojos. El hombrecillo volvió a hablar, mirándome desde las profundidades de su asiento:
- Aunque no sepas qué, estás empezando a comprender.
Después cerró los ojos y se quedó profundamente dormido. Ahora sé a qué se refería, pero entonces sus palabras me resultaron incomprensibles y profanas en medio de la soledad callada de la noche. Pero nada me molestaba, sólo quería seguir disfrutando un poco más de la comodidad y del lujo, presintiendo que acaso no tuviera otra oportunidad.
Con la vista fija en la uniforme línea que se extendía frente a los faros del coche, conduje.
Mucho después, miré a mi derecha y no vi al hombre, lo cual no me sorprendió demasiado, a decir verdad. Tampoco pude localizarle a través del retrovisor. En el auto no había nadie más. El tipo había desaparecido. En otras circunstancias, podría haberse adueñado de mí el pánico, pero no le presté mucha atención al incidente. Ahora la carretera era descendente y el automóvil se movía a una velocidad mayor de la que hubiera podido considerarse prudente.
Ha transcurrido mucho tiempo desde entonces. Mucho he necesitado para llegar a entender. Ahora vago en la noche infinita por esta carretera que me conduce, irremisiblemente, a un final no deseado, pero inevitable. La velocidad va aumentando por momentos. Acciono el freno, pero no funciona. Trato de reducir a una marcha inferior, mas el embrague gira loco sin obedecer los mandos. En algunas curvas, suelto el volante, desafiando al destino, pero sorprendentemente el coche vira y continúa su vertiginosa carrera hacia quién sabe donde.
El tiempo ya no fluye para mí, ni existe el espacio. La carretera, la noche, el automóvil y yo mismo formamos una unidad misteriosa e indescifrable. Sé que en una de estas curvas, cada una de las cuales es más cerrada que la anterior, me saldré por fin del asfalto. No ignoro que la creciente velocidad debe llegar a un límite. No se me alcanza qué pueda haber más allá. Desconozco los pormenores del final, que es insalvable, pero sé que cada momento puede ser el último y que ya no he de ver la luz del día. En estos postreros momentos pienso de continuo en el rostro del maldito enano y en su sonrisa de sapo maloliente y en sus labios deformes que repiten interminablemente una única frase en mi confusa memoria.

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