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Y fue como si de repente se hubiera hincado un clavo en mi cerebro.
Intuí que la decisión, al igual que tantas otras, no era
mía, sino que había sido dictada por los esquivos dioses
del sueño o acaso por enigmáticos mensajeros de quién
sabe qué dimensiones del incierto futuro.
Supe que habría de cumplirse irrevocablemente, del mismo modo que
me ocurría con todo. Ahora vendría un largo periodo de meditación
que terminaría de convencerme de lo útil y ventajoso que
resultaría poseer un automóvil. (Pura apariencia, ya que,
en realidad, todo estaba decidido desde antes)
Pero tampoco vaya a pensarse. Yo no pretendía ser dueño
de uno de esos autos lujosos que nos muestra el cine norteamericano. Ni
siquiera uno de los nuevos modelos anunciados hasta la saciedad en los
diferentes canales de televisión, demasiado costosos para los pobres
recursos de los que yo solía disponer.
Yo buscaba algo más modesto, más asequible a mi humilde
salario de obrero metalúrgico. Hablo, es claro, de un auto pequeño,
de segunda mano, no demasiado viejo y a ser posible con pocos kilómetros
de rodaje. Ciencia ficción, vamos.
Sin una idea fija en la mente, vagué por las calles del centro,
como venía haciendo desde el aciago momento en que la soledad se
adueñó de mi vida. Me detuve repetidamente frente a los
deslumbrantes escaparates de varios concesionarios, contemplando la multitud
de automóviles allí expuestos, casi todos nuevos y relucientes,
hermosos, llamativos y seductores; todos equipados con las últimas
tecnologías, lo más nuevo en diseño de interiores
y las más atractivas comodidades. Todos, obviamente, demasiado
caros.
Por fin (ahí volví a sentir que no era yo quien guiaba mis
pasos) entré con timidez en un recinto acristalado repleto de coches
de múltiples formas y tamaños. "Aquí encontraré
lo que busco" pensé sin dejar de asombrarme de mi propia seguridad.
Con paso resuelto, me dirigí hacia uno de los vendedores, pero
él me ignoró por completo, sin duda a causa de mi vestimenta,
que delataba el escalafón social al que pertenecía. El tipo
pasó ante mí como si yo no estuviera y se encaminó
hacia un cliente bien vestido que había entrado en el local detrás
de mí.
Aunque no me causó ningún tipo de sorpresa tal comportamiento,
la insólita escena se repitió un par de veces más,
lo que hizo aumentar mi perplejidad y, sobre todo, la indignación
que se iba abriendo paso en mi interior ¡Aquello era demasiado!
Me disponía a marcharme de aquel lugar en el que se trataba con
tan poca consideración a determinados clientes, cuando de uno de
los automóviles surgió un hombrecillo bajo y rechoncho,
curiosamente ataviado. Vestía un traje muy desgastado, de color
indefinido, sin corbata. Unas deportivas blancas, bastante sucias, remataban
su atuendo. La mayor parte de su voluminosa cabeza estaba desprovista
de pelo. Nadie podría haberle tomado por un vendedor, pero como
tal se presentó. Excusó a sus compañeros haciendo
alarde de una estudiada cordialidad, mientras estrechaba mi mano con una
fuerza y una pasión que me parecieron patéticamente exageradas.
Al hablar, surgía en su rostro la sonrisa hipócrita e impersonal
tan común en su profesión, pero había como un trasfondo
cálido en aquella especie de mueca; sí, algo cálido
y a la vez desagradable. Me asaltó una sensación de fetidez,
pero el aire era fresco y tenía ese leve perfume de los ambientadores.
Tampoco se trataba del aliento del sujeto que me hablaba incesantemente.
Decidí dejar en segundo plano mis impresiones y centrarme en el
objeto de mi visita.
Después de la media docena de acostumbradas frases, aprendidas
con mucho esfuerzo a lo largo de su ya "dilatada experiencia"
como el tipo gustaba de repetir al comienzo de cada una de ellas, pasó
a mostrarme el amplio surtido de autos. Como ya suponía, la mayoría
de ellos escapaba por mucho a mi exiguo presupuesto. Notando con perspicacia
profesional el desaliento que iba creciendo en mi ánimo ante cada
nueva cifra que pronunciaba, el hombrecillo me fue conduciendo, sin dejar
de hablar ni de sonreír, hacia la sección de los utilitarios.
Estos se ajustaban mejor a mi situación económica pero,
debo decirlo, me parecían en exceso pequeños e incómodos,
además de las evidentes limitaciones de sus motores, que en ningún
caso podrían competir con los otros, de mayor cilindrada.
Como es fácil suponer, a estas alturas me hallaba invadido por
una gran tristeza. Ahora, después de examinar con cuidado cada
una de las secciones del concesionario, sabía lo que deseaba, pero
de igual modo sabía que jamás podría permitírmelo.
El hombre, haciéndose cargo de mi pesadumbre, pero conduciéndose
al mismo tiempo con un tacto que no hubiese esperado de un vendedor de
coches, me dirigió una ambigua sonrisa y dijo:
- Creo saber lo que necesita. Sígame.
El tono fue más bien suplicante, pero algo en sus ademanes hizo
que ni siquiera me plantease desobedecer la orden implícita en
la breve frase. Con pasos cortos y vivaces, inapropiados en un lugar como
aquel, se dirigió hacia el lugar donde yo me encontraba en el momento
en que me abordó con su apacible amabilidad y su incesante verborrea.
Señaló con un gesto el coche del que le había visto
salir y preguntó:
- ¿Le gustaría tener algo así?
El automóvil que me mostraba, negro, era una réplica exacta
de lo que yo, o cualquier otro conductor, hubiéramos podido soñar,
con su perfecto diseño aerodinámico y los hermosos alerones
laterales. El interior aun era, si cabe, más sofisticado. Podía
verse un completísimo cuadro de mandos en el que no faltaban los
más caprichosos aparatos tecnológicos. La tapicería,
de cuero, se veía reluciente, parecía una invitación
a dejarse llevar por la comodidad que evidenciaba. Por desgracia, estaba
seguro de no poder pagar aquella maravilla. Me creí objeto de una
broma de mal gusto, así que, sin la menor cordialidad, dije:
- Será mejor que no se burle de mí. No tengo humor para
semejantes payasadas. Este automóvil, lo sabe perfectamente, es
un sueño. Daría todo lo que tengo a cambio de poseerlo,
pero sé muy bien que no bastaría. Debe ser carísimo...
- Puede estar seguro de que cuesta mucho menos de lo que imagina. Pero
seguro que no es el momento de hablar de su precio. ¡Pruébelo!
Después fijaremos los detalles.
- No insista, por favor. Ya conozco el método. Primero me muestra
el auto, me permite probarlo y disfrutar de todas sus comodidades. Luego,
cuando ya estoy prendado de sus múltiples cualidades, cuando me
doy cuenta de que ya no puedo prescindir de la exuberancia de sus controles
ni de la hermosura de la carrocería, me dice el precio. Naturalmente,
es excesivo. Con tal de hacerme con esa maravilla, adquiero deudas que
jamás podré pagar. Pasado un tiempo, vienen a llevarse el
auto por impago de alguno de los innumerables recibos. No ignoro que de
este modo han causado ustedes la ruina de muchas familias. Si no me dice
el precio por adelantado, no haré ninguna prueba.
- No sea imbécil. Le estoy ofreciendo una oportunidad única
- su tono casi violento me desconcertó. A mi pesar, retrocedí
hasta apoyarme en el coche. El mero tacto del frío metal ya era
una caricia para mis dedos - ¿Quiere probarlo o no? Decídase.
Mi tiempo es valioso.
Como no podía ser de otra manera, mis labios se movieron para iniciar
una respuesta negativa, pero el impulso de otras veces, aquel que me ha
empujado siempre a actuar en contra de mi voluntad consciente, se introdujo
en mi boca ahogando de golpe las palabras que ya comenzaban a surgir y
sustituyéndolas por otras, de ansiosa aceptación:
- Está bien - dije. Me sentí repentinamente cansado, deseoso
de recostarme en el mullido asiento del automóvil. La sensación
de derrota se mezcló con otra, acaso de súbita esperanza
- Lo probaré.
El hombrecillo volvió a sonreír. En su mirada brillaba una
extraña luz. Pensé que quizá estaba loco. Su atuendo,
sus modales apoyaban esta hipótesis. Luego conjeturé que
el loco era yo, arriesgándome de ese modo a probar un auto que
nunca sería mío, y en compañía de aquel individuo.
Después me resigné. Total ¿qué podía
perder?
- No se arrepentirá - dijo él - ¿Lleva el permiso
de conducir?
- Por supuesto - respondí. Mi voz sonó fría sobre
el inmenso fondo de la enorme nave, que se había ido quedando casi
vacía.
El hombre rodeó el auto y se introdujo en él, colocándose
en el asiento derecho. Yo hice lo propio en el lado del conductor. Al
coger el volante con ambas manos, un inexplicable estremecimiento de alegría
me hizo exclamar:
- ¡Maravilloso! ¡Ya sabía que merecería la pena!
Comprobando que todo estuviese en orden, giré la llave en el contacto,
solté el freno de mano y me dirigí con extrema lentitud
hacia la puerta de vehículos, que se hallaba abierta, esperando
nuestra salida.
Ya en el exterior, miré disimuladamente por el espejo retrovisor.
Con cierta nostalgia, vi como se cerraba aquel portón metálico
y tuve la extraña impresión de que nunca más se abriría.
Pero la conducción exigía toda mi atención y muy
pronto dejé de pensar en esos detalles que sólo podían
entristecerme.
Giré a la derecha, tomando una calle que llevaba a las afueras
de la ciudad, siempre bajo las precisas indicaciones del hombrecillo,
que ahora, sentado, tenía un aire más burocrático.
Incluso su enorme papada, que al principio me resultó bastante
cómica, le confería, mirándolo de otro modo, un deje
de respetabilidad. Con precaución, fui acelerando hasta alcanzar
una velocidad suficiente, pero los edificios circundantes, los árboles,
las gentes que se arremolinaban frente a los grandiosos escaparates de
los grandes almacenes, pasaban ante mis ojos como ralentizados. El velocímetro,
no obstante, marcaba el máximo permitido dentro de los límites
de la ciudad, y aunque yo, mirando con el rabillo del ojo al hombrecillo,
trataba de imprimir una mayor presión sobre el acelerador, éste
parecía no poder sobrepasar un punto determinado.
- ¿Esta es la máxima velocidad que puede alcanzar? - pregunté
con cierta insolencia - En ese caso ¡Vaya ganga! - concluí
sarcástico.
- No se impaciente - su respuesta, que parecía venir desde muy
lejos, logró desconcertarme. No insistí, ya que parecía
estar haciendo un gran esfuerzo de concentración. Sólo algunos
minutos más tarde, ya en las afueras, me atreví a repetir
la pregunta:
- ¿Esto es lo más que puede correr...?
- No se impaciente - volvió a decir. Esta vez, la conocida sonrisa
fétida relucía en su rostro al interrumpir la frase que
yo había empezado - La velocidad es la correcta. Es usted quien
se equivoca al suponer lo contrario.
No pude comprender el sentido de sus palabras, ni el motivo que le impulsaba
a sonreír de ese modo. Sólo me era dado comprender lo que
mis ojos veían: Los pastos que perfilaban la carretera secundaria
por la que ahora transitábamos, pasaban a los lados como alguna
vieja emisión cinematográfica a cámara lenta. La
carretera se extendía a lo lejos, hacia el infinito, como una enorme
recta sin fin. Alrededor, apenas los pastos, algunos sembrados y los interminables
barbechos, sucediéndose sin descanso. Aquí y allá,
salpicando la inmensa llanura, una que otra casita pequeña y blanca,
con sus flores y huertos circundándola. Al frente, inamovible,
la longitud sin solución de la gris carretera hacia el infinito.
En tales circunstancias, seguí conduciendo durante un buen rato.
Aquel paseo comenzaba a cansarme. Varias veces, al llegar a algún
cruce, traté de dar la vuelta para regresar a la ciudad, de la
que nos habíamos alejado mucho, pero el hombre, cada vez más
excitado, no me lo permitió.
- Siga adelante - decía. Su voz parecía cada instante más
opaca y lejana. Un atisbo de intranquilidad comenzó a insinuarse
en mi ánimo. Llegamos así a un tramo algo más animado,
con alternativas paisajísticas. La velocidad había aumentado,
aunque de forma casi insignificante. "Es el rodaje" pensé
"necesita hacer kilómetros". Esta parte del recorrido
fue muy larga, quizá incluso más que la anterior. Perdí
la noción del tiempo. De pronto, caí en la cuenta de que
ya era de noche.
- Encienda los faros - dijo, a mi lado, el hombre. Estaba pálido.
- ¿Le ocurre algo? - inquirí - Tiene mal aspecto.
- No. No se preocupe. Estoy bien - sonrió - Dé las luces.
Hice lo que me pedía. A la luz de los faros, pude ver que el paisaje
había cambiado de nuevo. No supe el motivo, pero me invadió
de pronto la sensación de que todo lo que habíamos ido dejando
atrás era irrecuperable, de que jamás volvería a
recorrer aquel camino y a contemplar tan bellos paisajes. Eso me llenó
de una tristeza honda, implacable. Pero la noche se extendía, cerrada,
ante nosotros y la carretera reclamaba toda mi atención. Poco a
poco se tornaba sinuosa y ascendente. Supuse que habíamos llegado
a la región de los cerros. "Deberíamos regresar ya"
pensé.
- Aún no - oí la voz a mi derecha. Porque tenía la
seguridad de no haber hablado, me sobresalté. Viajábamos
ahora más deprisa, pero el obstinado velocímetro seguía
fijo en el mismo punto. Seguro que estaba estropeado. La noche parecía
oscurecerse más y más, eternizarse. Me encontraba fatigado
a causa del largo viaje, de la conducción ininterrumpida, pero
mi pasión era más fuerte que el cansancio y seguí
pegado al volante, con la vista fija en el asfalto que cada vez se deslizaba
más rápido ante mis ojos. El hombrecillo volvió a
hablar, mirándome desde las profundidades de su asiento:
- Aunque no sepas qué, estás empezando a comprender.
Después cerró los ojos y se quedó profundamente dormido.
Ahora sé a qué se refería, pero entonces sus palabras
me resultaron incomprensibles y profanas en medio de la soledad callada
de la noche. Pero nada me molestaba, sólo quería seguir
disfrutando un poco más de la comodidad y del lujo, presintiendo
que acaso no tuviera otra oportunidad.
Con la vista fija en la uniforme línea que se extendía frente
a los faros del coche, conduje.
Mucho después, miré a mi derecha y no vi al hombre, lo cual
no me sorprendió demasiado, a decir verdad. Tampoco pude localizarle
a través del retrovisor. En el auto no había nadie más.
El tipo había desaparecido. En otras circunstancias, podría
haberse adueñado de mí el pánico, pero no le presté
mucha atención al incidente. Ahora la carretera era descendente
y el automóvil se movía a una velocidad mayor de la que
hubiera podido considerarse prudente.
Ha transcurrido mucho tiempo desde entonces. Mucho he necesitado para
llegar a entender. Ahora vago en la noche infinita por esta carretera
que me conduce, irremisiblemente, a un final no deseado, pero inevitable.
La velocidad va aumentando por momentos. Acciono el freno, pero no funciona.
Trato de reducir a una marcha inferior, mas el embrague gira loco sin
obedecer los mandos. En algunas curvas, suelto el volante, desafiando
al destino, pero sorprendentemente el coche vira y continúa su
vertiginosa carrera hacia quién sabe donde.
El tiempo ya no fluye para mí, ni existe el espacio. La carretera,
la noche, el automóvil y yo mismo formamos una unidad misteriosa
e indescifrable. Sé que en una de estas curvas, cada una de las
cuales es más cerrada que la anterior, me saldré por fin
del asfalto. No ignoro que la creciente velocidad debe llegar a un límite.
No se me alcanza qué pueda haber más allá. Desconozco
los pormenores del final, que es insalvable, pero sé que cada momento
puede ser el último y que ya no he de ver la luz del día.
En estos postreros momentos pienso de continuo en el rostro del maldito
enano y en su sonrisa de sapo maloliente y en sus labios deformes que
repiten interminablemente una única frase en mi confusa memoria.
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